miércoles, 31 de agosto de 2011

Contigo... o sin ti. capítulo 7.

A la mañana siguiente la lluvia seguía, en menor medida pero ahí estaba, sin querer partir. Escuché sobre el lecho, sin mover un músculo, el caer y golpetear de esta, era tan maravilloso, tranquilizador, conmovedor; lentamente abrí los ojos y los clavé sobre el dosel de mi cama. Me levanté perezosamente, después de 10 minutos de despierta, estiré los brazos y mis dedos tocaron el dosel, húmedo, mis ojos se abrieron bruscamente y tornándose desesperados hacia arriba en busca de sangre, encontraron agua, tranquilamente me di cuenta de que era simple agua que se había colado desde el techo la noche anterior.

Después de alistarme bajé a la cocina y para sorpresa mía, mi madre se encontraba ahí, sentada viendo por la ventana, con una taza de café caliente en las manos entrelazadas, sobre el regazo. Ya no llevaba el pijama, traía un hermoso vestido de seda verde, largo, tan largo que no lograba verle los pies, el adorno del pecho eran unos plisados pequeños y sofisticados. Sus rizos dorados estaban delicadamente recogidos en la parte trasera de su cabeza, dejando caer sobre su frente algunos cuantos que enmarcaban su verde mirada, resaltada además por su vestido. También se dejaban al descubierto sus delicados aretes de diamante blanco, corte estrella, y si se observaba mejor sobre su garganta había otro más, todos ellos enmarcados delicadamente en oro. La observé pacientemente, a sabiendas que si demoraba más no llegaría a clase, pero eso no me importó, ella se veía tan hermosa y la luz del amanecer la hacía parecer una diosa.
De todo el tiempo que la observé jamás. Jamás se jactó de mi presencia, lo cual me preocupó un poco, pues pude ver como esbozaba una leve sonrisa hacia la nada al tiempo que susurró — Santiago, regresaste por mí — luego su mirada se volvió vacía, sin brillo, sin vida. Fui por ella y la tomé por el brazo, su resistencia fue casi nula y su vista se desvió inevitablemente hacia su café, la subí por las escaleras y la conduje a su pieza, donde la acosté y la dejé ahí, hacía mucho no le daba un episodio así, además era la primera vez que mencionaba a ese tal Santiago… ¿Quién sería?
Partí hacia la escuela, sin dejar de voltear a su balcón hasta que la casa desapareció de mi vista.
Llegué a la prepa y lo primero que sentí al bajar del autobús, aún antes que los tibios rayos del sol, fue un abrazo desesperado y unas lágrimas sobre mi cuello. Aparté a esta persona lo más delicadamente posible. Era Yaraví, quien me había estado esperando y como no llegaba comenzó a preocuparse por mí. Ese gesto de parte suya me conmovió tanto que me abalancé sobre ella que se sonrojó. Después de escuchar su brevísima explicación, la cual me dio mientras la apretujaba, le susurré un entrecortado “Gracias”. Y ante esto ninguna de las dos pudo evitar reír.
Tanta había sido la conmoción que no había notado que Alejandro también me esperaba, con un gesto de alivio nada disimulado en el rostro. Me volví hacia él y con una sonrisa en el rostro me acerqué. Me observó, estiró su mano y retiró un pequeño mechón de cabello que estaba sobre mi rostro, posándolo detrás de mi oreja y con voz suave dijo — Que hermosa te ves al sonreír — no pude evitar sonrojarme y esbozar una sonrisa aún mayor. Lo abracé con ternura posando mis brazos alrededor de su cuello y él posó los suyos de tal manera que rodeaban mi cintura. Me susurró al oído — que bueno que estés bien — en un cariñoso tono. Yo hundí el rostro en su pecho y al cabo de unos segundos respondí — yo también te quiero Alejandro, mucho —. Nos separamos y noté que él mostraba un leve rubor rosado sobre sus mejillas canela y una curva levísima que sus labios dibujaban. Nos miramos a los ojos y me clavé en esas lagunas miel como nunca lo había hecho en nada más, olvidándome de todo, hasta que una voz burlona me sacó del ensueño — ¡Ya par de tortolos, tenemos que ir a clase! —. Los tres reímos al unísono ante tal comentario y caminamos al salón. Alejandro se posó junto a mí y poco a poco fue acercando su sueva mano a la mía, hasta que quedaron entrelazadas. Me sentí sonrojar y al voltear hacia él lo noté igual. Ese era el momento más feliz de mi vida.
El día transcurrió y Alejandro procuró estar conmigo siempre, pero había clases que nos separaban. Aunque de igual manera al salir de clase él ya se encontraba esperándome fuera del salón. Él esperaba pacientemente a que Yabs y yo saliéramos y cuando estábamos con él, miraba a mi amiga con simpatía y luego me observaba con dulzura y me estrechaba entre sus brazos.
Los días transcurrieron y su actitud no cambió en lo absoluto. Pero la mía sí, a diferencia de años anteriores ahora sonreía todo el tiempo; además las alucinaciones y los episodios míos y de mi madre habían cesado repentinamente. No había época más feliz. Todo era maravilloso. Era una persona, sin alucinaciones, ni voces en mi cabeza, con una madre esplendorosa, sin episodio alguno que denotara demencia, con una amiga excepcional, y un “amigo” increíblemente magnífico.
Siempre que llegaba a la escuela Alejandro me esperaba con una sonrisa.
Un buen día llegué y lo vi donde siempre, pero tenía una expresión diferente en el rostro. Llegué hasta él un tanto desconcertada, me tomó de la mano, me acercó a él y me posó un cálido beso sobre la frente. Luego, estando seguro de haberme quitado el habla con la mirada me condujo hasta la azotea escolar, donde se situaba el invernadero. Paseamos un rato por entre las plantas, con las manos entrelazadas, en completo silencio, y de improviso detuvo todo paso, se volvió hacia mí y me miró a los ojos. Acto seguido acarició mi mejilla y lentamente dijo — ¿Cómo puede tanta belleza estar reunida en un solo cuerpo? —. Abrí la boca para responder, pero me silenció colocando su dedo índice sobre mis labios provocando que me ruborizara. — tienes tantas cosas, — continuó — eres tan increíble. Provocas en mí más de lo que puedo soportar. Al ver esos ojos, — dijo sosteniendo mi barbilla, obligándome a verlo directamente a los dos círculos de miel que se asomaban por debajo de su flequillo color bronce — muero y revivo para verlos de nuevo. — hizo una pausa y sus hermosos ojos se nublaron a causa de las lágrimas. Yo estaba ahí inmóvil, escuchando cuidadosamente cada palabra. Entonces fue que supuse él ya no podría hablar debido al temor de que se le quebrara la voz. Estiré un brazo y posé mi mano sobre su mejilla, enjugué las cristalinas gotas con uno de mis dedos y lo miré directamente a aquellas lagunas que me robaban la respiración. Fue en ese momento que sin decir palabra alguna nos dijimos todo y acercándonos cada vez más… nos perdimos entre en follaje, haciéndonos uno, uniéndonos a través de los labios, mi mente se vació, sólo quería que el momento no acabara. De pronto un pensamiento me asaltó, pero no le di importancia. ¿Qué pensé? Sangre, chorreando de las paredes, un lago de sangre, sangre conocida, y dentro de ese lago rojo escarlata un objeto se asomaba, una cabeza, SU cabeza. Ella no podría interponerse entre nosotros, yo me encargaría de eso.
La visión de su sangre me provocó placer tal que en ese beso, aunque pareciera imposible, el éxtasis aumentó…

Continuará…

No hay comentarios:

Publicar un comentario