viernes, 13 de julio de 2012

Contigo... o sin ti. Capítulo 11.



Mis ojos salían de sus órbitas, no podía creerlo, no sabía cómo reaccionar, mi madre lloraba desconsoladamente arrodillada frente a mí, sus finas y bancas manos cubrían su rostro, recogiendo a su vez todas las lágrimas posibles, las cuales eran tantas que aún había las que se escapaban resbalando por la barbilla de Anastacia. Yo la observaba, con la mente en blanco, paralizada y entonces una fuerza extraña levantó mis brazos y los posó sobre ella, haciendo que yo reaccionara y le proporcionara un fuerte abrazo, los minutos pasaron ávidos, sin preguntar, fueron tan veloces que se convirtieron en horas. El silencio, levemente interrumpido por los sollozos de Anastacia, fue nuestro fiel compañero y guardián de secretos, hasta que el sueño se coló por debajo de la puerta y nos abrazó hasta invadir completamente nuestros sentidos.

Desperté al siguiente día, de acuerdo a mi costumbre matutina, me dolía todo, pues habíamos dormido en una incómoda posición. No tuve más opción que despertar a mi madre, la mecí levemente y con un beso en la frente logré hacerla reaccionar. La guié hasta el lecho y la dejé dormida, cual si fuera un bebé y por primera vez pude ver en su rostro una expresión de parcial paz interior. Me alisté y salí hacia la prepa, el día estaba nublado, pero el aire estaba húmedo y pegajoso. Me subí al bus y vi durante todo el camino por la ventana, los adoquinados de las casas de la villa y sus verdes praderas, rodeadas por ese bosque que me llamaba cada vez más. Me quedé ensimismada en mis pensamientos, viendo la espesura y frondosidad de los árboles, observando y escuchando cómo el aire pasaba entre ellos, entre sus ramas, entre las hojas, haciéndolos estremecer, dándoles momentáneamente una voz espectral que llenaba mis sentidos, que me hacía querer enloquecer. 

— Kathleen, ven, te estamos esperando — se oyó en un leve susurro, di un respingo ligero, nadie lo notó, volvía a ser la época cuando nadie me notaba, era como parte del utilitario de una obra, esa parte que jamás necesita un lugar, porque jamás sale de la bodega, nunca ve el escenario, ni siente el calor de las luces... — Kathleen — se volvió a oír, volteé a todos lados, pero nadie estaba prestándome atención, cerré los ojos para reajarme — Kathleen, ven a nosotros — mis ojos se abrieron de par en par, mis manos temblaban, sabía de donde venía la voz — Kathleen ahora fueron al menos 4 voces femeninas, llamándome con insistencia — Kathleen gritaron ahora, susurraban varias cosas, pero sólo lograba distinguir mi nombre, una y otra vez, llevé ambas manos a mis oídos, todo mi ser temblaba, no podía distinguir nada, sólo esas voces, apreté los ojos, mis dedos se hundieron tanto en mis oídos que los pude sentir sangrando, ese líquido espeso que pronto pude ubicar resbalando hasta mis codos, mis dientes se apretaron unos contra otros, mi persona estaba tensa y por eso mismo temblaba, pero esas voces no se distorsionaban ni disminuían, eran persistentes, hasta que sin previo aviso cesaron. Abrí los ojos, mi vista se encontraba nublada a causa de la presión que habían ejercido estos. Seguía en el bus, pero de nuevo todo era completamente blanco, estaba sola, pero el bus avanzaba con normalidad, sin importar que no hubiera un conductor al mando, y por alguna extraña razón me sentía tranquila, me atrevo a decir que en demasía. Pasaron varios minutos, el bus seguía su camino, y yo mirando sin mirar los alrededores a través de la ventanilla. Un tremendo y repentino escalofrío me hizo despertar del ensimismamiento que experimentaba en ese momento. Fue entonces que en realidad miré el paisaje, se veía el bosque, frondoso, misterioso, atrayente, pero no era el mismo de siempre, era diferente, sino en apariencia en esencia lo era. Sabía que algo no estaba bien, o podía sentir, lo podía ver, lo podía... ¿oler? Pronto comprendí lo que sucedía, de las copas de los árboles surgía un espeso humo negro, acto seguido unos destellos rojizos y naranja amarillento comenzaron a devorarlos rápidamente, me sentí desfallecer, todo se quemaba, y no podía hacer nada para detenerlo. Cerré los ojos, pues no podía seguir viendo tal masacre y fue entonces que realicé en que no podía escapar del dolor que aquellas imágenes habían provocado en mi ser, pues comencé a escucharlos, ellos gritaban, suplicaban ayuda, sus gritos eran desgarradores, ellos quienes siempre me llamaban ahora morían consumidos por el odio de aquellas llamas, suplicaban a mi nombre que les brindara ayuda pero ¿Qué podía hacer yo? Una fuerza extraña me obligó a abrir los ojos, las voces se fueron extinguiendo, aquel paraje era desolador, todo estaba seco, muerto, vacío. Mi vista se posó en todo recoveco que logró encontrar. No había cosa alguna. Cuando el bus se detuvo pude vislumbrar, en medio de aquella seca llanura, una figura. Bajé del medio de transporte y me situé a unos metros de la extraña silueta, pude distinguir la fisonomía de un hombre de delgados labios y fina nariz. No pude ver más de su rostro pues llevaba un sombrero negro de ala ancha que se lo cubría, además usaba una gabardina larga, oscura, de doble hilera de botones plateados, la llevaba abierta dejando al descubierto una fina camisa de seda blanca, abotonada hasta el pecho, unos pantalones oscuros como la noche sin luna y un cinturón igualmente negro, con hebilla plateada. Usaba además unos mocasines negros. Mientras lo observaba noté que él hacía lo mismo, el viento nos hizo compañía, meciendo nuestros cabellos, los suyos eran negro azabache con unos contados destellos plateados. Su largo era el suficiente para estar por debajo de sus hombros. Yo estaba asombrada por su belleza, él al notarlo hizo una suave curva con sus delgados labios, dejando ligeramente descubiertos unos hermosos dientes blancos. Inmediatamente después un destello de luz crepuscular dejó al descubierto uno de sus ojos, grandes, abiertos, malévolos y puramente azules.

jueves, 5 de julio de 2012

Contigo... o sin ti. capítulo 10



Mi corazón dio un vuelco ante tal frase, que retumbó en mi mente, rebotando en las paredes de la misma, resonando cada vez más fuerte, mi p0adre era mi propio abuelo. Mi madre se había quedado expectante ante mi reacción, observando cada milímetro de mi rostro, tratando de adivinar mis pensamientos, mis ojos estaban fuera de órbita, mi habla había desaparecido y mi garganta estaba reseca. Ella estuvo en silencio esperando a que yo pudiera asimilar la noticia, porque estaba decidida a decirlo todo aquella noche, aquello que había callado todos estos años, pero yo ya no estaba segura de poder soportarlo, de poder y querer vivir ese día, no podría, demasiadas emociones.

Mi mirada cobró vida de nuevo y la vi aún de rodillas ante mí, la luz penetraba suave por la ventana, la brisa se me antojó fría, la noche era silenciosa, era espectral, expectante, era testigo de lo que se había revelado y se oía que ansiaba lo demás, pero yo ya no podía, la vista se me nubló. Caí inconsciente.

Desperté en mi cuarto, apagué el despertador pues la canción que sonaba no era grata en ese momento, mi cabeza dolía, palpitaba, mientras me preguntaba a mí misma que había sucedido.

Las lágrimas brotaron al instante, pues había recordado la noche anterior, y deduje que en la noche seguiría la historia pues Anastacia no se detendría hasta haberme dicho todo. Fuera tan doloroso como fuera, tanto para ella como para mí.

Estuve en cama llorando los próximos 10 minutos, sin dejar de maldecir a aquel ser, imaginando lo que me sería revelado en tan sólo algunas horas.

Me enjugué las lágrimas con el brazo desnudo, me tranquilicé y decidí comenzar a alistarme. Hice lo de costumbre a excepción de la duración de mi ducha, esta fue más prolongada, necesitaba despabilarme y despejar mi mente de cualquier mal recuerdo. Partí hacia la prepa con el mejor ánimo posible, el cual no era mucho.

Lo primero que vi al bajar del bus escolar fue a Alejandro, su cabellera era inconfundible, y más la que se encontraba a su lado. Ya me encontraba caminando en esa dirección cuando la vi, entonces frené en seco, la actitud que tenía ella con él me producía una furia inmensa. Se reía balanceándose en ella misma, posando una mano en su hombro, y con la otra de vez en cuando "peinaba" su esponjada cabellera, de vez en vez se sonrojaba y le sonreía coquetamente, dedicándole miradas en el mismo ánimo y proporcionándole pequeñas caricias en los brazos. Los observé un rato y estaba por irme, largarme de ahí, cuando mi celular comenzó a sonar, era Alejandro. Colgué y me dirigí hacia ellos, al llegar me situé a detrás suyo y le tapé los ojos.
— Adivina quién soy — dije en un tono cantado, él sólo rió, se volvió hacia mí, liberándose los ojos de mis manos opresoras de tal manera que posé mis brazos alrededor de su cuello — Eres mi princesa — dijo con una sonrisa y me besó cariñosamente en los labios, haciendo que ambos esbozáramos una pequeña sonrisa.
Yaraví nos observaba con rabia — ¡Hey! ¡Yo también existo! — dijo después de carraspear, logrando así que nos separáramos, sonrió al haber cumplido su objetivo — Anda Alejandro, tenemos clase, no podemos llegar tarde — siseó al notar que la veía con desprecio, la cosa era que ellos tenían tres clases juntos antes de reencontrarse conmigo en el almuerzo. Lo tomó de la mano y lo arrastró escaleras arriba, detrás de ella, haciendo que sólo pudiera despedirse con un movimiento de mano y un beso al aire.

El día pasó rápidamente, pues cuando estás con la persona que amas no hay eternidad que dure ni segundo que no valga. Alejandro me llevó a casa como el día anterior, pero esa vez se que quedó conmigo en las escaleras de la entrada. Vimos el atardecer juntos y al ocultarse el Sol se volvió hacia mí. — Es hora de que entres a casa — su voz era dulce y tranquilizadora. Asentí dejando escapar un leve gruñido. Me acercó a él y me besó. Después se levantó y dedicándome una última dulce mirada acompañada de una tierna sonrisa se alejó. Me quedé observando su lento caminar hasta que desapareció. Me volví hacia la casa y al ver la luz de su habitación encendida supe que sería una larga noche.

Entré a la casa — Sube — dijo con voz cansada, en cuanto cerré la puerta, como si hubiera estado vigilando la entrada toda la tarde. Subí los escalones sigilosamente, dudando de si era l mejor a cada paso que daba, de pronto realicé en que había llegado al final de la escalera y había girado hacia la derecha, me encontraba frente a la puerta de su alcoba, con la mano extendida en dirección a la perilla, pero no la tocaba, sólo mantenía la mano sobre esta, a una considerable distancia, dudando, siempre dudando. — Entra — dijo cuando di media vuelta, me paralicé, volví mi mirada, luego el cuerpo, caminé, estiré de nuevo el brazo y posé mi mano sobre ese objeto circular, la perilla, respiré hondo y la giré.

Entré en la pieza y me quedé parada bajo el marco de la puerta, ella se encontraba tranquilamente sentada en frente de la ventana, detrás de su escritorio — En un momento acabo — dijo dulcemente, estaba escribiendo en su diario — Puedes sentarte en la cama, vamos ponte cómoda por favor — terminó su frase levantando la cara y volviéndose hacia mí dirigiéndome una amable mirada.

Automáticamente después de que se volteó a terminar lo que hacía, di los pasos necesarios para quedar frente al acolchado, di media vuelta y me dejé caer sobre éste. Minutos después Anatacia caminaba hacia mí, con mirada decidida, sin titubeos. Pronto estuvimos frente a frente. Con esos ojos verdes suyos vio directamente a mis ojos azules, ella jamás hacia eso, y fue entonces que supe por qué nunca antes lo había hecho — Tienes los ojos de tu padre — dijo con un dejo de dolor en su voz, mi memoria inmediatamente recurrió a aquel sueño, a aquellos ojos azules, los gritos, las lágrimas, el dolor, la tristeza... una lágrima corrió por mi mejilla y salté a mi madre, la abracé como si no hubiera un mañana — Ya no continúes — le supliqué, ella me apartó con dulzura, acarició mi cabello y viéndome de nuevo a los ojos pronunció — Debes saberlo todo —sostuvo mi mano con fuerza y prosiguió, no sin antes dejar en claro con la mirada el dolor que le provocaba — Sergio, así se llama, empezó cuando yo tenía 14 años, mi madre acababa de morir, al principio sólo tocaba mi pierna, luego mis pechos  y prosiguió con la penetración... — hizo una pausa, el dolor de aquellos recuerdos la deshacían, las lágrimas se arremolinaron en sus ojos y una resbaló temerosa por su pálida mejilla — Traté de escapar varias veces, pero a donde fuera él me encontraba, se enojaba tanto que solía dejarme en cama al menos 2 días después de la golpiza. Tardé meses en entender que si seguía así moriría. Fue entonces que decidí quedarme en casa, soportando todo, esperando mi mayoría de edad, para irme, porque ya no podría forzarme a regresar. Al cumplir los 16 años mi vida cambió, Sergio me permitió regresar a la escuela, pues yo estudiaba en casa, y ahí lo conocí. Era un chico alto, moreno, de ojos negros y cabellos rizados igualmente negros, vestía unos vaqueros azules, tenis anteriormente blancos y una playera de manga corta color durazno, platicaba con sus amigos, reía estridentemente, pero aún así me vio como yo lo vi, nuestras miradas se cruzaron y una leve sonrisa de lado se nos escapó a ambos en forma de respuesta por la mirada. Creí que no lo volvería a ver, pero terminó siendo mi compañero en todas las clases, así que congeniamos bastante y6 muy bien — para este momento de la narración yo ya había notado la mirada soñadora en sus ojos al hablar sobre él, su voz se había suavizado y tenía una pequeña sonrisa dibujada en el rostro, pequeña al igual que el rubor en sus mejillas. — ¿Y cuál era su nombre? — pregunté ansiosa — Santiago — respondió aún envuelta en su pensamiento — En fin, — dijo despertando — un día, un maravilloso día, él me pidió ser su novia y yo acepté, pero tuve que contarle todo lo que pasaba, él me miró atónito y sólo atinó a abrazarme y susurrar que él me sacaría de ese lugar en cuanto pudiera, depositando un beso en mis labios. Estuvimos juntos cerca de 5 meses antes de que Sergio lo descubriera trepando por mi ventana para despedirse y... — detuvo entonces su relato, las lágrimas habían regresado, pero ahora no resbalaban temerosas, sino que corrían por sus mejillas como si huyeran de mi vista, abrí la boca para decir algo pero no salió palabra ni sonido alguno — lo empujó — chilló — provocando su muerte —la miré sorprendida y ella sometida a su llanto concluyó — Sí, Santiago murió bajo mi balcón, Sergio lo mató —.









Disculpen la tardanza, me desvié del camino de las letras, pero regresé y espero estar más presente (:

domingo, 25 de septiembre de 2011

Contigo... o sin ti. capítulo 9.

Llegamos a la salida y nos despedimos de Yavs, ella se portó muy amable con Alejandro, dejándole un cariñoso y un tanto insinuoso beso en la mejilla, mientras que a mí me dejó con una mueca de desagrado y una mirada llena de odio.
Me acerqué lentamente a Alejandro para despedirme, pero me frenó con un leve beso en la frente y dijo — Te acompaño a tu casa, no te preocupes, pero vámonos caminando — acompletó su frase con una sonrisa suave y una mirada amorosa, yo sólo pude responder con un asentimiento de cabeza. Tomó mi mano y caminamos por la vereda del bosque que tenía paso por mi casa. Estuvimos en silencio, gozando de la compañía que nos ofrecíamos el uno al otro, gozando de lo que el tenue viento vespertino susurraba al acariciar las hojas de los árboles, gozamos de los suaves y delicados rayos de luz solar que lograban traspasar la espesura de las copas, gozamos de nuestras respiraciones, de los latidos de nuestros corazones, gozamos de la vida, de vivirla juntos.
Caminamos sin interrupción alguna, hasta que vi algo, una silueta humana de gran tamaño, una silueta extrañamente conocida, correr entre la maleza del lugar. Me detuve súbitamente, los árboles nos rodeaban, la luz era casi nula, y él me veía estupefacto — ¿Qué pasa? — preguntó, y no respondí — ¿Qué está pasando Kathleen? — preguntó preocupado — ¿Por qué no caminas? — seguí sin responder, mi mirada estaba atenta a lo que nos rodeaba, mi oído se agudizó, yo ya no me encontraba con Alejandro, me encontraba en una especie de trance, tratando de localizar lo que había visto... y ahora lo escuchaba, estaba segura de que alguien nos observaba por entre la maleza y tenía que descubrir quien era. Revisé cautelosamente cada centímetro y no encontré ni volví a escuchar a aquello que nos observaba, pero sabía que estaba ahí, podía sentirlo.
De pronto sólo desapareció y yo regresé, noté a Alejandro observándome con expresión consternada. Nos miramos largo rato, sonreí y le abracé fuertemente, él correspondió mi abrazo y posó un beso sobre mi cabeza diciendo — No vuelvas a asustarme de ese modo ¿de acuerdo? — fue entonces que lo descubrí, él sabía lo que me pasaba, sabía lo que veía, sabía lo que oía, lo sabía absolutamente todo, y lo amé, lo amé por estar conmigo y no abandonarme como todos, lo amé por aceptarme como soy, lo amé por amarme sin importar lo que me aconteciese, él me amaba y yo le correspondía a groso modo.
Llegamos a mi casa y se despidió dedicándome esa sonrisa tan suya, siempre llena de ternura, y esa mirada siempre abarrotada de amor. Me posó un delicado beso en la cabeza, luego uno en la frente, uno en la nariz, besó cada mejilla y por último beso amorosamente mis labios. Cuando nos separamos lo sostuve de la mano un momento, mirándole, diciéndole con los ojos cuanto le amaba, luego lo solté y lo miré alejarse por el camino empolvado bajo la luz crepuscular.
Entré a casa, mi madre se encontraba sentada en la pequeña sala, con la vista fija en el suelo, noté que me esperaba, pues al cerrar la puerta su vista se levantó y se fijó en mí, sonrió vacía y fríamente y me hizo una seña con la mano. Me acerqué y al llegar a donde estaba noté que su expresión estaba vacía, sus ojos verdes habían perdido vigorosidad y su cabello había extraviado la fuerza, el cuerpo, el brillo y el color que solía tener. Se levantó y deambuló por la estancia con la vista perdida, estuvo así un largo tiempo, la esperé pacientemente, ella no se ponía así con cualquier cosa, debía ser algo difícil de decir, se estaba debatiendo internamente, tratando de encontrar la forma de explicarme porqué se encontraba en aquel estado.
Por fin se detuvo frente a mí, y me miró tiernamente, con un dejo de lástima y angustia, vi cómo en sus ojos se agolparon las lágrimas y cómo esto hacía que se volvieran cristalinos, vi cómo su rostro se deformó, y logré ver en ella una debilidad de la que jamás, jamás había sido testigo, fue entonces que la vi caer de rodillas ante mí, llorando, repitiendo una y otra vez — Te lo diré, te lo diré, pero no hagas cosa alguna que pueda lastimarte — la miré desconcertada, no sabía a que se refería, pero no podía proferir palabra alguna, así que sólo asentí, ella me suplicó con la mirada que me sentara y con un gesto lo confirmó, tomé asiento y prosiguió — sabes que nunca quise hablarte de tu padre, que ese tema siempre me causó repulsión y tú aprendiste a no insistir en saber después de los largos períodos de silencio que yo provocaba entre las dos — abrí la boca para contestar, pero ella prosiguió dejándome en claro que no debía interrumpirla, ella hablaría ahora lo que se había callado todos esos años — sé que te provoqué que te cerraras a los demás por esto y sé también que ahora ya no te importa mucho, pero también sé que es el momento de decírtelo antes de que pase algo más — su mirada se volvió vacía de nuevo, en su rostro pude ver el dolor que eso le provocaba, pero no la iba a interrumpir — lo primero que debes saber sobre tu padre es... — prosiguió, con dolor, aspereza y dificultad, tragando saliva al pronunciar la última palabra antes de la pausa, entonces fijó sus ojos en los míos y dijo al fin — que también es mi padre —.

viernes, 16 de septiembre de 2011

Contigo... o sin ti. capítulo 8.

Nos separamos lentamente, sin querer hacerlo. Nuestros rostros ardían y en nuestros corazones se encendía una llama. Nos miramos en silencio, escuchando el roca de la brisa sobre los pétalos y hojas de las flores y plantas a nuestro alrededor. Sin dejar de mirarnos entrelazamos nuestras manos y dimos un último paseo, sin darnos cuenta de que una melena oscura se ocultaba detrás de los matorrales del lugar, y nos había estado observando, y mucho menos de que en sus ojos ardía la rabia en el punto máximo existente.
Regresamos a clases a la hora del almuerzo y encontramos a Yaraví sentada, solitaria y pensativa en el pasto, jugando con su comida, pero en estado autómata, como si estuviera ideando algo, nos acercamos a ella con cautela y sin previo aviso se volvió hacia nosotros con la mirada ausente, luego sonrió vacíamente y se volvió hacia su charola de nuevo. Nos sentamos a su lado, soltando nuestras manos por vez primera desde el incidente de la mañana, y ella al notarlo esbozó una fugaz y ausente sonrisa, pero pude ver en ella un destello de satisfacción.
Estuvimos en silencio toda la hora, observándola, y ella jugueteaba mientras tanto. Cuando sonó la campana ella regresó de su ensueño y le tomó la mano a Alejandro, el corazón me dio un vuelco, ¿ella estaría…? No, Yavs era mi amiga, no se atrevería… ¿o sí? Reaccioné tomándolo de la mano sobrante, él correspondió mi gesto estrechando la mía y entrelazando sus delicados dedos con los míos, soltando inconscientemente la de ella, volviendo su rostro hacia mí, viéndome con esos ojos dulces, con esa expresión calmada tan suya.
Alcancé a ver como mi amiga se llenaba de rabia, con una expresión sutil, pero llena de este sentimiento. Cuando se percató de que había notado su cambio de expresión, simuló un dolor de cabeza, para intentar ocultarse de todo. Entonces fue cuando mis pensamientos se desviaron a las últimas dos alucinaciones, en ambas había visto su sangre y su cabeza, y una voz distante y ausente, pero impregnada de dolor y rabia me había dicho que debía deshacerme de ella para estar con Alejandro en paz. Pero ¿debía hacerle caso a aquella voz? ¿Debía hacer realidad aquellas visiones? ¿Qué se suponía que era lo que debía hacer? Y entre pregunta y pregunta un pensamiento asaltó mi mente, y se reprodujo con tal facilidad y velocidad que pronto mil voces decían aquella palabra: — Asesínala — repetían, sugerían… exigían.
El día transcurrió y en la relación que tenía con Yavs hubo un cambio muy fuerte, ella con trabajo me dirigía la palabra y era mucho más ocasional cuando me dirigía una mirada, y cuando lo hacía, tanto esta como aquella iban cargadas de odio y desprecio, ¿cómo era posible que de un día para otro ella ya me odiara tanto? ¿Seguía siendo mi amiga? o, tal vez era una desconocida más  ¿cómo saberlo? ¿Por qué me atormentaba con tantas preguntas? Ella jamás, jamás volvería a ser la misma… a menos que yo dejara a Alejandro, y no estaba dispuesta a hacerlo, la otra solución al problema era… — ¿me pasas el microscopio? — preguntó con la vista fija en la blanca mesa del laboratorio, interrumpiendo todo pensamiento mío — ¡Vamos! ¿Me dirás que ya no sabes lo que es? ¿Acaso el amor te vuelve tonta? Perdón, ¿AÚN MÁS tonta? — dijo con un tono de burla innegable, la miré con escepticismo y ella se volvió para verme con sorna. Al ver que no reaccionaba ante la agresión, volteó los ojos y estirando la mano tomó el microscopio y exclamó — esto es un microscopio, a ver si entiendes  dijo en tono pausado, como si le estuviera hablando a un retrasado mental, pero sin disminuir la cantidad de sorna, tanto en su voz como en su mirada y después rió satisfecha.
Mis pensamientos iban y venían, y sólo había uno constante: — Asesínala — su sangre corriendo, de mil y un formas imaginé su muerte, destrozándola, cada parte de su cuerpo era un puñado de masa gelatinosa, todo menos su cabeza, siempre estaba entera, y era donde podía ver su mirada de terror, impregnada en los ojos cristalinos y sin vida y eso, eso me satisfacía. Pero jamás, jamás podría asesinarla, era mi amiga, fuera como fuese, me tratara como lo hiciese, era mi primer amiga y no estaba dispuesta a perderla por su estúpido cambio de actitud, por sus malditos celos. Muy dentro de mí sabía que esto no sería para siempre, que volvería a ser la Yaraví que conocí aquel día en la enfermería.
Minutos después sonó la campana y mis pensamientos se apagaron bruscamente. Miré hacia la puerta y sonreí al ver lo que esperaba, su alta y elegante figura recargada en la pared, con la vista fija en el suelo, el cabello sedoso escurriéndosele por la cabeza, cayendo frente a su rostro cubriéndolo, dejando a la vista sus delgados labios… y entonces volteó, su mirada y su sonrisa fueron el destrampe de mis sentimientos, por él, perdería a cualquiera… cualquiera.
Salí lo más pronto que pude pues mis cosas seguían sobre la mesa y mi compañera se había ido pronunciando un — hice ambos trabajos, entrégalos, a ver si eso lo sabes hacer — en un tono despectivo y con un toque de su ya habitual sorna.
Por obvias razones para cuando salí del laboratorio ella se encontraba entablando una animosa charla con Alejandro, él la seguía atentamente y por un momento lo creí perdido, pero cuando llegué con ellos  me recibió con un cálido abrazo y un entrelazado de manos, centrándose de nuevo en mí, a lo que ella respondió con una mueca de desagrado. Los tres dimos media vuelta y nos dirigimos hacia la salida.
Caminábamos posicionados de la siguiente manera… Alejandro, yo y al último Yavs, pero cuando ella sin razón alguna aparente se cambió a su lado, yo instintivamente tomé el cúter que llevaba en la mochila ese día. Alejandro notó el movimiento y me colocó entre sus brazos, me sonrojé sabiendo que él sabía lo que yo había pensado hacer con el objeto punzocortante que sostenía; bajó su mano hasta la mía y su tacto me hizo soltar el cúter, él sonrió satisfecho, me susurró al oído — sólo te quiero a ti, no me importan las demás — con su suave voz y posó un delicado beso sobre mi cabeza. Seguimos caminando, pero olí su miedo… olí su sangre. 

miércoles, 31 de agosto de 2011

Contigo... o sin ti. capítulo 7.

A la mañana siguiente la lluvia seguía, en menor medida pero ahí estaba, sin querer partir. Escuché sobre el lecho, sin mover un músculo, el caer y golpetear de esta, era tan maravilloso, tranquilizador, conmovedor; lentamente abrí los ojos y los clavé sobre el dosel de mi cama. Me levanté perezosamente, después de 10 minutos de despierta, estiré los brazos y mis dedos tocaron el dosel, húmedo, mis ojos se abrieron bruscamente y tornándose desesperados hacia arriba en busca de sangre, encontraron agua, tranquilamente me di cuenta de que era simple agua que se había colado desde el techo la noche anterior.

Después de alistarme bajé a la cocina y para sorpresa mía, mi madre se encontraba ahí, sentada viendo por la ventana, con una taza de café caliente en las manos entrelazadas, sobre el regazo. Ya no llevaba el pijama, traía un hermoso vestido de seda verde, largo, tan largo que no lograba verle los pies, el adorno del pecho eran unos plisados pequeños y sofisticados. Sus rizos dorados estaban delicadamente recogidos en la parte trasera de su cabeza, dejando caer sobre su frente algunos cuantos que enmarcaban su verde mirada, resaltada además por su vestido. También se dejaban al descubierto sus delicados aretes de diamante blanco, corte estrella, y si se observaba mejor sobre su garganta había otro más, todos ellos enmarcados delicadamente en oro. La observé pacientemente, a sabiendas que si demoraba más no llegaría a clase, pero eso no me importó, ella se veía tan hermosa y la luz del amanecer la hacía parecer una diosa.
De todo el tiempo que la observé jamás. Jamás se jactó de mi presencia, lo cual me preocupó un poco, pues pude ver como esbozaba una leve sonrisa hacia la nada al tiempo que susurró — Santiago, regresaste por mí — luego su mirada se volvió vacía, sin brillo, sin vida. Fui por ella y la tomé por el brazo, su resistencia fue casi nula y su vista se desvió inevitablemente hacia su café, la subí por las escaleras y la conduje a su pieza, donde la acosté y la dejé ahí, hacía mucho no le daba un episodio así, además era la primera vez que mencionaba a ese tal Santiago… ¿Quién sería?
Partí hacia la escuela, sin dejar de voltear a su balcón hasta que la casa desapareció de mi vista.
Llegué a la prepa y lo primero que sentí al bajar del autobús, aún antes que los tibios rayos del sol, fue un abrazo desesperado y unas lágrimas sobre mi cuello. Aparté a esta persona lo más delicadamente posible. Era Yaraví, quien me había estado esperando y como no llegaba comenzó a preocuparse por mí. Ese gesto de parte suya me conmovió tanto que me abalancé sobre ella que se sonrojó. Después de escuchar su brevísima explicación, la cual me dio mientras la apretujaba, le susurré un entrecortado “Gracias”. Y ante esto ninguna de las dos pudo evitar reír.
Tanta había sido la conmoción que no había notado que Alejandro también me esperaba, con un gesto de alivio nada disimulado en el rostro. Me volví hacia él y con una sonrisa en el rostro me acerqué. Me observó, estiró su mano y retiró un pequeño mechón de cabello que estaba sobre mi rostro, posándolo detrás de mi oreja y con voz suave dijo — Que hermosa te ves al sonreír — no pude evitar sonrojarme y esbozar una sonrisa aún mayor. Lo abracé con ternura posando mis brazos alrededor de su cuello y él posó los suyos de tal manera que rodeaban mi cintura. Me susurró al oído — que bueno que estés bien — en un cariñoso tono. Yo hundí el rostro en su pecho y al cabo de unos segundos respondí — yo también te quiero Alejandro, mucho —. Nos separamos y noté que él mostraba un leve rubor rosado sobre sus mejillas canela y una curva levísima que sus labios dibujaban. Nos miramos a los ojos y me clavé en esas lagunas miel como nunca lo había hecho en nada más, olvidándome de todo, hasta que una voz burlona me sacó del ensueño — ¡Ya par de tortolos, tenemos que ir a clase! —. Los tres reímos al unísono ante tal comentario y caminamos al salón. Alejandro se posó junto a mí y poco a poco fue acercando su sueva mano a la mía, hasta que quedaron entrelazadas. Me sentí sonrojar y al voltear hacia él lo noté igual. Ese era el momento más feliz de mi vida.
El día transcurrió y Alejandro procuró estar conmigo siempre, pero había clases que nos separaban. Aunque de igual manera al salir de clase él ya se encontraba esperándome fuera del salón. Él esperaba pacientemente a que Yabs y yo saliéramos y cuando estábamos con él, miraba a mi amiga con simpatía y luego me observaba con dulzura y me estrechaba entre sus brazos.
Los días transcurrieron y su actitud no cambió en lo absoluto. Pero la mía sí, a diferencia de años anteriores ahora sonreía todo el tiempo; además las alucinaciones y los episodios míos y de mi madre habían cesado repentinamente. No había época más feliz. Todo era maravilloso. Era una persona, sin alucinaciones, ni voces en mi cabeza, con una madre esplendorosa, sin episodio alguno que denotara demencia, con una amiga excepcional, y un “amigo” increíblemente magnífico.
Siempre que llegaba a la escuela Alejandro me esperaba con una sonrisa.
Un buen día llegué y lo vi donde siempre, pero tenía una expresión diferente en el rostro. Llegué hasta él un tanto desconcertada, me tomó de la mano, me acercó a él y me posó un cálido beso sobre la frente. Luego, estando seguro de haberme quitado el habla con la mirada me condujo hasta la azotea escolar, donde se situaba el invernadero. Paseamos un rato por entre las plantas, con las manos entrelazadas, en completo silencio, y de improviso detuvo todo paso, se volvió hacia mí y me miró a los ojos. Acto seguido acarició mi mejilla y lentamente dijo — ¿Cómo puede tanta belleza estar reunida en un solo cuerpo? —. Abrí la boca para responder, pero me silenció colocando su dedo índice sobre mis labios provocando que me ruborizara. — tienes tantas cosas, — continuó — eres tan increíble. Provocas en mí más de lo que puedo soportar. Al ver esos ojos, — dijo sosteniendo mi barbilla, obligándome a verlo directamente a los dos círculos de miel que se asomaban por debajo de su flequillo color bronce — muero y revivo para verlos de nuevo. — hizo una pausa y sus hermosos ojos se nublaron a causa de las lágrimas. Yo estaba ahí inmóvil, escuchando cuidadosamente cada palabra. Entonces fue que supuse él ya no podría hablar debido al temor de que se le quebrara la voz. Estiré un brazo y posé mi mano sobre su mejilla, enjugué las cristalinas gotas con uno de mis dedos y lo miré directamente a aquellas lagunas que me robaban la respiración. Fue en ese momento que sin decir palabra alguna nos dijimos todo y acercándonos cada vez más… nos perdimos entre en follaje, haciéndonos uno, uniéndonos a través de los labios, mi mente se vació, sólo quería que el momento no acabara. De pronto un pensamiento me asaltó, pero no le di importancia. ¿Qué pensé? Sangre, chorreando de las paredes, un lago de sangre, sangre conocida, y dentro de ese lago rojo escarlata un objeto se asomaba, una cabeza, SU cabeza. Ella no podría interponerse entre nosotros, yo me encargaría de eso.
La visión de su sangre me provocó placer tal que en ese beso, aunque pareciera imposible, el éxtasis aumentó…

Continuará…

sábado, 20 de agosto de 2011

Contigo... o sin ti. capítulo 6.

La enfermera y yo volteamos a la par, pero aún así pude ver sus grandes ojos hinchados, aún con lágrimas arremolinadas en ellos, aunque trató de enjugarlas con su gran brazo.


La persona que se encontraba ahora entrando por la estrecha puerta era totalmente desconocida para mí, Era un muchacho de cabellos rizados, de un castaño claro que se asemejaba al rubio, pero el brillo en vez de parecer oro parecía bronce, su tez era bronceada pero al mismo tiempo era blanca, y sus ojos eran como dos lagunas de miel en medio de su rostro, sus facciones eran simplemente hermosas, medía alrededor de 1.80 metros y su edad era rondando los 18 o tal vez 19 años.


El muchacho penetraba con cierta dificultad en el lugar, no encontraba la razón de aquel comportamiento, hasta que dijo con voz forzada debido al esfuerzo — Conchita, ¿me ayudas por favor? — dejando a relucir un leve jadeo, la nombrada reaccionó de inmediato y se paró de prisa, abriéndole la puerta de par e par para que pudiera pasar sin problema alguno. Fue entonces cuando me di cuenta de lo que pasaba, el muchacho traía a una chica en brazos, aparentemente desmayada, era no muy alta, de tez morena, cabello negro y chino, rondando nuestra misma edad, — ¿Qué has estado haciendo para que hoy las chicas se desmayen en tus brazos? — dijo Conchita en tono de burla, interrumpiendo mis cavilaciones, y de inmediato, se volvió hacia mí y sonrió carismaticamente. Ahí supe como había llegado a ese lugar. El chico también me vio, pero decidió primero posar a la nueva  víctima en la camilla de al lado, la cual no había notado pues estaba tapada con una cortina que se confundía con la mía, tras correr el pedazo de tela a modo de protección, se volteó hacia mí y me miró por un momento, directamente a los ojos — Mi nombre es Alejandro — dijo después de un rato, esbozando una ligera y seductora sonrisa en su rostro, estirando una mano mi dirección. Yo no estaba acostumbrada a ese tipo de trato por parte de los demás, por lo que me desconcerté ante tales acciones de su parte. Él al ver mi desconcierto se limitó a reír y posó su mano encima de mi cabeza, revolviéndome el cabello cariñosamente.Yo sonreí y me sonrojé, supuse que él lo había notado, ya que volvió a esbozar una sonrisa, pero esta vez ese gesto suyo estaba completamente plagado de ternura. — No habla mucho... — declaró de pronto Conchita, quien ya se había recompuesto del episodio que habíamos vivido momentos antes — ... Aún no se su nombre — dijo después de una pausa, completando su oración. Alejandro sonrió y dijo — Todo a su tiempo, es tímida y... —

— Kathleen — dije interrumpiendo su idea, con un hilo de voz, una voz apenas audible y reconocible para mí.

— ¿Perdón? — dijo desconcertado, haciendo un gesto para que lo repitiera.

— Kathleen, mi nombre es Kathleen — dije aún con esa voz que no lograba reconocer al tiempo que él volvía a sonreírme con aquella expresión suya.


Eran ya las 13:50, por tanto, yo ya había devuelto la pequeña bata blanca que me había arropado durante todo el día y estaba sentada en la orilla de la camilla — Hola — dijo de pronto una voz femenina un tanto aguda, sacándome de mi ensueño. La otra chica había despertado y me saludaba, eso no era normal. — Hola — contesté son voltear a verla, pude oír como se reincorporaba sobre el lecho. Sentí su mirada penetrante sobre mi nuca y al no poder soportarlo más volteé y en su rostro se dibujó una sonrisa infantil y juguetona que denotaba satisfacción, además de ser un tanto dulce y amigable. Pude notar como mi rostro se deformó a causa de la confusión y ella al notarlo hizo lo mismo, como imitando mi expresión, bajé la mirada y balbuceé unas palabras que al parecer ella entendió perfectamente pues cuando hube terminado de decirlas ella exclamó — ¿Por qué dices eso? ¿Cómo que por qué te trato así? Eso es lo que se hace cuando uno quiere hacer amigos, pero creo que tú no estás abierta a eso, así que debería tomar mis cosas y... —

— ¡No! — grité apresuradamente interrumpiendo su habla, cosas que se estaba haciendo frecuente en mi comportamiento — disculpa — agregué — Es que no estoy acostumbrada a ese trato. Las personas en este lugar, suelen insultarme, golpearme o en el mejor de los casos ignorarme. Y el trato que tú ahora me ofreces me confunde, eso es todo, me hace pensar que alucino, lo siento. —

— No te preocupes — dijo tiernamente, mirándome — te entiendo casi perfectamente — continuó — lo que quieres decir es que ¿No tienes...? —

— No, ninguno, de hecho eres la segunda persona que me habla en años, además de mi madre. Siento si te asusté o decepcioné o que se yo, pero... —

— No digas más — dijo ahora ella, mirándome a los ojos directamente —eso es muy triste, y a mí esas cosas tristes no me gustan, y si me lo permites, me gustaría ser tu amiga, soy nueva en el pueblo y no conozco a nadie — noté como mi cara volvió a deformarse, pero esta vez tomó una expresión diferente, acorde con la sensación que comenzaba a embargarme. Una sonrisa era lo que mi rostro había dibujado y la sensación de compañía hacía de mi sonrisa una expresión aún más intensa, como nunca antes. Sin poder decir palabra estaba así que sólo pude asentir con energía ruborizándome un poco — ¡Qué bien! — chilló mi compañera — Yaraví, ese es mi nombre — dijo abriendo de lleno sus ojos negros , enmarcados  por su gruesa cabellera china del mismo color, que a su vez enmarcaba también su cara de piel morena sobre la que su blanca sonrisa resaltaba cada vez que la hacía lucir.


Salimos después de dado el toque, era la primera vez que salía riendo, platicando con alguien, más específicamente, con una AMIGA, con MI amiga. Pude escuchar a los demás cuchichear y hacer expresiones de asombro, sobre todo cuando Alejandro se nos unió, situándose a mi lado, sonriendo de esa manera tan suya. Ahora me sentía una de ellos, ya no era la persona diferente, la aislada, ahora era parte de un grupo y los demás me veían, no para insultarme, golpearme u ofenderme, sino para notar y hablar porque ya tenía amigos y era la persona más feliz del mundo entero.

Llegué a casa con una sonrisa en la cara, lo que no había sucedido desde 4º año cuando “accidentalmente” había empujado a Ashley (la peor niña del mundo, era quien me había odiado y había odiado desde siempre, con tan sólo vernos, era la típica niña rosa, rica, rubia, de ojos azules y asediada por todos los chicos, sólo por su buen cuerpo), en un charco de lodo, ensuciando sus preciados tacones rosas, junto con su vestido strappless con holanes en color beige con adornos florales, por supuesto, rosas. Subí a mi habitación y saqué mi diario para escribir los felices acontecimientos. Al terminar lo cerré y caí profundamente dormida.

Esa noche tuve un extraño sueño. El bosque se levantaba imponente y espeso a mi alrededor, la oscuridad me asediaba y el frío me calaba hasta lo más hondo de mi ser. Caminé en busca de refugio, y encontré una pequeña caverna. Entré y me senté a descansar un rato, casi inmediatamente comenzó a llover afuera y realicé en el hecho de que debería quedarme ahí dentro por mucho tiempo, como principio, toda la noche. Ya me estaba acostumbrando al silencio de la cueva y al suave murmullo de la lluvia al caer sobre las hojas de los árboles cuando una voz masculina masculló algo dentro de aquel hoyo de piedra, me desconcerté, pues sabía que estaba yo sola, pero la voz había venido de adentro, pues el eco aún hacía resonar aquella horrible frase que había mascullado. Y esta rebotaba en las paredes de mi mente sin dar señales de querer parar. “Mátala, quítale la vida y no dejes que te engañe” eso había dicho yo me pregunté a quien debería asesinar y la respuesta resonó inmediatamente en todo el lugar y el sólo oírla me estremeció “Yaraví” dijo la voz en un tono demoniaco. Intenté salir de ese lugar pero al poner un pie fuera de ahí noté que la lluvia ya no era agua como al principio, se había convertido en una lluvia roja y espesa, estaba lloviendo sangre, sí, sangre caía del cielo, grité horrorizada, pero el grito quedó ahogado cuando me fijé en los árboles, de los que no sólo colgaban ramas y hojas, también había partes de un cuerpo humano, y lo conocía muy bien, pero no quería creerlo hasta que vi caer su cabeza, rodando sobre el suelo como una vil manzana. Sí, mi amiga estaba destazada, y resbalaba en partes por los árboles. No podía dar crédito a lo que veían mis ojos pero todo empeoró cuando vi mis manos, el corazón me dio un vuelco al notar que yo apretujaba en una de mis extremidades  el suyo aún palpitante.

Desperté aterrorizada soltando un grito desgarrador, me toqué para saber si en verdad había regresado, así era, estaba de regreso. Afuera llovía como si no hubiera mañana y a lo lejos, en el bosque una figura se ocultaba.

Continuará...

martes, 16 de agosto de 2011

Contigo... o sin ti. capítulo 5.

Mis ojos estaban desorbitados, mi boca temblaba violentamente, al igual que mi mano, la mente sólo iba del sueño a la ahora realidad, mi cuerpo paralizado, sin saber cómo reaccionar sólo comenzaba a temblar, cada vez más era más violento el movimiento, hasta que detuve todo, saliendo del trance y llevando mis manos ensangrentadas a mi cabeza, mientras de mi boca comenzaban a manar unos gemidos de desesperación terriblemente tenues, que fueron acrecentando, en pocos segundos los gemidos ya eran gritos desesperados, que a su vez aumentaban el nivel convirtiéndose en histeria pura, una histeria aterrorizadora, pero de pronto los gritos se tornaron en risas, sonoras risas, que se formaron en carcajadas, placenteras carcajadas, ininterrumpidas, secundadas por el eco que ofrecía la habitación vacía, y mientras reía me fui reincorporando, corrí la cortina y pude ver que el decorado había cambiado. La pared ya no era completamente blanca, sino que había unas simpáticas e irregulares figurillas rojas, estaban esparcidas sólo en un lado de la pared, lo que hacía que la atención se fijara en ellas, estas estaban formando un ángulo agudo y mientras más abajo estaban más juntos y grandes eran aquellas figurillas tipo mosaicos. Y al fijarse en el piso, este tenía un tapete uniformemente rojo, liso, e el cual se reflejaba toda la habitación, al tratar de posarme sobre él noté que era líquido, alargué más la vista y logré ver un zapato que solía ser perfectamente blanco, pero que ahora era corrompido por aquel espeso y colorado líquido que lo cubría casi en su totalidad, estiré la vista un poco más y logré divisar la causa del cambio en el decorado de la habitación. Era una masa grande aplastada contra el suelo de mosaico, antes blanco, aquella masa estaba destrozada y cubierta de aquel rojo carmesí, al acercarme vi un intento de rostro, pues estaba completamente desfigurado, pero aquel cabello teñido y aquellos rizos alborotados y rebeldes eran inconfundibles, aquella masa, en proceso de putrefacción era la enfermera obesa que me había atendido momentos antes de caer en el sueño. ¿Qué había ocurrido?

Mis condiciones me llevaron a pensar que yo había sido la culpable de dejarla en aquel deplorable y sucio estado, y por un momento el terror me invadió hasta la médula, pero ese sentimiento desapareció después de un rato y aquella expresión frecuente en mí fue sustituida por una maquiavélica sonrisa de lado, mis ojos la recorrieron una infinidad de veces, observando cada milímetro de su cuerpo deshecho mientras mi mente rehacía la escena y yo despedía unos sonidos pequeños y guturales que se fueron alargando, sí, estaba riendo. Riendo de su desgracia, riendo de lo acontecido, riendo de que yo lo había causado y eso me provocaba un placer insoportable, insaciable, que pronto se oscureció y fue tomado por la culpa, me miré al espejo que inconscientemente había agarrado ya del escritorio y fijé la vista en mi persona, ensangrentada y detrás de mí un pedazo de vidrio roto, ligeramente enrojecido. Solté el espejo el cual se hizo añicos al chocar con el suelo, y yo al oír el estruendo llevé mis manos a mis oídos y grité.

Sentí una gran sacudida. Desperté, yo gritaba y la enfermera obesa me agitaba para sacarme de aquel estado... Ella seguía viva.

La miré con escepticismo, mi mano automáticamente subió a su rostro y lo tanteó, la repasé con la mirada mil y un veces, no podía creerlo, yo la había asesinado, la había despojado de todo, ¿Por qué seguía ahí?, con el rostro intacto, rostro que YO había desfigurado con un vidrio roto, por el cual manaría su vida entera, ella había muerto, había sufrido, se había desangrado, me había dado el placer junto con la culpa, de un hermoso y sangriento asesinato. ¿Cómo era posible que ahora me estuviera sujetando por los hombros, con sus inmensas manos, mirándome fijamente con esos ojos grandes, ahora cristalinos por las lágrimas que se atiborraban en ellos, con un rubor rosa groseramente tenue en sus pálidas mejillas, sintiendo como mis manos la reconocen, como un recién nacido reconoce el rostro de su madre?

Pude ver como los recuerdos atiborraban su mente, saliendo por el claro de sus ojos. Estaba tan abierta ser leída como un libro abierto por la mitad en medio de una mesa, así que fue inevitable no entrar y sentir lo que sus ojos compartían. Lo primero que pude ver fue un bebé, era blanco como la nieve, frágil como la porcelana, y rubio como su madre. A pesar de su corta edad, sus rasgos eran sumamente masculinos, y su sonrisa era esplendorosa, sus ojos verdes sobresaltaban aún más a causa de ella, y su mano hacía lo mismo que la mía en ese momento, la reconocía.

La escena fue desapareciendo y fue reemplazada por una estancia oscura, con una sola ventana al frente, la cual estaba abierta, esta tenía una cortina delgada en color beige, que era mecida suavemente por la brisa nocturna, dejando entrar los tenues rayos de luz lunar. Cuando mis ojos lograron acostumbrarse a la oscuridad del lugar, comencé a escuchar unos débiles sollozos del otro lado de la habitación, yo seguía parada en la puerta del recinto. Busqué con la mirada y encontré lo que parecía ser el cuerpo de una mujer en cuclillas con un bulto en brazos, sollozando sobre de él, repitiendo incansablemente: — ¿Por qué? Mi pequeño, tan hermoso él… — quebrándose su voz en la última palabra. Cuando realicé en que el bulto era el bebé hermoso de ojos verdes, el corazón me dio un vuelco. La observé atentamente desde mi lugar, sin siquiera atreverme a mover un músculo, odiándome a mí misma por respirar. El bulto yacía inmóvil sobre los brazos de la mujer, su sonrisa y sus ojos estaban apagados, al igual que su vida se había esfumado.

Todo se volvió borroso y yo regresé a la enfermería, la persona a quien yo le había acariciado el rostro, estaba ahora sumida en los recuerdos y en estado autómata se había alejado de mí, rompiendo la conexión que se había logrado.

La vi alejarse, llorando en silencio, tratando vanamente de erradicar cualquier signo de aquellas memorias que habían matado una parte de ella año tras año, mes tras mes, semana tras semana, día tras día, hora tras hora, minuto a minuto, segundo a segundo. Cada uno más doloroso aún que el anterior, desangrándola por dentro, desfigurándola.

El reloj daba las 13:30, en media hora acabaría la jornada, las dos nos iríamos y “olvidaríamos” todo. Pero yo no podía dejar que eso pasara, no estaba dispuesta a eso, así que abrí la boca para preguntar la historia de aquel frágil ser, que había perecido, cuando la puerta se abrió de golpe tras nosotras y una sonrisa inmensa se asomó tras ella.

Continuará...