Me acerqué lentamente a Alejandro para despedirme, pero me frenó con un leve beso en la frente y dijo — Te acompaño a tu casa, no te preocupes, pero vámonos caminando — acompletó su frase con una sonrisa suave y una mirada amorosa, yo sólo pude responder con un asentimiento de cabeza. Tomó mi mano y caminamos por la vereda del bosque que tenía paso por mi casa. Estuvimos en silencio, gozando de la compañía que nos ofrecíamos el uno al otro, gozando de lo que el tenue viento vespertino susurraba al acariciar las hojas de los árboles, gozamos de los suaves y delicados rayos de luz solar que lograban traspasar la espesura de las copas, gozamos de nuestras respiraciones, de los latidos de nuestros corazones, gozamos de la vida, de vivirla juntos.
Caminamos sin interrupción alguna, hasta que vi algo, una silueta humana de gran tamaño, una silueta extrañamente conocida, correr entre la maleza del lugar. Me detuve súbitamente, los árboles nos rodeaban, la luz era casi nula, y él me veía estupefacto — ¿Qué pasa? — preguntó, y no respondí — ¿Qué está pasando Kathleen? — preguntó preocupado — ¿Por qué no caminas? — seguí sin responder, mi mirada estaba atenta a lo que nos rodeaba, mi oído se agudizó, yo ya no me encontraba con Alejandro, me encontraba en una especie de trance, tratando de localizar lo que había visto... y ahora lo escuchaba, estaba segura de que alguien nos observaba por entre la maleza y tenía que descubrir quien era. Revisé cautelosamente cada centímetro y no encontré ni volví a escuchar a aquello que nos observaba, pero sabía que estaba ahí, podía sentirlo.
De pronto sólo desapareció y yo regresé, noté a Alejandro observándome con expresión consternada. Nos miramos largo rato, sonreí y le abracé fuertemente, él correspondió mi abrazo y posó un beso sobre mi cabeza diciendo — No vuelvas a asustarme de ese modo ¿de acuerdo? — fue entonces que lo descubrí, él sabía lo que me pasaba, sabía lo que veía, sabía lo que oía, lo sabía absolutamente todo, y lo amé, lo amé por estar conmigo y no abandonarme como todos, lo amé por aceptarme como soy, lo amé por amarme sin importar lo que me aconteciese, él me amaba y yo le correspondía a groso modo.
Llegamos a mi casa y se despidió dedicándome esa sonrisa tan suya, siempre llena de ternura, y esa mirada siempre abarrotada de amor. Me posó un delicado beso en la cabeza, luego uno en la frente, uno en la nariz, besó cada mejilla y por último beso amorosamente mis labios. Cuando nos separamos lo sostuve de la mano un momento, mirándole, diciéndole con los ojos cuanto le amaba, luego lo solté y lo miré alejarse por el camino empolvado bajo la luz crepuscular.
Entré a casa, mi madre se encontraba sentada en la pequeña sala, con la vista fija en el suelo, noté que me esperaba, pues al cerrar la puerta su vista se levantó y se fijó en mí, sonrió vacía y fríamente y me hizo una seña con la mano. Me acerqué y al llegar a donde estaba noté que su expresión estaba vacía, sus ojos verdes habían perdido vigorosidad y su cabello había extraviado la fuerza, el cuerpo, el brillo y el color que solía tener. Se levantó y deambuló por la estancia con la vista perdida, estuvo así un largo tiempo, la esperé pacientemente, ella no se ponía así con cualquier cosa, debía ser algo difícil de decir, se estaba debatiendo internamente, tratando de encontrar la forma de explicarme porqué se encontraba en aquel estado.
Por fin se detuvo frente a mí, y me miró tiernamente, con un dejo de lástima y angustia, vi cómo en sus ojos se agolparon las lágrimas y cómo esto hacía que se volvieran cristalinos, vi cómo su rostro se deformó, y logré ver en ella una debilidad de la que jamás, jamás había sido testigo, fue entonces que la vi caer de rodillas ante mí, llorando, repitiendo una y otra vez — Te lo diré, te lo diré, pero no hagas cosa alguna que pueda lastimarte — la miré desconcertada, no sabía a que se refería, pero no podía proferir palabra alguna, así que sólo asentí, ella me suplicó con la mirada que me sentara y con un gesto lo confirmó, tomé asiento y prosiguió — sabes que nunca quise hablarte de tu padre, que ese tema siempre me causó repulsión y tú aprendiste a no insistir en saber después de los largos períodos de silencio que yo provocaba entre las dos — abrí la boca para contestar, pero ella prosiguió dejándome en claro que no debía interrumpirla, ella hablaría ahora lo que se había callado todos esos años — sé que te provoqué que te cerraras a los demás por esto y sé también que ahora ya no te importa mucho, pero también sé que es el momento de decírtelo antes de que pase algo más — su mirada se volvió vacía de nuevo, en su rostro pude ver el dolor que eso le provocaba, pero no la iba a interrumpir — lo primero que debes saber sobre tu padre es... — prosiguió, con dolor, aspereza y dificultad, tragando saliva al pronunciar la última palabra antes de la pausa, entonces fijó sus ojos en los míos y dijo al fin — que también es mi padre —.

