viernes, 13 de julio de 2012

Contigo... o sin ti. Capítulo 11.



Mis ojos salían de sus órbitas, no podía creerlo, no sabía cómo reaccionar, mi madre lloraba desconsoladamente arrodillada frente a mí, sus finas y bancas manos cubrían su rostro, recogiendo a su vez todas las lágrimas posibles, las cuales eran tantas que aún había las que se escapaban resbalando por la barbilla de Anastacia. Yo la observaba, con la mente en blanco, paralizada y entonces una fuerza extraña levantó mis brazos y los posó sobre ella, haciendo que yo reaccionara y le proporcionara un fuerte abrazo, los minutos pasaron ávidos, sin preguntar, fueron tan veloces que se convirtieron en horas. El silencio, levemente interrumpido por los sollozos de Anastacia, fue nuestro fiel compañero y guardián de secretos, hasta que el sueño se coló por debajo de la puerta y nos abrazó hasta invadir completamente nuestros sentidos.

Desperté al siguiente día, de acuerdo a mi costumbre matutina, me dolía todo, pues habíamos dormido en una incómoda posición. No tuve más opción que despertar a mi madre, la mecí levemente y con un beso en la frente logré hacerla reaccionar. La guié hasta el lecho y la dejé dormida, cual si fuera un bebé y por primera vez pude ver en su rostro una expresión de parcial paz interior. Me alisté y salí hacia la prepa, el día estaba nublado, pero el aire estaba húmedo y pegajoso. Me subí al bus y vi durante todo el camino por la ventana, los adoquinados de las casas de la villa y sus verdes praderas, rodeadas por ese bosque que me llamaba cada vez más. Me quedé ensimismada en mis pensamientos, viendo la espesura y frondosidad de los árboles, observando y escuchando cómo el aire pasaba entre ellos, entre sus ramas, entre las hojas, haciéndolos estremecer, dándoles momentáneamente una voz espectral que llenaba mis sentidos, que me hacía querer enloquecer. 

— Kathleen, ven, te estamos esperando — se oyó en un leve susurro, di un respingo ligero, nadie lo notó, volvía a ser la época cuando nadie me notaba, era como parte del utilitario de una obra, esa parte que jamás necesita un lugar, porque jamás sale de la bodega, nunca ve el escenario, ni siente el calor de las luces... — Kathleen — se volvió a oír, volteé a todos lados, pero nadie estaba prestándome atención, cerré los ojos para reajarme — Kathleen, ven a nosotros — mis ojos se abrieron de par en par, mis manos temblaban, sabía de donde venía la voz — Kathleen ahora fueron al menos 4 voces femeninas, llamándome con insistencia — Kathleen gritaron ahora, susurraban varias cosas, pero sólo lograba distinguir mi nombre, una y otra vez, llevé ambas manos a mis oídos, todo mi ser temblaba, no podía distinguir nada, sólo esas voces, apreté los ojos, mis dedos se hundieron tanto en mis oídos que los pude sentir sangrando, ese líquido espeso que pronto pude ubicar resbalando hasta mis codos, mis dientes se apretaron unos contra otros, mi persona estaba tensa y por eso mismo temblaba, pero esas voces no se distorsionaban ni disminuían, eran persistentes, hasta que sin previo aviso cesaron. Abrí los ojos, mi vista se encontraba nublada a causa de la presión que habían ejercido estos. Seguía en el bus, pero de nuevo todo era completamente blanco, estaba sola, pero el bus avanzaba con normalidad, sin importar que no hubiera un conductor al mando, y por alguna extraña razón me sentía tranquila, me atrevo a decir que en demasía. Pasaron varios minutos, el bus seguía su camino, y yo mirando sin mirar los alrededores a través de la ventanilla. Un tremendo y repentino escalofrío me hizo despertar del ensimismamiento que experimentaba en ese momento. Fue entonces que en realidad miré el paisaje, se veía el bosque, frondoso, misterioso, atrayente, pero no era el mismo de siempre, era diferente, sino en apariencia en esencia lo era. Sabía que algo no estaba bien, o podía sentir, lo podía ver, lo podía... ¿oler? Pronto comprendí lo que sucedía, de las copas de los árboles surgía un espeso humo negro, acto seguido unos destellos rojizos y naranja amarillento comenzaron a devorarlos rápidamente, me sentí desfallecer, todo se quemaba, y no podía hacer nada para detenerlo. Cerré los ojos, pues no podía seguir viendo tal masacre y fue entonces que realicé en que no podía escapar del dolor que aquellas imágenes habían provocado en mi ser, pues comencé a escucharlos, ellos gritaban, suplicaban ayuda, sus gritos eran desgarradores, ellos quienes siempre me llamaban ahora morían consumidos por el odio de aquellas llamas, suplicaban a mi nombre que les brindara ayuda pero ¿Qué podía hacer yo? Una fuerza extraña me obligó a abrir los ojos, las voces se fueron extinguiendo, aquel paraje era desolador, todo estaba seco, muerto, vacío. Mi vista se posó en todo recoveco que logró encontrar. No había cosa alguna. Cuando el bus se detuvo pude vislumbrar, en medio de aquella seca llanura, una figura. Bajé del medio de transporte y me situé a unos metros de la extraña silueta, pude distinguir la fisonomía de un hombre de delgados labios y fina nariz. No pude ver más de su rostro pues llevaba un sombrero negro de ala ancha que se lo cubría, además usaba una gabardina larga, oscura, de doble hilera de botones plateados, la llevaba abierta dejando al descubierto una fina camisa de seda blanca, abotonada hasta el pecho, unos pantalones oscuros como la noche sin luna y un cinturón igualmente negro, con hebilla plateada. Usaba además unos mocasines negros. Mientras lo observaba noté que él hacía lo mismo, el viento nos hizo compañía, meciendo nuestros cabellos, los suyos eran negro azabache con unos contados destellos plateados. Su largo era el suficiente para estar por debajo de sus hombros. Yo estaba asombrada por su belleza, él al notarlo hizo una suave curva con sus delgados labios, dejando ligeramente descubiertos unos hermosos dientes blancos. Inmediatamente después un destello de luz crepuscular dejó al descubierto uno de sus ojos, grandes, abiertos, malévolos y puramente azules.

jueves, 5 de julio de 2012

Contigo... o sin ti. capítulo 10



Mi corazón dio un vuelco ante tal frase, que retumbó en mi mente, rebotando en las paredes de la misma, resonando cada vez más fuerte, mi p0adre era mi propio abuelo. Mi madre se había quedado expectante ante mi reacción, observando cada milímetro de mi rostro, tratando de adivinar mis pensamientos, mis ojos estaban fuera de órbita, mi habla había desaparecido y mi garganta estaba reseca. Ella estuvo en silencio esperando a que yo pudiera asimilar la noticia, porque estaba decidida a decirlo todo aquella noche, aquello que había callado todos estos años, pero yo ya no estaba segura de poder soportarlo, de poder y querer vivir ese día, no podría, demasiadas emociones.

Mi mirada cobró vida de nuevo y la vi aún de rodillas ante mí, la luz penetraba suave por la ventana, la brisa se me antojó fría, la noche era silenciosa, era espectral, expectante, era testigo de lo que se había revelado y se oía que ansiaba lo demás, pero yo ya no podía, la vista se me nubló. Caí inconsciente.

Desperté en mi cuarto, apagué el despertador pues la canción que sonaba no era grata en ese momento, mi cabeza dolía, palpitaba, mientras me preguntaba a mí misma que había sucedido.

Las lágrimas brotaron al instante, pues había recordado la noche anterior, y deduje que en la noche seguiría la historia pues Anastacia no se detendría hasta haberme dicho todo. Fuera tan doloroso como fuera, tanto para ella como para mí.

Estuve en cama llorando los próximos 10 minutos, sin dejar de maldecir a aquel ser, imaginando lo que me sería revelado en tan sólo algunas horas.

Me enjugué las lágrimas con el brazo desnudo, me tranquilicé y decidí comenzar a alistarme. Hice lo de costumbre a excepción de la duración de mi ducha, esta fue más prolongada, necesitaba despabilarme y despejar mi mente de cualquier mal recuerdo. Partí hacia la prepa con el mejor ánimo posible, el cual no era mucho.

Lo primero que vi al bajar del bus escolar fue a Alejandro, su cabellera era inconfundible, y más la que se encontraba a su lado. Ya me encontraba caminando en esa dirección cuando la vi, entonces frené en seco, la actitud que tenía ella con él me producía una furia inmensa. Se reía balanceándose en ella misma, posando una mano en su hombro, y con la otra de vez en cuando "peinaba" su esponjada cabellera, de vez en vez se sonrojaba y le sonreía coquetamente, dedicándole miradas en el mismo ánimo y proporcionándole pequeñas caricias en los brazos. Los observé un rato y estaba por irme, largarme de ahí, cuando mi celular comenzó a sonar, era Alejandro. Colgué y me dirigí hacia ellos, al llegar me situé a detrás suyo y le tapé los ojos.
— Adivina quién soy — dije en un tono cantado, él sólo rió, se volvió hacia mí, liberándose los ojos de mis manos opresoras de tal manera que posé mis brazos alrededor de su cuello — Eres mi princesa — dijo con una sonrisa y me besó cariñosamente en los labios, haciendo que ambos esbozáramos una pequeña sonrisa.
Yaraví nos observaba con rabia — ¡Hey! ¡Yo también existo! — dijo después de carraspear, logrando así que nos separáramos, sonrió al haber cumplido su objetivo — Anda Alejandro, tenemos clase, no podemos llegar tarde — siseó al notar que la veía con desprecio, la cosa era que ellos tenían tres clases juntos antes de reencontrarse conmigo en el almuerzo. Lo tomó de la mano y lo arrastró escaleras arriba, detrás de ella, haciendo que sólo pudiera despedirse con un movimiento de mano y un beso al aire.

El día pasó rápidamente, pues cuando estás con la persona que amas no hay eternidad que dure ni segundo que no valga. Alejandro me llevó a casa como el día anterior, pero esa vez se que quedó conmigo en las escaleras de la entrada. Vimos el atardecer juntos y al ocultarse el Sol se volvió hacia mí. — Es hora de que entres a casa — su voz era dulce y tranquilizadora. Asentí dejando escapar un leve gruñido. Me acercó a él y me besó. Después se levantó y dedicándome una última dulce mirada acompañada de una tierna sonrisa se alejó. Me quedé observando su lento caminar hasta que desapareció. Me volví hacia la casa y al ver la luz de su habitación encendida supe que sería una larga noche.

Entré a la casa — Sube — dijo con voz cansada, en cuanto cerré la puerta, como si hubiera estado vigilando la entrada toda la tarde. Subí los escalones sigilosamente, dudando de si era l mejor a cada paso que daba, de pronto realicé en que había llegado al final de la escalera y había girado hacia la derecha, me encontraba frente a la puerta de su alcoba, con la mano extendida en dirección a la perilla, pero no la tocaba, sólo mantenía la mano sobre esta, a una considerable distancia, dudando, siempre dudando. — Entra — dijo cuando di media vuelta, me paralicé, volví mi mirada, luego el cuerpo, caminé, estiré de nuevo el brazo y posé mi mano sobre ese objeto circular, la perilla, respiré hondo y la giré.

Entré en la pieza y me quedé parada bajo el marco de la puerta, ella se encontraba tranquilamente sentada en frente de la ventana, detrás de su escritorio — En un momento acabo — dijo dulcemente, estaba escribiendo en su diario — Puedes sentarte en la cama, vamos ponte cómoda por favor — terminó su frase levantando la cara y volviéndose hacia mí dirigiéndome una amable mirada.

Automáticamente después de que se volteó a terminar lo que hacía, di los pasos necesarios para quedar frente al acolchado, di media vuelta y me dejé caer sobre éste. Minutos después Anatacia caminaba hacia mí, con mirada decidida, sin titubeos. Pronto estuvimos frente a frente. Con esos ojos verdes suyos vio directamente a mis ojos azules, ella jamás hacia eso, y fue entonces que supe por qué nunca antes lo había hecho — Tienes los ojos de tu padre — dijo con un dejo de dolor en su voz, mi memoria inmediatamente recurrió a aquel sueño, a aquellos ojos azules, los gritos, las lágrimas, el dolor, la tristeza... una lágrima corrió por mi mejilla y salté a mi madre, la abracé como si no hubiera un mañana — Ya no continúes — le supliqué, ella me apartó con dulzura, acarició mi cabello y viéndome de nuevo a los ojos pronunció — Debes saberlo todo —sostuvo mi mano con fuerza y prosiguió, no sin antes dejar en claro con la mirada el dolor que le provocaba — Sergio, así se llama, empezó cuando yo tenía 14 años, mi madre acababa de morir, al principio sólo tocaba mi pierna, luego mis pechos  y prosiguió con la penetración... — hizo una pausa, el dolor de aquellos recuerdos la deshacían, las lágrimas se arremolinaron en sus ojos y una resbaló temerosa por su pálida mejilla — Traté de escapar varias veces, pero a donde fuera él me encontraba, se enojaba tanto que solía dejarme en cama al menos 2 días después de la golpiza. Tardé meses en entender que si seguía así moriría. Fue entonces que decidí quedarme en casa, soportando todo, esperando mi mayoría de edad, para irme, porque ya no podría forzarme a regresar. Al cumplir los 16 años mi vida cambió, Sergio me permitió regresar a la escuela, pues yo estudiaba en casa, y ahí lo conocí. Era un chico alto, moreno, de ojos negros y cabellos rizados igualmente negros, vestía unos vaqueros azules, tenis anteriormente blancos y una playera de manga corta color durazno, platicaba con sus amigos, reía estridentemente, pero aún así me vio como yo lo vi, nuestras miradas se cruzaron y una leve sonrisa de lado se nos escapó a ambos en forma de respuesta por la mirada. Creí que no lo volvería a ver, pero terminó siendo mi compañero en todas las clases, así que congeniamos bastante y6 muy bien — para este momento de la narración yo ya había notado la mirada soñadora en sus ojos al hablar sobre él, su voz se había suavizado y tenía una pequeña sonrisa dibujada en el rostro, pequeña al igual que el rubor en sus mejillas. — ¿Y cuál era su nombre? — pregunté ansiosa — Santiago — respondió aún envuelta en su pensamiento — En fin, — dijo despertando — un día, un maravilloso día, él me pidió ser su novia y yo acepté, pero tuve que contarle todo lo que pasaba, él me miró atónito y sólo atinó a abrazarme y susurrar que él me sacaría de ese lugar en cuanto pudiera, depositando un beso en mis labios. Estuvimos juntos cerca de 5 meses antes de que Sergio lo descubriera trepando por mi ventana para despedirse y... — detuvo entonces su relato, las lágrimas habían regresado, pero ahora no resbalaban temerosas, sino que corrían por sus mejillas como si huyeran de mi vista, abrí la boca para decir algo pero no salió palabra ni sonido alguno — lo empujó — chilló — provocando su muerte —la miré sorprendida y ella sometida a su llanto concluyó — Sí, Santiago murió bajo mi balcón, Sergio lo mató —.









Disculpen la tardanza, me desvié del camino de las letras, pero regresé y espero estar más presente (: