domingo, 25 de septiembre de 2011

Contigo... o sin ti. capítulo 9.

Llegamos a la salida y nos despedimos de Yavs, ella se portó muy amable con Alejandro, dejándole un cariñoso y un tanto insinuoso beso en la mejilla, mientras que a mí me dejó con una mueca de desagrado y una mirada llena de odio.
Me acerqué lentamente a Alejandro para despedirme, pero me frenó con un leve beso en la frente y dijo — Te acompaño a tu casa, no te preocupes, pero vámonos caminando — acompletó su frase con una sonrisa suave y una mirada amorosa, yo sólo pude responder con un asentimiento de cabeza. Tomó mi mano y caminamos por la vereda del bosque que tenía paso por mi casa. Estuvimos en silencio, gozando de la compañía que nos ofrecíamos el uno al otro, gozando de lo que el tenue viento vespertino susurraba al acariciar las hojas de los árboles, gozamos de los suaves y delicados rayos de luz solar que lograban traspasar la espesura de las copas, gozamos de nuestras respiraciones, de los latidos de nuestros corazones, gozamos de la vida, de vivirla juntos.
Caminamos sin interrupción alguna, hasta que vi algo, una silueta humana de gran tamaño, una silueta extrañamente conocida, correr entre la maleza del lugar. Me detuve súbitamente, los árboles nos rodeaban, la luz era casi nula, y él me veía estupefacto — ¿Qué pasa? — preguntó, y no respondí — ¿Qué está pasando Kathleen? — preguntó preocupado — ¿Por qué no caminas? — seguí sin responder, mi mirada estaba atenta a lo que nos rodeaba, mi oído se agudizó, yo ya no me encontraba con Alejandro, me encontraba en una especie de trance, tratando de localizar lo que había visto... y ahora lo escuchaba, estaba segura de que alguien nos observaba por entre la maleza y tenía que descubrir quien era. Revisé cautelosamente cada centímetro y no encontré ni volví a escuchar a aquello que nos observaba, pero sabía que estaba ahí, podía sentirlo.
De pronto sólo desapareció y yo regresé, noté a Alejandro observándome con expresión consternada. Nos miramos largo rato, sonreí y le abracé fuertemente, él correspondió mi abrazo y posó un beso sobre mi cabeza diciendo — No vuelvas a asustarme de ese modo ¿de acuerdo? — fue entonces que lo descubrí, él sabía lo que me pasaba, sabía lo que veía, sabía lo que oía, lo sabía absolutamente todo, y lo amé, lo amé por estar conmigo y no abandonarme como todos, lo amé por aceptarme como soy, lo amé por amarme sin importar lo que me aconteciese, él me amaba y yo le correspondía a groso modo.
Llegamos a mi casa y se despidió dedicándome esa sonrisa tan suya, siempre llena de ternura, y esa mirada siempre abarrotada de amor. Me posó un delicado beso en la cabeza, luego uno en la frente, uno en la nariz, besó cada mejilla y por último beso amorosamente mis labios. Cuando nos separamos lo sostuve de la mano un momento, mirándole, diciéndole con los ojos cuanto le amaba, luego lo solté y lo miré alejarse por el camino empolvado bajo la luz crepuscular.
Entré a casa, mi madre se encontraba sentada en la pequeña sala, con la vista fija en el suelo, noté que me esperaba, pues al cerrar la puerta su vista se levantó y se fijó en mí, sonrió vacía y fríamente y me hizo una seña con la mano. Me acerqué y al llegar a donde estaba noté que su expresión estaba vacía, sus ojos verdes habían perdido vigorosidad y su cabello había extraviado la fuerza, el cuerpo, el brillo y el color que solía tener. Se levantó y deambuló por la estancia con la vista perdida, estuvo así un largo tiempo, la esperé pacientemente, ella no se ponía así con cualquier cosa, debía ser algo difícil de decir, se estaba debatiendo internamente, tratando de encontrar la forma de explicarme porqué se encontraba en aquel estado.
Por fin se detuvo frente a mí, y me miró tiernamente, con un dejo de lástima y angustia, vi cómo en sus ojos se agolparon las lágrimas y cómo esto hacía que se volvieran cristalinos, vi cómo su rostro se deformó, y logré ver en ella una debilidad de la que jamás, jamás había sido testigo, fue entonces que la vi caer de rodillas ante mí, llorando, repitiendo una y otra vez — Te lo diré, te lo diré, pero no hagas cosa alguna que pueda lastimarte — la miré desconcertada, no sabía a que se refería, pero no podía proferir palabra alguna, así que sólo asentí, ella me suplicó con la mirada que me sentara y con un gesto lo confirmó, tomé asiento y prosiguió — sabes que nunca quise hablarte de tu padre, que ese tema siempre me causó repulsión y tú aprendiste a no insistir en saber después de los largos períodos de silencio que yo provocaba entre las dos — abrí la boca para contestar, pero ella prosiguió dejándome en claro que no debía interrumpirla, ella hablaría ahora lo que se había callado todos esos años — sé que te provoqué que te cerraras a los demás por esto y sé también que ahora ya no te importa mucho, pero también sé que es el momento de decírtelo antes de que pase algo más — su mirada se volvió vacía de nuevo, en su rostro pude ver el dolor que eso le provocaba, pero no la iba a interrumpir — lo primero que debes saber sobre tu padre es... — prosiguió, con dolor, aspereza y dificultad, tragando saliva al pronunciar la última palabra antes de la pausa, entonces fijó sus ojos en los míos y dijo al fin — que también es mi padre —.

viernes, 16 de septiembre de 2011

Contigo... o sin ti. capítulo 8.

Nos separamos lentamente, sin querer hacerlo. Nuestros rostros ardían y en nuestros corazones se encendía una llama. Nos miramos en silencio, escuchando el roca de la brisa sobre los pétalos y hojas de las flores y plantas a nuestro alrededor. Sin dejar de mirarnos entrelazamos nuestras manos y dimos un último paseo, sin darnos cuenta de que una melena oscura se ocultaba detrás de los matorrales del lugar, y nos había estado observando, y mucho menos de que en sus ojos ardía la rabia en el punto máximo existente.
Regresamos a clases a la hora del almuerzo y encontramos a Yaraví sentada, solitaria y pensativa en el pasto, jugando con su comida, pero en estado autómata, como si estuviera ideando algo, nos acercamos a ella con cautela y sin previo aviso se volvió hacia nosotros con la mirada ausente, luego sonrió vacíamente y se volvió hacia su charola de nuevo. Nos sentamos a su lado, soltando nuestras manos por vez primera desde el incidente de la mañana, y ella al notarlo esbozó una fugaz y ausente sonrisa, pero pude ver en ella un destello de satisfacción.
Estuvimos en silencio toda la hora, observándola, y ella jugueteaba mientras tanto. Cuando sonó la campana ella regresó de su ensueño y le tomó la mano a Alejandro, el corazón me dio un vuelco, ¿ella estaría…? No, Yavs era mi amiga, no se atrevería… ¿o sí? Reaccioné tomándolo de la mano sobrante, él correspondió mi gesto estrechando la mía y entrelazando sus delicados dedos con los míos, soltando inconscientemente la de ella, volviendo su rostro hacia mí, viéndome con esos ojos dulces, con esa expresión calmada tan suya.
Alcancé a ver como mi amiga se llenaba de rabia, con una expresión sutil, pero llena de este sentimiento. Cuando se percató de que había notado su cambio de expresión, simuló un dolor de cabeza, para intentar ocultarse de todo. Entonces fue cuando mis pensamientos se desviaron a las últimas dos alucinaciones, en ambas había visto su sangre y su cabeza, y una voz distante y ausente, pero impregnada de dolor y rabia me había dicho que debía deshacerme de ella para estar con Alejandro en paz. Pero ¿debía hacerle caso a aquella voz? ¿Debía hacer realidad aquellas visiones? ¿Qué se suponía que era lo que debía hacer? Y entre pregunta y pregunta un pensamiento asaltó mi mente, y se reprodujo con tal facilidad y velocidad que pronto mil voces decían aquella palabra: — Asesínala — repetían, sugerían… exigían.
El día transcurrió y en la relación que tenía con Yavs hubo un cambio muy fuerte, ella con trabajo me dirigía la palabra y era mucho más ocasional cuando me dirigía una mirada, y cuando lo hacía, tanto esta como aquella iban cargadas de odio y desprecio, ¿cómo era posible que de un día para otro ella ya me odiara tanto? ¿Seguía siendo mi amiga? o, tal vez era una desconocida más  ¿cómo saberlo? ¿Por qué me atormentaba con tantas preguntas? Ella jamás, jamás volvería a ser la misma… a menos que yo dejara a Alejandro, y no estaba dispuesta a hacerlo, la otra solución al problema era… — ¿me pasas el microscopio? — preguntó con la vista fija en la blanca mesa del laboratorio, interrumpiendo todo pensamiento mío — ¡Vamos! ¿Me dirás que ya no sabes lo que es? ¿Acaso el amor te vuelve tonta? Perdón, ¿AÚN MÁS tonta? — dijo con un tono de burla innegable, la miré con escepticismo y ella se volvió para verme con sorna. Al ver que no reaccionaba ante la agresión, volteó los ojos y estirando la mano tomó el microscopio y exclamó — esto es un microscopio, a ver si entiendes  dijo en tono pausado, como si le estuviera hablando a un retrasado mental, pero sin disminuir la cantidad de sorna, tanto en su voz como en su mirada y después rió satisfecha.
Mis pensamientos iban y venían, y sólo había uno constante: — Asesínala — su sangre corriendo, de mil y un formas imaginé su muerte, destrozándola, cada parte de su cuerpo era un puñado de masa gelatinosa, todo menos su cabeza, siempre estaba entera, y era donde podía ver su mirada de terror, impregnada en los ojos cristalinos y sin vida y eso, eso me satisfacía. Pero jamás, jamás podría asesinarla, era mi amiga, fuera como fuese, me tratara como lo hiciese, era mi primer amiga y no estaba dispuesta a perderla por su estúpido cambio de actitud, por sus malditos celos. Muy dentro de mí sabía que esto no sería para siempre, que volvería a ser la Yaraví que conocí aquel día en la enfermería.
Minutos después sonó la campana y mis pensamientos se apagaron bruscamente. Miré hacia la puerta y sonreí al ver lo que esperaba, su alta y elegante figura recargada en la pared, con la vista fija en el suelo, el cabello sedoso escurriéndosele por la cabeza, cayendo frente a su rostro cubriéndolo, dejando a la vista sus delgados labios… y entonces volteó, su mirada y su sonrisa fueron el destrampe de mis sentimientos, por él, perdería a cualquiera… cualquiera.
Salí lo más pronto que pude pues mis cosas seguían sobre la mesa y mi compañera se había ido pronunciando un — hice ambos trabajos, entrégalos, a ver si eso lo sabes hacer — en un tono despectivo y con un toque de su ya habitual sorna.
Por obvias razones para cuando salí del laboratorio ella se encontraba entablando una animosa charla con Alejandro, él la seguía atentamente y por un momento lo creí perdido, pero cuando llegué con ellos  me recibió con un cálido abrazo y un entrelazado de manos, centrándose de nuevo en mí, a lo que ella respondió con una mueca de desagrado. Los tres dimos media vuelta y nos dirigimos hacia la salida.
Caminábamos posicionados de la siguiente manera… Alejandro, yo y al último Yavs, pero cuando ella sin razón alguna aparente se cambió a su lado, yo instintivamente tomé el cúter que llevaba en la mochila ese día. Alejandro notó el movimiento y me colocó entre sus brazos, me sonrojé sabiendo que él sabía lo que yo había pensado hacer con el objeto punzocortante que sostenía; bajó su mano hasta la mía y su tacto me hizo soltar el cúter, él sonrió satisfecho, me susurró al oído — sólo te quiero a ti, no me importan las demás — con su suave voz y posó un delicado beso sobre mi cabeza. Seguimos caminando, pero olí su miedo… olí su sangre.