Mi corazón dio un vuelco ante tal frase, que retumbó
en mi mente, rebotando en las paredes de la misma, resonando cada vez más fuerte,
mi p0adre era mi propio abuelo. Mi madre se había quedado expectante ante mi
reacción, observando cada milímetro de mi rostro, tratando de adivinar mis
pensamientos, mis ojos estaban fuera de órbita, mi habla había desaparecido y
mi garganta estaba reseca. Ella estuvo en silencio esperando a que yo pudiera
asimilar la noticia, porque estaba decidida a decirlo todo aquella noche,
aquello que había callado todos estos años, pero yo ya no estaba segura de
poder soportarlo, de poder y querer vivir ese día, no podría, demasiadas
emociones.
Mi mirada cobró vida de nuevo y la vi aún de rodillas
ante mí, la luz penetraba suave por la ventana, la brisa se me antojó fría, la
noche era silenciosa, era espectral, expectante, era testigo de lo que se había
revelado y se oía que ansiaba lo demás, pero yo ya no podía, la vista se me
nubló. Caí inconsciente.
Desperté en mi cuarto, apagué el despertador pues la
canción que sonaba no era grata en ese momento, mi cabeza dolía, palpitaba,
mientras me preguntaba a mí misma que había sucedido.
Las lágrimas brotaron al instante, pues había
recordado la noche anterior, y deduje que en la noche seguiría la historia pues
Anastacia no se detendría hasta haberme dicho todo. Fuera tan doloroso como
fuera, tanto para ella como para mí.
Estuve en cama llorando los próximos 10 minutos, sin
dejar de maldecir a aquel ser, imaginando lo que me sería revelado en tan sólo
algunas horas.
Me enjugué las lágrimas con el brazo desnudo, me
tranquilicé y decidí comenzar a alistarme. Hice lo de costumbre a excepción de
la duración de mi ducha, esta fue más prolongada, necesitaba despabilarme y
despejar mi mente de cualquier mal recuerdo. Partí hacia la prepa con el mejor
ánimo posible, el cual no era mucho.
Lo primero que vi al bajar del bus escolar fue a
Alejandro, su cabellera era inconfundible, y más la que se encontraba a su
lado. Ya me encontraba caminando en esa dirección cuando la vi, entonces frené
en seco, la actitud que tenía ella con él me producía una furia inmensa. Se reía
balanceándose en ella misma, posando una mano en su hombro, y con la otra de
vez en cuando "peinaba" su esponjada cabellera, de vez en vez se
sonrojaba y le sonreía coquetamente, dedicándole miradas en el mismo ánimo y
proporcionándole pequeñas caricias en los brazos. Los observé un rato y estaba
por irme, largarme de ahí, cuando mi celular comenzó a sonar, era Alejandro.
Colgué y me dirigí hacia ellos, al llegar me situé a detrás suyo y le tapé los
ojos.
— Adivina quién soy — dije en un tono cantado, él sólo
rió, se volvió hacia mí, liberándose los ojos de mis manos opresoras de tal
manera que posé mis brazos alrededor de su cuello — Eres mi princesa — dijo con
una sonrisa y me besó cariñosamente en los labios, haciendo que ambos
esbozáramos una pequeña sonrisa.
Yaraví nos observaba con rabia — ¡Hey! ¡Yo también
existo! — dijo después de carraspear, logrando así que nos separáramos, sonrió
al haber cumplido su objetivo — Anda Alejandro, tenemos clase, no podemos
llegar tarde — siseó al notar que la veía con desprecio, la cosa era que ellos
tenían tres clases juntos antes de reencontrarse conmigo en el almuerzo. Lo
tomó de la mano y lo arrastró escaleras arriba, detrás de ella, haciendo que
sólo pudiera despedirse con un movimiento de mano y un beso al aire.
El día pasó rápidamente, pues cuando estás con la
persona que amas no hay eternidad que dure ni segundo que no valga. Alejandro
me llevó a casa como el día anterior, pero esa vez se que quedó conmigo en las
escaleras de la entrada. Vimos el atardecer juntos y al ocultarse el Sol se
volvió hacia mí. — Es hora de que entres a casa — su voz era dulce y
tranquilizadora. Asentí dejando escapar un leve gruñido. Me acercó a él y me
besó. Después se levantó y dedicándome una última dulce mirada acompañada de
una tierna sonrisa se alejó. Me quedé observando su lento caminar hasta que
desapareció. Me volví hacia la casa y al ver la luz de su habitación encendida
supe que sería una larga noche.
Entré a la casa — Sube — dijo con voz cansada, en
cuanto cerré la puerta, como si hubiera estado vigilando la entrada toda la
tarde. Subí los escalones sigilosamente, dudando de si era l mejor a cada paso
que daba, de pronto realicé en que había llegado al final de la escalera y
había girado hacia la derecha, me encontraba frente a la puerta de su alcoba,
con la mano extendida en dirección a la perilla, pero no la tocaba, sólo
mantenía la mano sobre esta, a una considerable distancia, dudando, siempre
dudando. — Entra — dijo cuando di media vuelta, me paralicé, volví mi mirada,
luego el cuerpo, caminé, estiré de nuevo el brazo y posé mi mano sobre ese
objeto circular, la perilla, respiré hondo y la giré.
Entré en la pieza y me quedé parada bajo el marco de
la puerta, ella se encontraba tranquilamente sentada en frente de la ventana,
detrás de su escritorio — En un momento acabo — dijo dulcemente, estaba
escribiendo en su diario — Puedes sentarte en la cama, vamos ponte cómoda por
favor — terminó su frase levantando la cara y volviéndose hacia mí dirigiéndome
una amable mirada.
Automáticamente después de que se volteó a terminar lo
que hacía, di los pasos necesarios para quedar frente al acolchado, di media
vuelta y me dejé caer sobre éste. Minutos después Anatacia caminaba hacia mí,
con mirada decidida, sin titubeos. Pronto estuvimos frente a frente. Con esos
ojos verdes suyos vio directamente a mis ojos azules, ella jamás hacia eso, y
fue entonces que supe por qué nunca antes lo había hecho — Tienes los ojos de
tu padre — dijo con un dejo de dolor en su voz, mi memoria inmediatamente
recurrió a aquel sueño, a aquellos ojos azules, los gritos, las lágrimas, el
dolor, la tristeza... una lágrima corrió por mi mejilla y salté a mi madre, la
abracé como si no hubiera un mañana — Ya no continúes — le supliqué, ella me
apartó con dulzura, acarició mi cabello y viéndome de nuevo a los ojos
pronunció — Debes saberlo todo —sostuvo mi mano con fuerza y prosiguió, no sin
antes dejar en claro con la mirada el dolor que le provocaba — Sergio, así se
llama, empezó cuando yo tenía 14 años, mi madre acababa de morir, al principio
sólo tocaba mi pierna, luego mis pechos y prosiguió con la penetración...
— hizo una pausa, el dolor de aquellos recuerdos la deshacían, las lágrimas se
arremolinaron en sus ojos y una resbaló temerosa por su pálida mejilla — Traté
de escapar varias veces, pero a donde fuera él me encontraba, se enojaba tanto
que solía dejarme en cama al menos 2 días después de la golpiza. Tardé meses en
entender que si seguía así moriría. Fue entonces que decidí quedarme en casa,
soportando todo, esperando mi mayoría de edad, para irme, porque ya no podría
forzarme a regresar. Al cumplir los 16 años mi vida cambió, Sergio me permitió
regresar a la escuela, pues yo estudiaba en casa, y ahí lo conocí. Era un chico
alto, moreno, de ojos negros y cabellos rizados igualmente negros, vestía unos
vaqueros azules, tenis anteriormente blancos y una playera de manga corta color
durazno, platicaba con sus amigos, reía estridentemente, pero aún así me vio
como yo lo vi, nuestras miradas se cruzaron y una leve sonrisa de lado se nos
escapó a ambos en forma de respuesta por la mirada. Creí que no lo volvería a
ver, pero terminó siendo mi compañero en todas las clases, así que congeniamos
bastante y6 muy bien — para este momento de la narración yo ya había notado la
mirada soñadora en sus ojos al hablar sobre él, su voz se había suavizado y
tenía una pequeña sonrisa dibujada en el rostro, pequeña al igual que el rubor
en sus mejillas. — ¿Y cuál era su nombre? — pregunté ansiosa — Santiago —
respondió aún envuelta en su pensamiento — En fin, — dijo despertando — un día,
un maravilloso día, él me pidió ser su novia y yo acepté, pero tuve que
contarle todo lo que pasaba, él me miró atónito y sólo atinó a abrazarme y
susurrar que él me sacaría de ese lugar en cuanto pudiera, depositando un beso
en mis labios. Estuvimos juntos cerca de 5 meses antes de que Sergio lo
descubriera trepando por mi ventana para despedirse y... — detuvo entonces su
relato, las lágrimas habían regresado, pero ahora no resbalaban temerosas, sino
que corrían por sus mejillas como si huyeran de mi vista, abrí la boca para
decir algo pero no salió palabra ni sonido alguno — lo empujó — chilló —
provocando su muerte —la miré sorprendida y ella sometida a su llanto concluyó
— Sí, Santiago murió bajo mi balcón, Sergio lo mató —.
Disculpen la tardanza, me desvié del camino de las letras,
pero regresé y espero estar más presente (:
No hay comentarios:
Publicar un comentario