Mis ojos salían de sus órbitas, no podía creerlo, no sabía
cómo reaccionar, mi madre lloraba desconsoladamente arrodillada frente a mí,
sus finas y bancas manos cubrían su rostro, recogiendo a su vez todas las lágrimas
posibles, las cuales eran tantas que aún había las que se escapaban resbalando
por la barbilla de Anastacia. Yo la observaba, con la mente en blanco,
paralizada y entonces una fuerza extraña levantó mis brazos y los posó sobre
ella, haciendo que yo reaccionara y le proporcionara un fuerte abrazo, los
minutos pasaron ávidos, sin preguntar, fueron tan veloces que se convirtieron
en horas. El silencio, levemente interrumpido por los sollozos de Anastacia,
fue nuestro fiel compañero y guardián de secretos, hasta que el sueño se coló
por debajo de la puerta y nos abrazó hasta invadir completamente nuestros
sentidos.
Desperté al siguiente día, de acuerdo a mi costumbre
matutina, me dolía todo, pues habíamos dormido en una incómoda posición. No tuve
más opción que despertar a mi madre, la mecí levemente y con un beso en la
frente logré hacerla reaccionar. La guié hasta el lecho y la dejé dormida, cual
si fuera un bebé y por primera vez pude ver en su rostro una expresión de
parcial paz interior. Me alisté y salí hacia la prepa, el día estaba nublado, pero el aire estaba húmedo y pegajoso. Me subí al bus y vi durante todo el camino por la ventana, los adoquinados de las casas de la villa y sus verdes praderas, rodeadas por ese bosque que me llamaba cada vez más. Me quedé ensimismada en mis pensamientos, viendo la espesura y frondosidad de los árboles, observando y escuchando cómo el aire pasaba entre ellos, entre sus ramas, entre las hojas, haciéndolos estremecer, dándoles momentáneamente una voz espectral que llenaba mis sentidos, que me hacía querer enloquecer.
— Kathleen, ven, te estamos esperando — se oyó en un leve susurro, di un respingo ligero, nadie lo notó, volvía a ser la época cuando nadie me notaba, era como parte del utilitario de una obra, esa parte que jamás necesita un lugar, porque jamás sale de la bodega, nunca ve el escenario, ni siente el calor de las luces... — Kathleen — se volvió a oír, volteé a todos lados, pero nadie estaba prestándome atención, cerré los ojos para reajarme — Kathleen, ven a nosotros — mis ojos se abrieron de par en par, mis manos temblaban, sabía de donde venía la voz — Kathleen — ahora fueron al menos 4 voces femeninas, llamándome con insistencia — Kathleen — gritaron ahora, susurraban varias cosas, pero sólo lograba distinguir mi nombre, una y otra vez, llevé ambas manos a mis oídos, todo mi ser temblaba, no podía distinguir nada, sólo esas voces, apreté los ojos, mis dedos se hundieron tanto en mis oídos que los pude sentir sangrando, ese líquido espeso que pronto pude ubicar resbalando hasta mis codos, mis dientes se apretaron unos contra otros, mi persona estaba tensa y por eso mismo temblaba, pero esas voces no se distorsionaban ni disminuían, eran persistentes, hasta que sin previo aviso cesaron. Abrí los ojos, mi vista se encontraba nublada a causa de la presión que habían ejercido estos. Seguía en el bus, pero de nuevo todo era completamente blanco, estaba sola, pero el bus avanzaba con normalidad, sin importar que no hubiera un conductor al mando, y por alguna extraña razón me sentía tranquila, me atrevo a decir que en demasía. Pasaron varios minutos, el bus seguía su camino, y yo mirando sin mirar los alrededores a través de la ventanilla. Un tremendo y repentino escalofrío me hizo despertar del ensimismamiento que experimentaba en ese momento. Fue entonces que en realidad miré el paisaje, se veía el bosque, frondoso, misterioso, atrayente, pero no era el mismo de siempre, era diferente, sino en apariencia en esencia lo era. Sabía que algo no estaba bien, o podía sentir, lo podía ver, lo podía... ¿oler? Pronto comprendí lo que sucedía, de las copas de los árboles surgía un espeso humo negro, acto seguido unos destellos rojizos y naranja amarillento comenzaron a devorarlos rápidamente, me sentí desfallecer, todo se quemaba, y no podía hacer nada para detenerlo. Cerré los ojos, pues no podía seguir viendo tal masacre y fue entonces que realicé en que no podía escapar del dolor que aquellas imágenes habían provocado en mi ser, pues comencé a escucharlos, ellos gritaban, suplicaban ayuda, sus gritos eran desgarradores, ellos quienes siempre me llamaban ahora morían consumidos por el odio de aquellas llamas, suplicaban a mi nombre que les brindara ayuda pero ¿Qué podía hacer yo? Una fuerza extraña me obligó a abrir los ojos, las voces se fueron extinguiendo, aquel paraje era desolador, todo estaba seco, muerto, vacío. Mi vista se posó en todo recoveco que logró encontrar. No había cosa alguna. Cuando el bus se detuvo pude vislumbrar, en medio de aquella seca llanura, una figura. Bajé del medio de transporte y me situé a unos metros de la extraña silueta, pude distinguir la fisonomía de un hombre de delgados labios y fina nariz. No pude ver más de su rostro pues llevaba un sombrero negro de ala ancha que se lo cubría, además usaba una gabardina larga, oscura, de doble hilera de botones plateados, la llevaba abierta dejando al descubierto una fina camisa de seda blanca, abotonada hasta el pecho, unos pantalones oscuros como la noche sin luna y un cinturón igualmente negro, con hebilla plateada. Usaba además unos mocasines negros. Mientras lo observaba noté que él hacía lo mismo, el viento nos hizo compañía, meciendo nuestros cabellos, los suyos eran negro azabache con unos contados destellos plateados. Su largo era el suficiente para estar por debajo de sus hombros. Yo estaba asombrada por su belleza, él al notarlo hizo una suave curva con sus delgados labios, dejando ligeramente descubiertos unos hermosos dientes blancos. Inmediatamente después un destello de luz crepuscular dejó al descubierto uno de sus ojos, grandes, abiertos, malévolos y puramente azules.