domingo, 25 de septiembre de 2011

Contigo... o sin ti. capítulo 9.

Llegamos a la salida y nos despedimos de Yavs, ella se portó muy amable con Alejandro, dejándole un cariñoso y un tanto insinuoso beso en la mejilla, mientras que a mí me dejó con una mueca de desagrado y una mirada llena de odio.
Me acerqué lentamente a Alejandro para despedirme, pero me frenó con un leve beso en la frente y dijo — Te acompaño a tu casa, no te preocupes, pero vámonos caminando — acompletó su frase con una sonrisa suave y una mirada amorosa, yo sólo pude responder con un asentimiento de cabeza. Tomó mi mano y caminamos por la vereda del bosque que tenía paso por mi casa. Estuvimos en silencio, gozando de la compañía que nos ofrecíamos el uno al otro, gozando de lo que el tenue viento vespertino susurraba al acariciar las hojas de los árboles, gozamos de los suaves y delicados rayos de luz solar que lograban traspasar la espesura de las copas, gozamos de nuestras respiraciones, de los latidos de nuestros corazones, gozamos de la vida, de vivirla juntos.
Caminamos sin interrupción alguna, hasta que vi algo, una silueta humana de gran tamaño, una silueta extrañamente conocida, correr entre la maleza del lugar. Me detuve súbitamente, los árboles nos rodeaban, la luz era casi nula, y él me veía estupefacto — ¿Qué pasa? — preguntó, y no respondí — ¿Qué está pasando Kathleen? — preguntó preocupado — ¿Por qué no caminas? — seguí sin responder, mi mirada estaba atenta a lo que nos rodeaba, mi oído se agudizó, yo ya no me encontraba con Alejandro, me encontraba en una especie de trance, tratando de localizar lo que había visto... y ahora lo escuchaba, estaba segura de que alguien nos observaba por entre la maleza y tenía que descubrir quien era. Revisé cautelosamente cada centímetro y no encontré ni volví a escuchar a aquello que nos observaba, pero sabía que estaba ahí, podía sentirlo.
De pronto sólo desapareció y yo regresé, noté a Alejandro observándome con expresión consternada. Nos miramos largo rato, sonreí y le abracé fuertemente, él correspondió mi abrazo y posó un beso sobre mi cabeza diciendo — No vuelvas a asustarme de ese modo ¿de acuerdo? — fue entonces que lo descubrí, él sabía lo que me pasaba, sabía lo que veía, sabía lo que oía, lo sabía absolutamente todo, y lo amé, lo amé por estar conmigo y no abandonarme como todos, lo amé por aceptarme como soy, lo amé por amarme sin importar lo que me aconteciese, él me amaba y yo le correspondía a groso modo.
Llegamos a mi casa y se despidió dedicándome esa sonrisa tan suya, siempre llena de ternura, y esa mirada siempre abarrotada de amor. Me posó un delicado beso en la cabeza, luego uno en la frente, uno en la nariz, besó cada mejilla y por último beso amorosamente mis labios. Cuando nos separamos lo sostuve de la mano un momento, mirándole, diciéndole con los ojos cuanto le amaba, luego lo solté y lo miré alejarse por el camino empolvado bajo la luz crepuscular.
Entré a casa, mi madre se encontraba sentada en la pequeña sala, con la vista fija en el suelo, noté que me esperaba, pues al cerrar la puerta su vista se levantó y se fijó en mí, sonrió vacía y fríamente y me hizo una seña con la mano. Me acerqué y al llegar a donde estaba noté que su expresión estaba vacía, sus ojos verdes habían perdido vigorosidad y su cabello había extraviado la fuerza, el cuerpo, el brillo y el color que solía tener. Se levantó y deambuló por la estancia con la vista perdida, estuvo así un largo tiempo, la esperé pacientemente, ella no se ponía así con cualquier cosa, debía ser algo difícil de decir, se estaba debatiendo internamente, tratando de encontrar la forma de explicarme porqué se encontraba en aquel estado.
Por fin se detuvo frente a mí, y me miró tiernamente, con un dejo de lástima y angustia, vi cómo en sus ojos se agolparon las lágrimas y cómo esto hacía que se volvieran cristalinos, vi cómo su rostro se deformó, y logré ver en ella una debilidad de la que jamás, jamás había sido testigo, fue entonces que la vi caer de rodillas ante mí, llorando, repitiendo una y otra vez — Te lo diré, te lo diré, pero no hagas cosa alguna que pueda lastimarte — la miré desconcertada, no sabía a que se refería, pero no podía proferir palabra alguna, así que sólo asentí, ella me suplicó con la mirada que me sentara y con un gesto lo confirmó, tomé asiento y prosiguió — sabes que nunca quise hablarte de tu padre, que ese tema siempre me causó repulsión y tú aprendiste a no insistir en saber después de los largos períodos de silencio que yo provocaba entre las dos — abrí la boca para contestar, pero ella prosiguió dejándome en claro que no debía interrumpirla, ella hablaría ahora lo que se había callado todos esos años — sé que te provoqué que te cerraras a los demás por esto y sé también que ahora ya no te importa mucho, pero también sé que es el momento de decírtelo antes de que pase algo más — su mirada se volvió vacía de nuevo, en su rostro pude ver el dolor que eso le provocaba, pero no la iba a interrumpir — lo primero que debes saber sobre tu padre es... — prosiguió, con dolor, aspereza y dificultad, tragando saliva al pronunciar la última palabra antes de la pausa, entonces fijó sus ojos en los míos y dijo al fin — que también es mi padre —.

viernes, 16 de septiembre de 2011

Contigo... o sin ti. capítulo 8.

Nos separamos lentamente, sin querer hacerlo. Nuestros rostros ardían y en nuestros corazones se encendía una llama. Nos miramos en silencio, escuchando el roca de la brisa sobre los pétalos y hojas de las flores y plantas a nuestro alrededor. Sin dejar de mirarnos entrelazamos nuestras manos y dimos un último paseo, sin darnos cuenta de que una melena oscura se ocultaba detrás de los matorrales del lugar, y nos había estado observando, y mucho menos de que en sus ojos ardía la rabia en el punto máximo existente.
Regresamos a clases a la hora del almuerzo y encontramos a Yaraví sentada, solitaria y pensativa en el pasto, jugando con su comida, pero en estado autómata, como si estuviera ideando algo, nos acercamos a ella con cautela y sin previo aviso se volvió hacia nosotros con la mirada ausente, luego sonrió vacíamente y se volvió hacia su charola de nuevo. Nos sentamos a su lado, soltando nuestras manos por vez primera desde el incidente de la mañana, y ella al notarlo esbozó una fugaz y ausente sonrisa, pero pude ver en ella un destello de satisfacción.
Estuvimos en silencio toda la hora, observándola, y ella jugueteaba mientras tanto. Cuando sonó la campana ella regresó de su ensueño y le tomó la mano a Alejandro, el corazón me dio un vuelco, ¿ella estaría…? No, Yavs era mi amiga, no se atrevería… ¿o sí? Reaccioné tomándolo de la mano sobrante, él correspondió mi gesto estrechando la mía y entrelazando sus delicados dedos con los míos, soltando inconscientemente la de ella, volviendo su rostro hacia mí, viéndome con esos ojos dulces, con esa expresión calmada tan suya.
Alcancé a ver como mi amiga se llenaba de rabia, con una expresión sutil, pero llena de este sentimiento. Cuando se percató de que había notado su cambio de expresión, simuló un dolor de cabeza, para intentar ocultarse de todo. Entonces fue cuando mis pensamientos se desviaron a las últimas dos alucinaciones, en ambas había visto su sangre y su cabeza, y una voz distante y ausente, pero impregnada de dolor y rabia me había dicho que debía deshacerme de ella para estar con Alejandro en paz. Pero ¿debía hacerle caso a aquella voz? ¿Debía hacer realidad aquellas visiones? ¿Qué se suponía que era lo que debía hacer? Y entre pregunta y pregunta un pensamiento asaltó mi mente, y se reprodujo con tal facilidad y velocidad que pronto mil voces decían aquella palabra: — Asesínala — repetían, sugerían… exigían.
El día transcurrió y en la relación que tenía con Yavs hubo un cambio muy fuerte, ella con trabajo me dirigía la palabra y era mucho más ocasional cuando me dirigía una mirada, y cuando lo hacía, tanto esta como aquella iban cargadas de odio y desprecio, ¿cómo era posible que de un día para otro ella ya me odiara tanto? ¿Seguía siendo mi amiga? o, tal vez era una desconocida más  ¿cómo saberlo? ¿Por qué me atormentaba con tantas preguntas? Ella jamás, jamás volvería a ser la misma… a menos que yo dejara a Alejandro, y no estaba dispuesta a hacerlo, la otra solución al problema era… — ¿me pasas el microscopio? — preguntó con la vista fija en la blanca mesa del laboratorio, interrumpiendo todo pensamiento mío — ¡Vamos! ¿Me dirás que ya no sabes lo que es? ¿Acaso el amor te vuelve tonta? Perdón, ¿AÚN MÁS tonta? — dijo con un tono de burla innegable, la miré con escepticismo y ella se volvió para verme con sorna. Al ver que no reaccionaba ante la agresión, volteó los ojos y estirando la mano tomó el microscopio y exclamó — esto es un microscopio, a ver si entiendes  dijo en tono pausado, como si le estuviera hablando a un retrasado mental, pero sin disminuir la cantidad de sorna, tanto en su voz como en su mirada y después rió satisfecha.
Mis pensamientos iban y venían, y sólo había uno constante: — Asesínala — su sangre corriendo, de mil y un formas imaginé su muerte, destrozándola, cada parte de su cuerpo era un puñado de masa gelatinosa, todo menos su cabeza, siempre estaba entera, y era donde podía ver su mirada de terror, impregnada en los ojos cristalinos y sin vida y eso, eso me satisfacía. Pero jamás, jamás podría asesinarla, era mi amiga, fuera como fuese, me tratara como lo hiciese, era mi primer amiga y no estaba dispuesta a perderla por su estúpido cambio de actitud, por sus malditos celos. Muy dentro de mí sabía que esto no sería para siempre, que volvería a ser la Yaraví que conocí aquel día en la enfermería.
Minutos después sonó la campana y mis pensamientos se apagaron bruscamente. Miré hacia la puerta y sonreí al ver lo que esperaba, su alta y elegante figura recargada en la pared, con la vista fija en el suelo, el cabello sedoso escurriéndosele por la cabeza, cayendo frente a su rostro cubriéndolo, dejando a la vista sus delgados labios… y entonces volteó, su mirada y su sonrisa fueron el destrampe de mis sentimientos, por él, perdería a cualquiera… cualquiera.
Salí lo más pronto que pude pues mis cosas seguían sobre la mesa y mi compañera se había ido pronunciando un — hice ambos trabajos, entrégalos, a ver si eso lo sabes hacer — en un tono despectivo y con un toque de su ya habitual sorna.
Por obvias razones para cuando salí del laboratorio ella se encontraba entablando una animosa charla con Alejandro, él la seguía atentamente y por un momento lo creí perdido, pero cuando llegué con ellos  me recibió con un cálido abrazo y un entrelazado de manos, centrándose de nuevo en mí, a lo que ella respondió con una mueca de desagrado. Los tres dimos media vuelta y nos dirigimos hacia la salida.
Caminábamos posicionados de la siguiente manera… Alejandro, yo y al último Yavs, pero cuando ella sin razón alguna aparente se cambió a su lado, yo instintivamente tomé el cúter que llevaba en la mochila ese día. Alejandro notó el movimiento y me colocó entre sus brazos, me sonrojé sabiendo que él sabía lo que yo había pensado hacer con el objeto punzocortante que sostenía; bajó su mano hasta la mía y su tacto me hizo soltar el cúter, él sonrió satisfecho, me susurró al oído — sólo te quiero a ti, no me importan las demás — con su suave voz y posó un delicado beso sobre mi cabeza. Seguimos caminando, pero olí su miedo… olí su sangre. 

miércoles, 31 de agosto de 2011

Contigo... o sin ti. capítulo 7.

A la mañana siguiente la lluvia seguía, en menor medida pero ahí estaba, sin querer partir. Escuché sobre el lecho, sin mover un músculo, el caer y golpetear de esta, era tan maravilloso, tranquilizador, conmovedor; lentamente abrí los ojos y los clavé sobre el dosel de mi cama. Me levanté perezosamente, después de 10 minutos de despierta, estiré los brazos y mis dedos tocaron el dosel, húmedo, mis ojos se abrieron bruscamente y tornándose desesperados hacia arriba en busca de sangre, encontraron agua, tranquilamente me di cuenta de que era simple agua que se había colado desde el techo la noche anterior.

Después de alistarme bajé a la cocina y para sorpresa mía, mi madre se encontraba ahí, sentada viendo por la ventana, con una taza de café caliente en las manos entrelazadas, sobre el regazo. Ya no llevaba el pijama, traía un hermoso vestido de seda verde, largo, tan largo que no lograba verle los pies, el adorno del pecho eran unos plisados pequeños y sofisticados. Sus rizos dorados estaban delicadamente recogidos en la parte trasera de su cabeza, dejando caer sobre su frente algunos cuantos que enmarcaban su verde mirada, resaltada además por su vestido. También se dejaban al descubierto sus delicados aretes de diamante blanco, corte estrella, y si se observaba mejor sobre su garganta había otro más, todos ellos enmarcados delicadamente en oro. La observé pacientemente, a sabiendas que si demoraba más no llegaría a clase, pero eso no me importó, ella se veía tan hermosa y la luz del amanecer la hacía parecer una diosa.
De todo el tiempo que la observé jamás. Jamás se jactó de mi presencia, lo cual me preocupó un poco, pues pude ver como esbozaba una leve sonrisa hacia la nada al tiempo que susurró — Santiago, regresaste por mí — luego su mirada se volvió vacía, sin brillo, sin vida. Fui por ella y la tomé por el brazo, su resistencia fue casi nula y su vista se desvió inevitablemente hacia su café, la subí por las escaleras y la conduje a su pieza, donde la acosté y la dejé ahí, hacía mucho no le daba un episodio así, además era la primera vez que mencionaba a ese tal Santiago… ¿Quién sería?
Partí hacia la escuela, sin dejar de voltear a su balcón hasta que la casa desapareció de mi vista.
Llegué a la prepa y lo primero que sentí al bajar del autobús, aún antes que los tibios rayos del sol, fue un abrazo desesperado y unas lágrimas sobre mi cuello. Aparté a esta persona lo más delicadamente posible. Era Yaraví, quien me había estado esperando y como no llegaba comenzó a preocuparse por mí. Ese gesto de parte suya me conmovió tanto que me abalancé sobre ella que se sonrojó. Después de escuchar su brevísima explicación, la cual me dio mientras la apretujaba, le susurré un entrecortado “Gracias”. Y ante esto ninguna de las dos pudo evitar reír.
Tanta había sido la conmoción que no había notado que Alejandro también me esperaba, con un gesto de alivio nada disimulado en el rostro. Me volví hacia él y con una sonrisa en el rostro me acerqué. Me observó, estiró su mano y retiró un pequeño mechón de cabello que estaba sobre mi rostro, posándolo detrás de mi oreja y con voz suave dijo — Que hermosa te ves al sonreír — no pude evitar sonrojarme y esbozar una sonrisa aún mayor. Lo abracé con ternura posando mis brazos alrededor de su cuello y él posó los suyos de tal manera que rodeaban mi cintura. Me susurró al oído — que bueno que estés bien — en un cariñoso tono. Yo hundí el rostro en su pecho y al cabo de unos segundos respondí — yo también te quiero Alejandro, mucho —. Nos separamos y noté que él mostraba un leve rubor rosado sobre sus mejillas canela y una curva levísima que sus labios dibujaban. Nos miramos a los ojos y me clavé en esas lagunas miel como nunca lo había hecho en nada más, olvidándome de todo, hasta que una voz burlona me sacó del ensueño — ¡Ya par de tortolos, tenemos que ir a clase! —. Los tres reímos al unísono ante tal comentario y caminamos al salón. Alejandro se posó junto a mí y poco a poco fue acercando su sueva mano a la mía, hasta que quedaron entrelazadas. Me sentí sonrojar y al voltear hacia él lo noté igual. Ese era el momento más feliz de mi vida.
El día transcurrió y Alejandro procuró estar conmigo siempre, pero había clases que nos separaban. Aunque de igual manera al salir de clase él ya se encontraba esperándome fuera del salón. Él esperaba pacientemente a que Yabs y yo saliéramos y cuando estábamos con él, miraba a mi amiga con simpatía y luego me observaba con dulzura y me estrechaba entre sus brazos.
Los días transcurrieron y su actitud no cambió en lo absoluto. Pero la mía sí, a diferencia de años anteriores ahora sonreía todo el tiempo; además las alucinaciones y los episodios míos y de mi madre habían cesado repentinamente. No había época más feliz. Todo era maravilloso. Era una persona, sin alucinaciones, ni voces en mi cabeza, con una madre esplendorosa, sin episodio alguno que denotara demencia, con una amiga excepcional, y un “amigo” increíblemente magnífico.
Siempre que llegaba a la escuela Alejandro me esperaba con una sonrisa.
Un buen día llegué y lo vi donde siempre, pero tenía una expresión diferente en el rostro. Llegué hasta él un tanto desconcertada, me tomó de la mano, me acercó a él y me posó un cálido beso sobre la frente. Luego, estando seguro de haberme quitado el habla con la mirada me condujo hasta la azotea escolar, donde se situaba el invernadero. Paseamos un rato por entre las plantas, con las manos entrelazadas, en completo silencio, y de improviso detuvo todo paso, se volvió hacia mí y me miró a los ojos. Acto seguido acarició mi mejilla y lentamente dijo — ¿Cómo puede tanta belleza estar reunida en un solo cuerpo? —. Abrí la boca para responder, pero me silenció colocando su dedo índice sobre mis labios provocando que me ruborizara. — tienes tantas cosas, — continuó — eres tan increíble. Provocas en mí más de lo que puedo soportar. Al ver esos ojos, — dijo sosteniendo mi barbilla, obligándome a verlo directamente a los dos círculos de miel que se asomaban por debajo de su flequillo color bronce — muero y revivo para verlos de nuevo. — hizo una pausa y sus hermosos ojos se nublaron a causa de las lágrimas. Yo estaba ahí inmóvil, escuchando cuidadosamente cada palabra. Entonces fue que supuse él ya no podría hablar debido al temor de que se le quebrara la voz. Estiré un brazo y posé mi mano sobre su mejilla, enjugué las cristalinas gotas con uno de mis dedos y lo miré directamente a aquellas lagunas que me robaban la respiración. Fue en ese momento que sin decir palabra alguna nos dijimos todo y acercándonos cada vez más… nos perdimos entre en follaje, haciéndonos uno, uniéndonos a través de los labios, mi mente se vació, sólo quería que el momento no acabara. De pronto un pensamiento me asaltó, pero no le di importancia. ¿Qué pensé? Sangre, chorreando de las paredes, un lago de sangre, sangre conocida, y dentro de ese lago rojo escarlata un objeto se asomaba, una cabeza, SU cabeza. Ella no podría interponerse entre nosotros, yo me encargaría de eso.
La visión de su sangre me provocó placer tal que en ese beso, aunque pareciera imposible, el éxtasis aumentó…

Continuará…

sábado, 20 de agosto de 2011

Contigo... o sin ti. capítulo 6.

La enfermera y yo volteamos a la par, pero aún así pude ver sus grandes ojos hinchados, aún con lágrimas arremolinadas en ellos, aunque trató de enjugarlas con su gran brazo.


La persona que se encontraba ahora entrando por la estrecha puerta era totalmente desconocida para mí, Era un muchacho de cabellos rizados, de un castaño claro que se asemejaba al rubio, pero el brillo en vez de parecer oro parecía bronce, su tez era bronceada pero al mismo tiempo era blanca, y sus ojos eran como dos lagunas de miel en medio de su rostro, sus facciones eran simplemente hermosas, medía alrededor de 1.80 metros y su edad era rondando los 18 o tal vez 19 años.


El muchacho penetraba con cierta dificultad en el lugar, no encontraba la razón de aquel comportamiento, hasta que dijo con voz forzada debido al esfuerzo — Conchita, ¿me ayudas por favor? — dejando a relucir un leve jadeo, la nombrada reaccionó de inmediato y se paró de prisa, abriéndole la puerta de par e par para que pudiera pasar sin problema alguno. Fue entonces cuando me di cuenta de lo que pasaba, el muchacho traía a una chica en brazos, aparentemente desmayada, era no muy alta, de tez morena, cabello negro y chino, rondando nuestra misma edad, — ¿Qué has estado haciendo para que hoy las chicas se desmayen en tus brazos? — dijo Conchita en tono de burla, interrumpiendo mis cavilaciones, y de inmediato, se volvió hacia mí y sonrió carismaticamente. Ahí supe como había llegado a ese lugar. El chico también me vio, pero decidió primero posar a la nueva  víctima en la camilla de al lado, la cual no había notado pues estaba tapada con una cortina que se confundía con la mía, tras correr el pedazo de tela a modo de protección, se volteó hacia mí y me miró por un momento, directamente a los ojos — Mi nombre es Alejandro — dijo después de un rato, esbozando una ligera y seductora sonrisa en su rostro, estirando una mano mi dirección. Yo no estaba acostumbrada a ese tipo de trato por parte de los demás, por lo que me desconcerté ante tales acciones de su parte. Él al ver mi desconcierto se limitó a reír y posó su mano encima de mi cabeza, revolviéndome el cabello cariñosamente.Yo sonreí y me sonrojé, supuse que él lo había notado, ya que volvió a esbozar una sonrisa, pero esta vez ese gesto suyo estaba completamente plagado de ternura. — No habla mucho... — declaró de pronto Conchita, quien ya se había recompuesto del episodio que habíamos vivido momentos antes — ... Aún no se su nombre — dijo después de una pausa, completando su oración. Alejandro sonrió y dijo — Todo a su tiempo, es tímida y... —

— Kathleen — dije interrumpiendo su idea, con un hilo de voz, una voz apenas audible y reconocible para mí.

— ¿Perdón? — dijo desconcertado, haciendo un gesto para que lo repitiera.

— Kathleen, mi nombre es Kathleen — dije aún con esa voz que no lograba reconocer al tiempo que él volvía a sonreírme con aquella expresión suya.


Eran ya las 13:50, por tanto, yo ya había devuelto la pequeña bata blanca que me había arropado durante todo el día y estaba sentada en la orilla de la camilla — Hola — dijo de pronto una voz femenina un tanto aguda, sacándome de mi ensueño. La otra chica había despertado y me saludaba, eso no era normal. — Hola — contesté son voltear a verla, pude oír como se reincorporaba sobre el lecho. Sentí su mirada penetrante sobre mi nuca y al no poder soportarlo más volteé y en su rostro se dibujó una sonrisa infantil y juguetona que denotaba satisfacción, además de ser un tanto dulce y amigable. Pude notar como mi rostro se deformó a causa de la confusión y ella al notarlo hizo lo mismo, como imitando mi expresión, bajé la mirada y balbuceé unas palabras que al parecer ella entendió perfectamente pues cuando hube terminado de decirlas ella exclamó — ¿Por qué dices eso? ¿Cómo que por qué te trato así? Eso es lo que se hace cuando uno quiere hacer amigos, pero creo que tú no estás abierta a eso, así que debería tomar mis cosas y... —

— ¡No! — grité apresuradamente interrumpiendo su habla, cosas que se estaba haciendo frecuente en mi comportamiento — disculpa — agregué — Es que no estoy acostumbrada a ese trato. Las personas en este lugar, suelen insultarme, golpearme o en el mejor de los casos ignorarme. Y el trato que tú ahora me ofreces me confunde, eso es todo, me hace pensar que alucino, lo siento. —

— No te preocupes — dijo tiernamente, mirándome — te entiendo casi perfectamente — continuó — lo que quieres decir es que ¿No tienes...? —

— No, ninguno, de hecho eres la segunda persona que me habla en años, además de mi madre. Siento si te asusté o decepcioné o que se yo, pero... —

— No digas más — dijo ahora ella, mirándome a los ojos directamente —eso es muy triste, y a mí esas cosas tristes no me gustan, y si me lo permites, me gustaría ser tu amiga, soy nueva en el pueblo y no conozco a nadie — noté como mi cara volvió a deformarse, pero esta vez tomó una expresión diferente, acorde con la sensación que comenzaba a embargarme. Una sonrisa era lo que mi rostro había dibujado y la sensación de compañía hacía de mi sonrisa una expresión aún más intensa, como nunca antes. Sin poder decir palabra estaba así que sólo pude asentir con energía ruborizándome un poco — ¡Qué bien! — chilló mi compañera — Yaraví, ese es mi nombre — dijo abriendo de lleno sus ojos negros , enmarcados  por su gruesa cabellera china del mismo color, que a su vez enmarcaba también su cara de piel morena sobre la que su blanca sonrisa resaltaba cada vez que la hacía lucir.


Salimos después de dado el toque, era la primera vez que salía riendo, platicando con alguien, más específicamente, con una AMIGA, con MI amiga. Pude escuchar a los demás cuchichear y hacer expresiones de asombro, sobre todo cuando Alejandro se nos unió, situándose a mi lado, sonriendo de esa manera tan suya. Ahora me sentía una de ellos, ya no era la persona diferente, la aislada, ahora era parte de un grupo y los demás me veían, no para insultarme, golpearme u ofenderme, sino para notar y hablar porque ya tenía amigos y era la persona más feliz del mundo entero.

Llegué a casa con una sonrisa en la cara, lo que no había sucedido desde 4º año cuando “accidentalmente” había empujado a Ashley (la peor niña del mundo, era quien me había odiado y había odiado desde siempre, con tan sólo vernos, era la típica niña rosa, rica, rubia, de ojos azules y asediada por todos los chicos, sólo por su buen cuerpo), en un charco de lodo, ensuciando sus preciados tacones rosas, junto con su vestido strappless con holanes en color beige con adornos florales, por supuesto, rosas. Subí a mi habitación y saqué mi diario para escribir los felices acontecimientos. Al terminar lo cerré y caí profundamente dormida.

Esa noche tuve un extraño sueño. El bosque se levantaba imponente y espeso a mi alrededor, la oscuridad me asediaba y el frío me calaba hasta lo más hondo de mi ser. Caminé en busca de refugio, y encontré una pequeña caverna. Entré y me senté a descansar un rato, casi inmediatamente comenzó a llover afuera y realicé en el hecho de que debería quedarme ahí dentro por mucho tiempo, como principio, toda la noche. Ya me estaba acostumbrando al silencio de la cueva y al suave murmullo de la lluvia al caer sobre las hojas de los árboles cuando una voz masculina masculló algo dentro de aquel hoyo de piedra, me desconcerté, pues sabía que estaba yo sola, pero la voz había venido de adentro, pues el eco aún hacía resonar aquella horrible frase que había mascullado. Y esta rebotaba en las paredes de mi mente sin dar señales de querer parar. “Mátala, quítale la vida y no dejes que te engañe” eso había dicho yo me pregunté a quien debería asesinar y la respuesta resonó inmediatamente en todo el lugar y el sólo oírla me estremeció “Yaraví” dijo la voz en un tono demoniaco. Intenté salir de ese lugar pero al poner un pie fuera de ahí noté que la lluvia ya no era agua como al principio, se había convertido en una lluvia roja y espesa, estaba lloviendo sangre, sí, sangre caía del cielo, grité horrorizada, pero el grito quedó ahogado cuando me fijé en los árboles, de los que no sólo colgaban ramas y hojas, también había partes de un cuerpo humano, y lo conocía muy bien, pero no quería creerlo hasta que vi caer su cabeza, rodando sobre el suelo como una vil manzana. Sí, mi amiga estaba destazada, y resbalaba en partes por los árboles. No podía dar crédito a lo que veían mis ojos pero todo empeoró cuando vi mis manos, el corazón me dio un vuelco al notar que yo apretujaba en una de mis extremidades  el suyo aún palpitante.

Desperté aterrorizada soltando un grito desgarrador, me toqué para saber si en verdad había regresado, así era, estaba de regreso. Afuera llovía como si no hubiera mañana y a lo lejos, en el bosque una figura se ocultaba.

Continuará...

martes, 16 de agosto de 2011

Contigo... o sin ti. capítulo 5.

Mis ojos estaban desorbitados, mi boca temblaba violentamente, al igual que mi mano, la mente sólo iba del sueño a la ahora realidad, mi cuerpo paralizado, sin saber cómo reaccionar sólo comenzaba a temblar, cada vez más era más violento el movimiento, hasta que detuve todo, saliendo del trance y llevando mis manos ensangrentadas a mi cabeza, mientras de mi boca comenzaban a manar unos gemidos de desesperación terriblemente tenues, que fueron acrecentando, en pocos segundos los gemidos ya eran gritos desesperados, que a su vez aumentaban el nivel convirtiéndose en histeria pura, una histeria aterrorizadora, pero de pronto los gritos se tornaron en risas, sonoras risas, que se formaron en carcajadas, placenteras carcajadas, ininterrumpidas, secundadas por el eco que ofrecía la habitación vacía, y mientras reía me fui reincorporando, corrí la cortina y pude ver que el decorado había cambiado. La pared ya no era completamente blanca, sino que había unas simpáticas e irregulares figurillas rojas, estaban esparcidas sólo en un lado de la pared, lo que hacía que la atención se fijara en ellas, estas estaban formando un ángulo agudo y mientras más abajo estaban más juntos y grandes eran aquellas figurillas tipo mosaicos. Y al fijarse en el piso, este tenía un tapete uniformemente rojo, liso, e el cual se reflejaba toda la habitación, al tratar de posarme sobre él noté que era líquido, alargué más la vista y logré ver un zapato que solía ser perfectamente blanco, pero que ahora era corrompido por aquel espeso y colorado líquido que lo cubría casi en su totalidad, estiré la vista un poco más y logré divisar la causa del cambio en el decorado de la habitación. Era una masa grande aplastada contra el suelo de mosaico, antes blanco, aquella masa estaba destrozada y cubierta de aquel rojo carmesí, al acercarme vi un intento de rostro, pues estaba completamente desfigurado, pero aquel cabello teñido y aquellos rizos alborotados y rebeldes eran inconfundibles, aquella masa, en proceso de putrefacción era la enfermera obesa que me había atendido momentos antes de caer en el sueño. ¿Qué había ocurrido?

Mis condiciones me llevaron a pensar que yo había sido la culpable de dejarla en aquel deplorable y sucio estado, y por un momento el terror me invadió hasta la médula, pero ese sentimiento desapareció después de un rato y aquella expresión frecuente en mí fue sustituida por una maquiavélica sonrisa de lado, mis ojos la recorrieron una infinidad de veces, observando cada milímetro de su cuerpo deshecho mientras mi mente rehacía la escena y yo despedía unos sonidos pequeños y guturales que se fueron alargando, sí, estaba riendo. Riendo de su desgracia, riendo de lo acontecido, riendo de que yo lo había causado y eso me provocaba un placer insoportable, insaciable, que pronto se oscureció y fue tomado por la culpa, me miré al espejo que inconscientemente había agarrado ya del escritorio y fijé la vista en mi persona, ensangrentada y detrás de mí un pedazo de vidrio roto, ligeramente enrojecido. Solté el espejo el cual se hizo añicos al chocar con el suelo, y yo al oír el estruendo llevé mis manos a mis oídos y grité.

Sentí una gran sacudida. Desperté, yo gritaba y la enfermera obesa me agitaba para sacarme de aquel estado... Ella seguía viva.

La miré con escepticismo, mi mano automáticamente subió a su rostro y lo tanteó, la repasé con la mirada mil y un veces, no podía creerlo, yo la había asesinado, la había despojado de todo, ¿Por qué seguía ahí?, con el rostro intacto, rostro que YO había desfigurado con un vidrio roto, por el cual manaría su vida entera, ella había muerto, había sufrido, se había desangrado, me había dado el placer junto con la culpa, de un hermoso y sangriento asesinato. ¿Cómo era posible que ahora me estuviera sujetando por los hombros, con sus inmensas manos, mirándome fijamente con esos ojos grandes, ahora cristalinos por las lágrimas que se atiborraban en ellos, con un rubor rosa groseramente tenue en sus pálidas mejillas, sintiendo como mis manos la reconocen, como un recién nacido reconoce el rostro de su madre?

Pude ver como los recuerdos atiborraban su mente, saliendo por el claro de sus ojos. Estaba tan abierta ser leída como un libro abierto por la mitad en medio de una mesa, así que fue inevitable no entrar y sentir lo que sus ojos compartían. Lo primero que pude ver fue un bebé, era blanco como la nieve, frágil como la porcelana, y rubio como su madre. A pesar de su corta edad, sus rasgos eran sumamente masculinos, y su sonrisa era esplendorosa, sus ojos verdes sobresaltaban aún más a causa de ella, y su mano hacía lo mismo que la mía en ese momento, la reconocía.

La escena fue desapareciendo y fue reemplazada por una estancia oscura, con una sola ventana al frente, la cual estaba abierta, esta tenía una cortina delgada en color beige, que era mecida suavemente por la brisa nocturna, dejando entrar los tenues rayos de luz lunar. Cuando mis ojos lograron acostumbrarse a la oscuridad del lugar, comencé a escuchar unos débiles sollozos del otro lado de la habitación, yo seguía parada en la puerta del recinto. Busqué con la mirada y encontré lo que parecía ser el cuerpo de una mujer en cuclillas con un bulto en brazos, sollozando sobre de él, repitiendo incansablemente: — ¿Por qué? Mi pequeño, tan hermoso él… — quebrándose su voz en la última palabra. Cuando realicé en que el bulto era el bebé hermoso de ojos verdes, el corazón me dio un vuelco. La observé atentamente desde mi lugar, sin siquiera atreverme a mover un músculo, odiándome a mí misma por respirar. El bulto yacía inmóvil sobre los brazos de la mujer, su sonrisa y sus ojos estaban apagados, al igual que su vida se había esfumado.

Todo se volvió borroso y yo regresé a la enfermería, la persona a quien yo le había acariciado el rostro, estaba ahora sumida en los recuerdos y en estado autómata se había alejado de mí, rompiendo la conexión que se había logrado.

La vi alejarse, llorando en silencio, tratando vanamente de erradicar cualquier signo de aquellas memorias que habían matado una parte de ella año tras año, mes tras mes, semana tras semana, día tras día, hora tras hora, minuto a minuto, segundo a segundo. Cada uno más doloroso aún que el anterior, desangrándola por dentro, desfigurándola.

El reloj daba las 13:30, en media hora acabaría la jornada, las dos nos iríamos y “olvidaríamos” todo. Pero yo no podía dejar que eso pasara, no estaba dispuesta a eso, así que abrí la boca para preguntar la historia de aquel frágil ser, que había perecido, cuando la puerta se abrió de golpe tras nosotras y una sonrisa inmensa se asomó tras ella.

Continuará...

jueves, 11 de agosto de 2011

Contigo... o sin ti. capítulo 4.

Desperté en una habitación impecable y blanca, con una sola ventana, al fondo había una señora irremediablemente obesa y de cabello teñido de rojo intentando vanamente arreglar sus rizos rebeldes. Yo me encontraba sobre una camilla un tanto cómoda, un tanto dura, con una cortina que destacaba notoriamente en toda la habitación ya que era de un azul cielo brillante, fue entonces que supuse me encontraba en la enfermería.

Me reincorporé e intenté levantarme, pero un dolor de cabeza insoportable me derribo sobre el lecho que se levantaba detrás de mí. La enfermera obesa se dio cuenta de eso y corrió lo más rápido que pudo hacia mí y me sostuvo con una fuerza sobrenatural, diciéndome con la voz más dulce de la que fue capaz: — ¡Cuidado! Aún no estás en condiciones de irte, tal vez lo mejor sea que le hable a tu madre para que venga por ti, te lleve a casa y descanses — dijo lo último con una voz tenue como si lo dijera sólo para ella

— Mi madre no está en casa, — respondí con un hilo de voz, y ella me miró sorprendida como si no supiera de que estaba hablando — trabaja fuera y no lleva móvil — al escuchar lo último en su rostro se dibujó una expresión de entendimiento y sonriendo replicó — Está bien, entonces sólo quédate acostada hasta que acabe la jornada escolar, descansa — susurró mientras veía el reloj de pared igualmente blanco colocado justo detrás de ella, observando que eran las 10:30, luego se volvió hacia mí y preguntó — Pero, ¿Qué fue lo que te pasó? — sentí como las lágrimas se amontonaban de golpe en mis ojos, no lo podía evitar, pero no sabía porque se habían agolpado. Inconscientemente volteé a ver a la enfermera y me miró con consternación al notar mis ojos desorbitados y cristalinos, añadiendo además una mueca de dolor, esta después de observar la reacción que mi cuerpo había sufrido ante la pregunta, me dio la espalda, se levantó, se dirigió hacia su escritorio y cerró la cortina detrás de ella, como dividiendo su mundo del mío. Yo la observaba sin hacerlo, pues yo estaba lejana a aquel lugar, mis pensamientos huían desbocados a aquella fracción de tiempo donde me había desplomado sobre el suelo pétreo, acontecimiento ocurrido escasos minutos antes de la regresión en el tiempo que se daba lugar en mi mente en ese momento.

— ¿Qué ha ocurrido? — susurré la pregunta, como si no bastara el pensarla, como si debiera decirla en voz alta, escucharla para poder recordar, para darle sentido, para darle respuesta, pero no ocurrió nada, sólo logré que aquella pregunta se sembrara en mi mente.

Me recosté y miré hacia el techo, aún meditando aquella pregunta, observé el blanco techo con detenimiento, sin interrupciones, sin parpadeos, lo observé intensamente hasta que decidí cerrar los ojos para intentar descansar, para intentar despejar mi mente, para borrar todo y comenzar de nuevo... Caí en el sueño, aún con la pregunta dándome vueltas en la cabeza.

Soñé que estaba en un lugar oscuro, yo estaba parada en medio de un vacío frío y escalofriante. Poco a poco mi casa se fue materializando, y en el balcón se podía ver a mi madre, ella tenía una extraña expresión dibujada en el rostro, remarcada por las sombras. ¿Acaso era...? Sí, eso era, ella tenía la tristeza reflejada en el rostro y la lágrima que ahora recorría su blanca mejilla sólo confirmaba que así era. Yo la observaba desde abajo sin poder decir ni hacer nada, y ella no me notaba, sólo veía al horizonte con las mejillas empapadas en saladas lágrimas. Debo admitir que ella se veía mucho más joven de lo que era ahora, tal vez tenía unos 16 años, pues su rostro era mucho más infantil y su cuerpo era el de una adolescente.

Un pequeño crujido de ramas desvió mi atención junto con la de ella hacia un conjunto de árboles medianos que antes solía estar en la entrada de la casa. Nuestras reacciones fueron tan completamente diferentes, mientras yo me preparaba en una posición defensiva, ella se acomodaba el cabello y se limpiaba el rostro, entonces comprendí que ella estaba esperando a aquel objeto que se acercaba. Agudicé la vista y logré ver a una persona, era un hombre, alto, moreno, de rizos esplendorosamente negros, con unos ojos profundos y oscuros y una sonrisa calmante, blanca y muy grande en el rostro, aún más después de ver el rostro de mi madre. Se contemplaron escasos segundos pues cuando apenas abrían las bocas para charlar un estrepitoso subir de escalones rompió todo. La persona morena, se volvió hacia los árboles y se refugió en ellos, mientras que en aposento entraba una sombra muy alta e imponente, no se distinguía facción alguna en aquella ente. Yo seguía intentando descifrar quien era aquella persona, si al menos lo conocía, cuando el rugido que él hacía llamar voz , me sobresaltó y entonces fue como si una guerra se comenzara a librar en aquel recinto. Mientras él vociferaba cosas ininteligibles, mi madre gritaba de dolor y desesperación, la figura entre los árboles miraba hacia el lugar donde se encontraban aquellos dando lugar a feroz batalla, pude divisar las lágrimas amontonándose en sus ojos y alguna caer resbalando sobre su mejilla, entonces un grito atronador se abrió lugar entre el bullicio, sin duda alguna era mi madre, acompañado con súplicas y sollozos, al apartar la vista de los árboles y su refugiado, quien tenía una mueca de indescriptible dolor en el rostro, y ver hacia la ventana cerrada del aposento una línea de luz me dejó ver unos ojos azules, maravillosamente azules, pero malvados, me permitió ver susu violentos ojos, donde se reflejaba el placer de lo que estaba provocando, dolor.

Sobresaltados mis párpados se abrieron, con la imagen de aquellos ojos, de aquella escena, del sufrimiento, con los atronadores gritos en mi mente, ¿Sería sólo producto de mi imaginación y mi reciente desviación de la realidad? ¿En dónde había visto aquellos ojos con anterioridad? ¿Me encontraba realmente despierta? Pero la única respuesta que obtuve ante estas interrogantes fue silencio, el más puro de los silencios, un enloquecedor y sobrenatural silencio... Todo se encontraba así, no había sonido alguno y mi rostro se encontraba mojado, bañado en un líquido, que no eran lágrimas pues era un líquido espeso, mis manos temblaban, me descubrí para levantarme hasta el espejo que había visto sobre el escritorio de la enfermera, y no pude evitar la expresión de asombro y terror al notar que mi bata blanca, la cual me habían puesto para descansar mejor, ahora era roja...

Continuará...

Lo sé, lo siento, sé que me tarde en actualizar, pero no había tenido oportunidad, espero les guste como quedó el capítulo, a mí en lo personal, me agradó. Comenten y háganme saber que le hace falta, y que piensan. Gracias.

(Susana: la narración está en pasado por una razón que revelaré al final, se que saca de onda, pero ya verás por qué.)

domingo, 7 de agosto de 2011

Contigo... o sin ti. Capítulo 3.

Abrí los ojos sobresaltada, pues sabía que nadie más se encontraba ahí conmigo, la vista que aquel lugar me ofreció fue sorprendente, no era como cuando había cerrado los vidriosos oculares, la magia se había ido y era sustituida por un aire tenebroso, el sol estaba casi oculto, sólo sobresalía un poco sobre la copa de aquellos enormes árboles, y la luz rojiza que se desprendía del astro bañaba el lugar, ocasionando a la vez que entre los pinos y abetos del lugar se extendiera el vacío, la oscuridad y la inmensa perdición del bosque, guardando en ellos terribles secretos, que no serían descubiertos, pronto... giré en todos lados en busca de alguien más, pero la búsqueda fue en vano, pues me encontraba completa y absolutamente sola.

La luz fue decreciendo y decidí regresar a casa, salí a toda prisa del lago, tomé mi ropa del césped y corrí como si no hubiera nada más, como si si correr a la puerta trasera de mi casa me salvara de algún peligro. Mientras corría reparé en el hecho de que no había luz alguna en casa, mamá jamás, jamás se perdía una puesta de sol desde su balcón, no desde que yo tenía uso de razón, así lo recordaba yo. Entré por la puerta trasera, el lugar estaba en tinieblas, subí a tientas a mi habitación, pensando que probablemente ella estaría ya dormida, me acosté en el lecho, miré por la ventana en dirección al claro y me quedé dormida pensando una y otra vez en el incidente ocurrido hacía tan sólo unos minutos atrás.

A mitad de la noche un ruido seco me sobresaltó sacándome de los brazos de Morfeo, y sólo pude pensar en la razón más obvia, alguien se había metido a la casa, y Anastacia, mi madre, probablemente estaría muy nerviosa ante tal hecho, pues segura estaba de que había escuchado aquella interrupción tan abrupta de la inmensa y desorbitante tranquilidad del silencio. Decidí caminar, o mejor dicho, escabullirme hasta su habitación, la puerta no llevaba puesto el seguro, así que entré sin problemas y sin provocar sonido alguno.

Al entrar a la pieza logré divisar el cuerpo de mi madre en el balcón, con la vista fija en las montañas y la mística oscuridad que las cubría, a esa hora en especial. La miré atentamente a lo largo de aproximadamente 10 silenciosos minutos, al transcurrir el periodo, dio media vuelta y sin percatarse de mi presencia caminó hasta el lecho, se metió en él y cayó profundamente dormida. Yo, al notar que nada más ocurría y atribuirle el sonido abrupto y seco a mi imaginación, fui a mi habitación e hice lo mismo que mi madre; dormir.

Desperté y en estado autómata hice lo de costumbre. Después de desayunar salí rumbo a la escuela, no preocupándome por Annie (así solía llamar a mi madre cuando pensaba en ella, me hacía sentirla más como una amiga), pues normalmente se levantaba al rededor de las 8 o 9 am. Llegué a la prepa y lo que vi fue anonadante, pues al no haberme acostumbrado a la vista del lugar el día anterior, volví a sufrir la misma impresión, pero ahora era mayor pues mis compañeros seguían comportándose de una manera extraña. Caminé reflexionando sobre la razón que podía tener aquel abrupto cambio en lo que conocía, sin percatarme de que las personas que me acompañaban aumentaban la extrañeza de su comportamiento, pues ahora mientras caminaba entre ellos, comenzaban a murmurar palabras ininteligibles y a quedarse atónitos.

Toda la situación ocurrida ese y el día anterior comenzó a abstraerme, inconscientemente, en mi pensamiento aún más de lo que ya estaba. Yo caminaba automáticamente, no prestando atención a los demás, y entonces sonó la campana, obligándome a volver, pero lo que vi me desconcertó aún más que el aspecto de la escuela o el comportamiento de mis compañeros, esto iba más allá, pues al voltear a mi alrededor me descubrí totalmente sola. Sola en un pasillo escolar (claramente conocía bien ese pasillo, por lo que deduje era de mi prepa) pero los colores se habían ido al igual que las personas, dejando únicamente el blanco, predominante en todo lugar. Era como estar en un vacío con forma, con la forma aparente de un pasillo escolar. Me desconcerté y traté de encerrarme en mi pensamiento de nuevo, antes de caer en la mortal red del pánico y pensando a la vez que eso podría sacarme de aquel lugar. Y entonces lo oí, alguien estaba susurrando cosas, oía claramente una voz masculina, sin sentimiento alguno, en esa voz no se distinguía nada más que un tono pétreo y frío, y entonces otra voz se dio lugar en el acto, a diferencia de la primera, esta era femenina, suave y dulce, era como la voz de una madre arrullando a su pequeño recién nacido. No entendí lo que decían, pues hablaban una sobre la otra, se encimaban, y cada vez más voces se unían, estas eran débiles y fuertes, adultas e infantiles, simples murmullos y gritos desgarradores, cada segundo que pasaba había más bullicio, ahí no había lugar alguno para el entendimiento, hasta que todos hablaron al unísono, entonces, ¿Cómo no escucharlo claramente?, ellos me llamaban por mi nombre, murmurado, susurrado, hablado o gritado, ellos me llamaban. Abrí los ojos, los cuales había cerrado en mi intento de entenderles, y miré completamente aterrorizada a mi alrededor. Mi temor creció convirtiéndose en pánico al notar que me encontraba completamente sola y que aquellas voces que me llamaban incistentemente no cesaban. Llevé mis manos a los oídos en un vano intento por callarlas, por desaparecer aquellas voces, mirando en todas direcciones una y otra vez, intentando descubrir algo o a alguien, cayendo gradualmente en la histeria.

La campaña volvió a sonar y yo cerrando los ojos lancé un alarido de desesperación. Abrí los delicados órganos y todos volvían a mirarme, pero ahora llevaban una expresión de expectación y preocupación en el rostro. No supe más, caí de lleno, inconsciente, en el suelo frío escolar.

Continuará...

jueves, 4 de agosto de 2011

Contigo... o sin ti. capítulo 2.

Era el primer día de clases en Villa del Carbón, a las 5:00 am estaba ya despierta frente a mi armario abierto de par en par, observando mis prendas, era la primera vez que me preocupaba por lo que debía llevar puesto, los vaqueros estaban claros, pero ¿debo llevar blusa, playera o tal vez camisa? ¿Debo optar por tenis o zapatos? Y, ¿si los sorprendo llegando en zapatillas? Pero en realidad esas preguntas no eran de importancia, la única que lo era resonaba constante e incesantemente en el segundo plano de mis pensamientos, y poco a poco se fue abriendo paso hasta ser la única ¿acaso un cambio de imagen, una nueva impresión, cambiaría el modo en que me trataban los demás? Y poco a poco otra pregunta fue sustituyendo esta y se fue abriendo paso lenta y suavemente hasta salir de mis labios con una voz tenue y escalofriante ¿acaso eso importa?

Salí de casa con estas dos preguntas rondando en mi mente sustituyéndose una con la otra gradualmente, sin poder encontrarles respuesta, de igual manera eso no importaba, pues había salido vestida como habitualmente lo hacía, llevaba puestos unos vaqueros azul marino acampanados, los tenis gastados, una playera de manga corta con cuello en V color magenta y mi típica sudadera azul gastado, llevando una mochila negra al hombro con algún cuaderno y una que otra pluma, además de dinero para el almuerzo. En fin, era el último año de preparatoria ¿qué podía cambiar?

El día estaba nublado pero el aire era bochornoso y un tanto pegajoso, típico día en este lugar, en unas horas probablemente llovería, llegué a la preparatoria y no cabía en mi asombro. Todo había cambiado, aunque seguía igual, la institución educativa en la que me encontraba no era la misma que recordaba, esta desprendía un brillo dorado en cada lugar debido al amanecer y los rayos rojizos del sol, pero eso no era lo único extraño que sucedía, pues no sólo la escuela había cambiado, mis compañeros también, me veían y abrían el paso, no escuché insulto alguno hacia mí, fue en verdad extraño, pero decidí no prestar atención pues probablemente era sólo una jugarreta y no pretendía caer en ella, no volvería a caer en sus jugarretas, ni una vez más, jamás, jamás volvería a caer en sus tontos juegos de nuevo, ¡JAMÁS, JAMÁS! (siempre repito la palabra jamás 2 veces, es una extraña costumbre que me da la sensación de estar siendo más seria).

Entré al aula y lo mismo sucedió, nadie me agredió ni insultó, pero tampoco dejaban de mirarme y por más que intenté que eso no me pusiera incómoda no lo logré, cada vez que sentía miradas sobre mí, me sonrojaba y caminaba más deprisa lo que provocaba que más personas se fijaran en mí, fuera lo que fuese esta jugarreta me estaba atrapando y no podía escapar de ella.

Al llegar a casa sentí algo de paz al notar que mamá no estaba ahí, pues así podía ir al lago sin preocuparla ni avisarle que iría, así que tomé una toalla, me metí en la ropa de baño, usé mi ropa de calle por encima y salí corriendo melodiosamente hacia mi destino solitario, único lugar donde me sentía en paz, feliz y donde podía ser mi misma sin presión alguna.

Legué al claro y me detuve al notar lo hermoso del lugar ante los rayos solares opacados por las densas nubes, pero aún así angelicalmente hermosos, reflejados en la perfecta superficie de aquel lago cristalino, que se elevaba en toda su majestuosidad en medio de aquel claro, que sólo era perturbada por las ligeras hojas y espinas del pino y abeto y por la tenue brisa abrazadora que se extendía por aquel hermoso claro la cual la hacía revolverse poéticamente, haciendo de aquel paisaje la mejor de las vistas, creada por la naturaleza para la expectación y apreciación del ser humano sensible. Después de observar tan maravilloso espectro por varios minutos, comencé a elevar mis manos, hasta llevarlas donde mis ropas, y comencé a quitarlas de mi cuerpo, lentamente, sintiendo que si lo hacía más rápido rompería el encanto de aquel lugar, al terminar caminé lentamente meditando cada paso que daba, sintiendo cada huella que quedaba en el pasto, el frescor de este sucumbir ante el peso de mi pie. La brisa en mis cabellos agitándolos suave y mágicamente, podía escuchar mi respiración armonizando con el canto de los pajarillos y el latido de mi corazón ritmar con sus aleteos, y sin darme cuenta entré lentamente en el lago, acariciando la superficie con mis dedos, creando pequeñas ondas, sin romper el misticismo que hasta entonces había envuelto el lugar ni la gracia con la que me había atrapado. Al llegar al centro del lago me detuve, cerré los ojos y escuché atentamente a mi alrededor, logré oír a los árboles susurrar algo, a los pájaros responderles y al tenue viento acompañarles, eran susurros incomprensibles, entonces contuve la respiración y escuché claramente a los tres susurrando al unísono: “Kathleen”.

Continuará...

martes, 2 de agosto de 2011

Contigo... o sin ti. capítulo 1.

Nunca me había detenido a pensar en que debía hacer si me enamorara, pero si lo hiciera, quisiera no terminar lastimada.
Mi nombre es Kathleen, tengo 18 años, mi cabello es castaño y lacio, mis ojos son azules y pequeños, mido alrededor de 1.65, y jamás me he enamorado o alguien se ha enamorado de mi, será tal vez que soy algo cerrada a las emociones, ¿por miedo? ¿por seguridad?, la verdad es que no lo sé, pero jamás he estado enamorada, ni he besado a un chico. Soy lo que los chicos inmaduros de la preparatoria suelen llamar una "freak", pero las mejores personas lo son, ¿o no?, o tal vez mi madre me apoya demasiado, tratando de que no caiga en depresión o algo así, ya que, al ser una rechazada, no tengo amigas, todo el mundo me mira raro, pero no me importa la verdad es que ya estoy acostumbrada al desprecio constante de mis compañeros.

Mi madre se llama Anastacia, es una mujer  hermosa, sus cabellos son unos largos rizos rubios, sus ojos son verde esmeralda, grandes como dos lagos, su sonrisa es perfecta y su voz es melódicamente alegre, ella es mi única amiga, es madre soltera. Ella tiene un pasado oscuro, es lo único que no sé de ella, tal vez por eso me protege tanto, tal vez no quiere que me suceda lo mismo. En fin, ella tiene 35 años, es una madre joven, que tuvo que dejar todos sus sueños atrás para poder cuidarme, esa es una de las razones por las que la aprecio tanto.

Nosotras vivimos en un pueblito llamado Villa Carbón, tiene una población pequeña, pero es hermoso. Nuestra propiedad tiene un extenso pastizal detrás de la pequeña casa de dos pisos, hecha de maderos y tejas donde vivimos mi madre y yo, la casa tiene un lindo porche con un sillón columpio en él, al entrar por la puerta principal se puede vislumbrar el pasillo junto con las escaleras blancas rectas, el comedor y una pequeña estancia con tres sillones rojos; uno para tres personas, otro para dos y el último y mi favorito es el individual que se sitúa en una de las esquinas desde donde se puede ver la estancia entera junto con un pequeño pedazo del comedor y la puerta de la cocina; además de los sillones hay una linda mesa de centro de cristal con un florero blanquiazul encima y una pequeña televisión enfrente de ésta. La puerta blanca situada al lado de las escaleras era la de la cocina, una habitación pequeña que sólo contaba con una estufa de 4 hornillas y un horno en la parte inferior de ésta, tres estantes donde guardamos los cubiertos y la vajilla además de los vasos, un lavabo, una lavadora de trastes y una pequeña mesilla donde poner los utensilios a la hora de cocinar. Subiendo las escaleras se encuentran las habitaciones sin tres, aunque sólo vivimos dos personas en ella, la primera tiene puerta azul, con una mesilla alta al lado y un florerillo en ésta, con un mantelillo debajo del mismo; ésta es la puerta de la habitación de invitados, los cuales nunca hay, la habitación cuenta con una cama, un armario, un escritorio y una silla por consiguiente además de una mesilla de noche, una lámpara sobre ésta y una ventana del lado izquierdo de la habitación, del lado derecho se ubica el sanitario equipado con un  WC, un lavamanos, unas portezuelas debajo de éste y una regadera con cortinas, además de un perchero para colgar las toallas. Al salir de esta habitación caminando hacia la derecha se pueden apreciar tres cosas, un pasillo angosto, una portezuela verde pálido al final de éste y al lado del mismo otra portezuela amarillo pálido, casi blanca, las cuales son habitaciones, la primera es mi habitación, la más alejada de la humanidad, dentro hay una cama pegada a la ventana que se encuentra en contraparte de la puerta, desde la cual se puede apreciar el pastizal y más allá un pequeño bosque con árboles muy altos y frondosos, en medio del cual hay un pequeño claro donde se ubica un lago donde suelo ir a nadar para olvidar la soledad que me hace presa cada instante; al lado de la cama hay una mesilla alta color café oscuro, muy bien barnizada, sobre la cual se sitúa una pequeña lámpara de mesa metálica, un despertador rojo sencillo y un ejemplar de "Lestat el vampiro" muy gastado, el cual es mi novela favorita, la habitación está recubierta con una alfombra color caqui y un papel tapiz blanco con adornos florales negros (escogido por mi madre claro está, yo nunca consentí eso, pero después de todo lo que ella ha hecho por mi es lo menos que podía hacer), además hay ahí un ropero también de madera, de la misma naturaleza que la mesilla de noche, como si fueran hermanos, dentro mi ropa ocupaba un lugar perfecto pues sobra espacio, pues dentro sólo hay 10 jeans, 14 playeras de colores variados, 5 sweaters; incluidas las chaquetas y abrigos, 3 vestidos de gala; negro, rojo y azul turquesa, este último es largo de seda, y 3 pares de zapatos; unos tenis negros gastados, unos zapatos color maple con agujeta y las inevitables zapatillas negras cerradas muy al estilo de los 40's; también hay ahí un perchero en el cual cuelgo mi sudadera favorita del mismo color de mi puerta, aunque más pálida debido al uso y con algunos agujeros, del lado opuesto a mi armario se ubica el baño, igualmente equipado que el del cuarto de visitas, sólo que más cuidado y con utensilios personales tales como: pasta y cepillo dentales, un peine de dientes gruesos para el cabello, al igual que un cepillo de cerdas naturales, un desodorante y mi perfume que mejor descrito es una colonia. El cuarto de la portezuela amarillo pálido es el cuarto de mi madre, éste está perfectamente en orden, tiene una cama con dosel perfectamente arreglada, un pequeño sofá donde sentarse a leer cada noche, una mesilla alta al lado de cada uno de estos objetos, cada una con su respectiva lamparilla de mesa y un pequeño cajón donde guardar objetos importantes, hay también un escritorio en frente de la ventana del lado izquierdo, por el cual se puede ver la ventana del baño de mi pieza, ahí es donde mi madre se sentaba cada noche a escribir su diario, hasta que perdió el hábito, al lado de esta ventana se encuentra su baño perfectamente aliñado cada cosa tiene su lugar y ella lo respeta todas las noches, al salir del baño se aprecia del lado izquierdo un pequeño balcón al cual mi madre se asoma cada mañana y cada atardecer para, como ella dice, apreciar el regalo de la vida, su habitación no estaba alfombrada pero tiene un lustroso suelo de madera el cual ella limpia con dedicación cada mañana.

Yo voy a la Escuela Preparatoria Fernando del Corral, es una institución en la que la comunidad escolar no sobre pasa los 500 alumnos, no tengo mucho que decir sobre ese lugar donde tan malas experiencias he pasado, 15 largos años de mi vida los he pasado conviviendo con estos ineptos inmaduros que sólo quieren destruir la vida de los demás al no tener una propia, o ¿será que todos tienen una vida menos yo?

En fin, este es el lugar donde vivo, y por alguna extraña razón tengo el presentimiento de que en este año escolar estás por cambiar las cosas...

Continuará...

Pues aquí les traigo una nueva historia, espero no perder el hilo de esta, trataré de ser constante, disfrútenla que es para ustedes, gracias por leer :D

lunes, 1 de agosto de 2011

Regreso.

Lo sé, estuve ausente varios meses, pero estoy de regreso, con la última parte de mi relato, espero sea de su agrado, comenten quiero saber lo que piensan y si debería seguir con ellos o limitarme a los poemas.
Gracias :D

Sin sentido V.

No lograba responder esa pregunta, la pensé y repasé por semanas, recorrí su rostro en mi mente incesantemente, cada día despertaba con su mirada en la mente, con su hermosa sonrisa, con sus rizos dorados reflejados por el sol, pero no lograba recordarlo, sabía que lo había visto antes, o ¿no?
Todos los días salía a caminar para saber que había cambiado de lugar, cada día cambiaban más cosas, cada día reconocía menos donde me encontraba, cada día me confundía y pensaba más en mi persona y en él.

Un día caminando enfrente de la ferretería, que antes era papelería, que anteriormente era cine; vi una silueta, me intrigó mucho y decidí seguirla, la luz comenzó a palidecer conforme avanzaba el día, la noche me sorprendió lejos de mi refugio, sabía que eso representaba un peligro, así que intenté regresar, pero algo sucedió, las calles comenzaron a moverse, cambiaron de rumbo, de nombre, las locaciones comenzaron a desaparecer, la confusión crecía en mi mente, mi cabeza daba vueltas, y entonces sentí un golpe en ella, caí inconsciente.

Al despertar al siguiente día noté que algo andaba mal, a pesar de que el reloj indicaba que era de día el sol no se mostraba, todo estaba en completa oscuridad, al poco rato me descubrí caminando hacia adelante con los brazos extendidos al frente, sin saber lo que hacia, sólo caminaba. De pronto sólo caí, estaba dentro de un hoyo, casi un pozo, sin fondo aparente, pues seguía cayendo, mientras iba en descenso noté colores a mi alrededor, escuché risas, vi rostros, lo vi a él. su perfecta fisonomía se quedó en mi mente como no lo había hecho jamás, entonces me descubrí susurrando un nombre, lo susurraba sin estar consciente de ello, seguí y seguí, hasta lograr entenderlo, "Hector", ¿sería acaso su nombre?, pensaba mientras seguía repitiéndolo en susurros. Cuando un tacto me sacó de mi ensimismamiento, era él, caía conmigo, girábamos en círculos, pero él me rodeaba con sus brazos y ya nada importaba, no importaba si el fin estaba cerca, no importaba si moría en ese instante, nada importaba, sólo nuestra cercanía, su olor a menta, sus ojos miel posados en mi por detrás, sus rizos dorados fundidos con mi melena castaña, su sonrisa brillaba por doquier, y su voz, al fin oí su voz, en mi oído, obligándome a callar al escucharlo decir:"Aquí estoy, y jamás me separaré de ti, oh, mi hermosa Nevenka". ¿Por qué me había llamado así? ¿Es que acaso eso era yo, era una Nevenka? ¿En tal caso, qué significaba?, y cómo si pudiera leer mis pensamientos susurró:"Diosa de la música, mi música". Y caímos sin fin...

Desperté desconcertada en mi vieja habitación, recordaba todo a la perfección, ¿qué había pasado? ¿dónde estaba Hector? ¿seguía siendo yo acaso Nevenka?. Me levanté sin reparar siquiera en que los pájaros cantaban, el sol brillaba con una intensidad mayor a la recordada, los autos pasaban a toda prisa fuera de mi casa. Hice lo de rutina, salí, saludé a mi vecina sin reparar en ella, sin saber que se encontraba ahí. Iba en un estado autómata, hasta que escuché un susurro, SU susurro, diciendo:"despierta Nevenka", salí de mi ensoñación para darme cuenta de que había regresado y que no lo había soñado, sin haber sentido antes su presencia, ahora lo noté, él caminaba a mi lado con una expresión suave pero dura a la vez, sentí su brazo rodearme, su mirada sobre mi, un suave beso sobre mi frente y escuché muy dentro de mi mente, su voz diciendo:"Sólo es un sueño, del que jamás despertarás", y me alegré por ello.

jueves, 26 de mayo de 2011

Sin sentido IV.

El sonido de la lluvia logró adormecerme y dormí con aquella pregunta en la mente. Y es que si no fuera por mis credenciales ya habría olvidado mi nombre. Aunque mi nombre no puede contestar certeramente esa pregunta. ¿Quién soy? no de jo de pensarlo, la pregunta me da vueltas en la cabeza, pero la respuesta no llega. Esa noche soñé con alguien, jamás lo había visto, era un hombre alto y apuesto, con cabellos dorados como el oro, cayendo sobre su frente en finos rizos, sus ojos grandes color miel y una sonrisa apaciguante, el sol salía detrás de él, la luz me cegó y entonces desperté. El sol estaba en su punto máximo. Salí y noté que algo no estaba bien, todo estaba fuera de lugar, ¿Qué era lo que pasaba? ¿Por qué mientras más confundida estaba, más se movían las cosas? ¿Acaso estaba sola? Ahora comenzaba a creer que si lo estaba, que no había ningún ser extraño conmigo, que todo esto pasaba porque no tenía conciencia de mi identidad, de mi vida, de lo que sucedía a mi alrededor, ¿Todo esto lo había provocado yo? ¿Por qué lo había hecho? y la pregunta que me volaba la cabeza y hacía que estuviera aún más confundida... ¿Quién era él?...

Continuará....

lunes, 16 de mayo de 2011

Sin sentido III.

Después de razonar que debía conocer todo lo que me rodeaba, decidí empezar, si alguna vez tuviera que enfrentarme a la criatura que me acechaba, tendría ventaja si conociera el lugar a la perfección, entonces decidí levantarme, para empezar el vecindario donde estaba lo conocía muy bien, pero eso no era necesario, debía de conocer cada calle, cada avenida, cada callejón, cada casa, cada mancha, debía de conocerlo absolutamente todo.
Comencé caminando por el lugar, anotando las calles en orden de aparición en un pequeño croquis que iba dibujando conforme caminaba, tardé alrededor de 3 horas en recorrer la primera colonia, memorizando cada establecimiento, cada bote de basura, cada edificio, y dibujando a la perfección cada calle, cada callejón, anotando los lugares que me parecían buenos escondites y buenas guaridas por si tenía que mudarme en alguna ocasión, y anotando cada calle que aparecía en mi camino, pasadas las 3 horas, decidí detenerme a comer. Como no había nadie, como ya lo he dicho antes, entré a una casa y saqueé el refrigerador. Ese día comí bastante bien, la familia que se supone debería vivir en aquel lugar tenía papas horneadas, sopa de pasta, pollo asado y gelatina de fresa. Después de comer, salí de la casa y comencé el retorno al lugar donde había dormido la noche anterior, estaba por llover, así que decidí poner a prueba mi aprendizaje del día en busca de una tienda departamental donde conseguir equipo de acampar, seguí derecho por la calle "Margaritas", doblé a la derecha y dos calles después de nuevo a la derecha, y quedé en frente de la tienda "Acampando a la vida", al menos había aprendido algo, para cuando llegué ahí el cielo ya estaba completamente nublado, así que entré y traté de no entretenerme, agarré lo necesario, una casa de acampar, una bolsa de dormir, utensilios para rapel, lámparas de baterías y de aceite, baterías, aceite, lámparas de mano, una bolsa para poner comida, y una mochila. Salí y corrí al lugar donde me refugiaba, llegué y apenas comenzaba a llover, terminé de armar mi campamento y entré, estaba un poco mojada, pero dentro podía secarme y ponerme a pensar.
No sabía por qué me estaba pasando eso, y lo primero que vino a mi mente después de llegar a la conclusión de que debía encontrar el objetivo de la experiencia, fue una pregunta, una sola... ¿Quién soy?...

Continuará...

miércoles, 11 de mayo de 2011

Sin sentido II.

Las horas transcurrieron, me cansé de correr, pero nunca me detuve. Todo me alteraba, aunque no había de que alterarse, sin sonidos, ni personas, ni actitudes sospechosas, sólo era yo y el mundo inhabitado...
Al caer la noche no tuve más remedio que acostarme en el primer lugar que creí seguro, libre de aquel ser desconocido que estaba conmigo, que me perseguía, pero que no veía ni oía, sólo lo sentía, sabía que él estaba ahí, conmigo y que no me iba a dejar en paz hasta que consiguiera lo quería, el punto era... ¿qué quería aquel ser?
Esa noche dormí profundamente, o creí dormir, desperté cuando el Sol estaba dando sus primeros rayos de luz al mundo, lo observé atónita, olvidándome por un instante del lugar donde me encontraba, de la situación, de todo, sólo me dediqué por tres minutos a observar la belleza del mundo, lo que había dejado de lado al adentrarme en este mundo desconocido, todo despareció de mi mente y por tres minutos recordé cómo era mi vida antes del día que había terminado.
Después de contemplar largamente el Sol, me levanté y senté la cabeza y los pies sobre mi nueva realidad, era obvio que no había nadie más en el lugar donde me encontraba, así que debía saber que era lo que pasaba, debía de responder todas mis dudas yo sola, dependiendo de las experiencias que fuera viviendo a lo largo del tiempo que pasara en esa nueva realidad, si algo habría de aprender de eso que estaba "viviendo" era a conocer mi entorno y sobre todo a conocerme a mí misma...

Continuará...

miércoles, 4 de mayo de 2011

Sin sentido.

Lo siguiente planeo convertirlo en una serie, que se torne en un tipo cuento-libro en el blog, con una entrada semanal, espero disfruten de la primera parte de esta historia.


No sabía que era lo que pasaba, sólo seguía corriendo, entrando en la oscuridad, sola, asustada, sin poder respirar, lo escuchaba detrás de mí, tranquilo, apacible, sin prisa alguna, el suelo estaba mojado, pisé mal y caí, entonces volteé y... Desperté bruscamente, sudando, afortunadamente estaba en casa, en cama, eran las 3:00 a.m. Intentando recobrar la calma me recosté y me asomé por la ventana, la calle estaba vacía, los árboles estaban, cómo guardianes, parados a las orillas de la acera, sus hojas eran levemente sacadas de su inmovilidad por la suave brisa de verano que soplaba. Me calmé y regresé al sueño, nunca creí que jamás acabaría...
Desperté cuando el sol estaba en su punto máximo, no me apuré, a pesar de que se me había hecho tarde, algo me decía que no había prisa, así que me levanté, caminé hasta el baño, y comencé mi rutina, como siempre, me bañé, me vestí, desayuné, me lavé los dientes y salí directo al trabajo. Decidí ir caminando, el día estaba hermoso, así que me dije a mí misma: "¿Por qué no?".
Al llegar al trabajo, todo estaba desierto, no había nadie, pensé que me había equivocado de día, tal vez era Domingo y yo estaba en el trabajo, revisé el calendario, era Martes, algo estaba mal, eran más de las 2:00 p.m. Mi respiración se aceleró lentamente, al darme cuenta de que no me había cruzado con nadie en el camino. Estando yo ensimismada en mis pensamientos no me di cuenta de que alguien había abierto la ventana y la brisa me agitaba el cabello. Al darme cuenta de esto volteé lentamente, y me sorprendí al ver que no había persona alguna en la habitación conmigo.
Salí a la calle en busca de ayuda, tratando de encontrar algún motivo razonable por lo que aquello estuviera pasando, no sabía que era lo que buscaba, sólo corría de un lado a otro en busca de alguien más...

Continuará...

martes, 3 de mayo de 2011

Entendiendo.

Todo iba bien, iba asomada por la ventana, viendo a la gente pasar, sintiendo el sol en mi rostro y disfrutando el retorno a casa como nunca lo había hecho. De pronto hubo un sonido estridente, luego bullicio, recuerdo oler humo, y después... nada, sólo oscuridad, silencio total, el frío invade mi cuerpo, pero no hay brisa, no hay viento, ni ventanas ni puertas, es como un vacío, me encuentro en la nada.
Camino, cómo si supiera a donde voy, a donde me dirijo, y entonces hay una luz, una luz cegadora, pero aún así es hermosa, dentro, hay alguien, me llama por mi nombre, con una voz melodiosa, camino hacia él, sí, es él, la última vez que lo vi fue el año pasado, en la camilla del hospital, con esa sonrisa que nunca borraba de su rostro, ni siquiera cuando sufría, sólo para que no lo viera sufrir, mi pequeño, tenía tan sólo 6 años, pero sabía más que un anciano, sentía más que un adolescente y se moría más rápido que su madre, moría más rápido que yo, mi pequeño, lo estaba carcomiendo el dolor, la enfermedad, pero él seguía sonriendo para mí, evitaba quejarse para evitarme dolor, mi pequeño ángel, ahora lo veía, frente a mí, me llamaba y yo iba hacia él. Entonces dejó de llamarme, y en vez de eso dijo: "no sufras, estoy bien, aún no es el momento, pero llegará", y desapareció, entonces una fuerza comenzó a arrastrarme lejos de él, lejos de la luz, lejos de la oscuridad, entonces, regresó el bullicio, me encontraba sujeta a una camilla, no veía claramente, sólo escuchaba alboroto a mi alrededor y todo cayó en tinieblas de nuevo, pero esta vez no fui al lugar de antes, todo se esfumó y al poco rato un parque amplio y soleado sustituyó lo anterior, y ahí estaba él de nuevo, ahora sólo veía al horizonte, volteó por unos segundos, me observó sonrió como siempre, levantó su pequeña mano y avanzó, lo observé hasta perderlo de vista, caminé hasta el columpio que colgaba de un gran árbol en medio del lugar, y sólo observé el horizonte como él lo hizo momentos antes y una lágrima recorrió lentamente mi mejilla. Desperté en el hospital, con dolor intenso en todo el cuerpo, pero no me preocupó, al verme sola en la habitación, no me entristecí, porque muy dentro de mí sabía que no estaba sola, que nunca lo había estado y que nunca lo estaría, porque mi angelito, mi pequeño niño, estaría conmigo siempre.


Uno nunca está solo, pues alguien que realmente te ama, nunca te abandona, pase lo que pase...

lunes, 2 de mayo de 2011

Soledad.

Y  fue entonces que vi en su mirada lo que no podía decir con palabras, y esa sensación de vacío regresó a mí, no lo pude resistir, sentí como una lágrima asomaba por mi ojo, y rápidamente la enjugué con la manga de ese suéter azul celeste desgastado de tanto uso, ese mismo que él me había regalado, ahora me veía con sus ojos tan celestes como el suéter, pero no quise saber lo que seguía, no quise ver sus ojos, no podía ver la realidad dentro de ellos, después de tantos momentos compartidos, y él se iba diciendo "lo siento", con eso creía remediarlo todo. Intentó abrazarme, no lo dejé, lo aparté de mí con toda la fuerza que me permitía mi debilidad en ese momento, en el momento justo en que mi vieja amiga regresaba a mí, me besó la mejilla y se marchó, sabía que él no regresaría jamás, me había dejado y no había nada que yo pudiera hacer.
Estuve paralizada los próximos 15 minutos, viendo la gente pasar, sin verla en realidad, sentí el aire fresco sobre mi rostro humedecido por las lágrimas, sin sentirlo jamás, escuchando el canto de los pájaros en el cielo, sin siquiera escucharlo, y fue entonces cuando ella regresó, terminó de invadirme de nuevo, me cubrió con sus grandes brazos, me cobijó con su mirada, me arrastró con su voz, y todo lo que estuvo ahí sin que me diera cuenta fue desapareciendo, poco a poco me fui sumiendo en una eterna oscuridad, donde sólo estábamos ella y yo. O acaso ¿estaba sólo yo? ¿cómo saber si estaba sola... o con mi soledad?

domingo, 1 de mayo de 2011

Aquella triste figura.

Y fue entonces, cuando te convertiste,
en esa triste figura, de pausado andar,
que me di cuenta, que contigo no podria estar,
que sin ti, yo debía continuar.

Fue entonces, cuando llenaste mi mente,
cuando te llevaste mi corazón,
me arrebataste la ilusión,
y la desesperanza se convirtió en mi compañía.

Oh, tú, triste figura, me quitaste todo,
oh, tú, con tu pausado andar, me absorviste,
oh, tú, con tu brillante mirada, me atrapaste,
y en una triste figura más me convertiste.

Cómo quisiera saber, de que forma escapar,
de que forma retomar mi camino,
de que manera poder olvidarte,
de que manera sacarte de mi mente y corazón.

Mientras tanto, camino pausadamente,
alejada de ti, pero siempre pendiente de ti,
siempre viendo tu caminar, tu mirar,
siempre  a tu lado, y aún asi, lejanamente.

Oh, tú, figura triste, dime, ¿cómo poder escapar?,
oh, tú, figura de pausado andar, enseñame a olvidar,
a olvidar tu mirada y tu sonrisa que no puedo de mi mente sacar,
a olvidarte para asi, poder mi vida continuar.

Oh, triste figura, enseñame a olvidar...

Primera entrada.

La primera entrada siempre debe de ser espectacular, como para marcar tu presencia, que todos sepan que ya estás aquí... aunque en realidad, no se me da esto, lo intentaré, no la verdad es que no lo haré, sólo escribo este pequeño texto para que sepan de que se tratará este espacio.
Inicialmente lo cree sólo para dar a conocer mis textos, principalmente poemas, pero ahora creo que lo mejor es convertirlo en un espacio donde uno pueda expresar lo que siente, lo que piensa, donde se puedan abrir temas a debatir, etc. Lo importante es que sea un espacio de expresión totalmente libre.
Y para terminar con esta pequeña introducción les quiero agradecer por entrar a este lugar donde sólo encontrarás dos expresiones diferentes, todo será en torno a estas, la felicidad o la tristeza.
Esperando este espacio sea de su agrado, continúo con lo que sería el primer poema publicado aquí en: happiness or sadness?
Gracias