La enfermera y yo volteamos a la par, pero aún así pude ver sus grandes ojos hinchados, aún con lágrimas arremolinadas en ellos, aunque trató de enjugarlas con su gran brazo.
Continuará...
La persona que se encontraba ahora entrando por la estrecha puerta era totalmente desconocida para mí, Era un muchacho de cabellos rizados, de un castaño claro que se asemejaba al rubio, pero el brillo en vez de parecer oro parecía bronce, su tez era bronceada pero al mismo tiempo era blanca, y sus ojos eran como dos lagunas de miel en medio de su rostro, sus facciones eran simplemente hermosas, medía alrededor de 1.80 metros y su edad era rondando los 18 o tal vez 19 años.
El muchacho penetraba con cierta dificultad en el lugar, no encontraba la razón de aquel comportamiento, hasta que dijo con voz forzada debido al esfuerzo — Conchita, ¿me ayudas por favor? — dejando a relucir un leve jadeo, la nombrada reaccionó de inmediato y se paró de prisa, abriéndole la puerta de par e par para que pudiera pasar sin problema alguno. Fue entonces cuando me di cuenta de lo que pasaba, el muchacho traía a una chica en brazos, aparentemente desmayada, era no muy alta, de tez morena, cabello negro y chino, rondando nuestra misma edad, — ¿Qué has estado haciendo para que hoy las chicas se desmayen en tus brazos? — dijo Conchita en tono de burla, interrumpiendo mis cavilaciones, y de inmediato, se volvió hacia mí y sonrió carismaticamente. Ahí supe como había llegado a ese lugar. El chico también me vio, pero decidió primero posar a la nueva víctima en la camilla de al lado, la cual no había notado pues estaba tapada con una cortina que se confundía con la mía, tras correr el pedazo de tela a modo de protección, se volteó hacia mí y me miró por un momento, directamente a los ojos — Mi nombre es Alejandro — dijo después de un rato, esbozando una ligera y seductora sonrisa en su rostro, estirando una mano mi dirección. Yo no estaba acostumbrada a ese tipo de trato por parte de los demás, por lo que me desconcerté ante tales acciones de su parte. Él al ver mi desconcierto se limitó a reír y posó su mano encima de mi cabeza, revolviéndome el cabello cariñosamente.Yo sonreí y me sonrojé, supuse que él lo había notado, ya que volvió a esbozar una sonrisa, pero esta vez ese gesto suyo estaba completamente plagado de ternura. — No habla mucho... — declaró de pronto Conchita, quien ya se había recompuesto del episodio que habíamos vivido momentos antes — ... Aún no se su nombre — dijo después de una pausa, completando su oración. Alejandro sonrió y dijo — Todo a su tiempo, es tímida y... —
— Kathleen — dije interrumpiendo su idea, con un hilo de voz, una voz apenas audible y reconocible para mí.
— ¿Perdón? — dijo desconcertado, haciendo un gesto para que lo repitiera.
— Kathleen, mi nombre es Kathleen — dije aún con esa voz que no lograba reconocer al tiempo que él volvía a sonreírme con aquella expresión suya.
Eran ya las 13:50, por tanto, yo ya había devuelto la pequeña bata blanca que me había arropado durante todo el día y estaba sentada en la orilla de la camilla — Hola — dijo de pronto una voz femenina un tanto aguda, sacándome de mi ensueño. La otra chica había despertado y me saludaba, eso no era normal. — Hola — contesté son voltear a verla, pude oír como se reincorporaba sobre el lecho. Sentí su mirada penetrante sobre mi nuca y al no poder soportarlo más volteé y en su rostro se dibujó una sonrisa infantil y juguetona que denotaba satisfacción, además de ser un tanto dulce y amigable. Pude notar como mi rostro se deformó a causa de la confusión y ella al notarlo hizo lo mismo, como imitando mi expresión, bajé la mirada y balbuceé unas palabras que al parecer ella entendió perfectamente pues cuando hube terminado de decirlas ella exclamó — ¿Por qué dices eso? ¿Cómo que por qué te trato así? Eso es lo que se hace cuando uno quiere hacer amigos, pero creo que tú no estás abierta a eso, así que debería tomar mis cosas y... —
— ¡No! — grité apresuradamente interrumpiendo su habla, cosas que se estaba haciendo frecuente en mi comportamiento — disculpa — agregué — Es que no estoy acostumbrada a ese trato. Las personas en este lugar, suelen insultarme, golpearme o en el mejor de los casos ignorarme. Y el trato que tú ahora me ofreces me confunde, eso es todo, me hace pensar que alucino, lo siento. —
— No te preocupes — dijo tiernamente, mirándome — te entiendo casi perfectamente — continuó — lo que quieres decir es que ¿No tienes...? —
— No, ninguno, de hecho eres la segunda persona que me habla en años, además de mi madre. Siento si te asusté o decepcioné o que se yo, pero... —
— No digas más — dijo ahora ella, mirándome a los ojos directamente —eso es muy triste, y a mí esas cosas tristes no me gustan, y si me lo permites, me gustaría ser tu amiga, soy nueva en el pueblo y no conozco a nadie — noté como mi cara volvió a deformarse, pero esta vez tomó una expresión diferente, acorde con la sensación que comenzaba a embargarme. Una sonrisa era lo que mi rostro había dibujado y la sensación de compañía hacía de mi sonrisa una expresión aún más intensa, como nunca antes. Sin poder decir palabra estaba así que sólo pude asentir con energía ruborizándome un poco — ¡Qué bien! — chilló mi compañera — Yaraví, ese es mi nombre — dijo abriendo de lleno sus ojos negros , enmarcados por su gruesa cabellera china del mismo color, que a su vez enmarcaba también su cara de piel morena sobre la que su blanca sonrisa resaltaba cada vez que la hacía lucir.
Salimos después de dado el toque, era la primera vez que salía riendo, platicando con alguien, más específicamente, con una AMIGA, con MI amiga. Pude escuchar a los demás cuchichear y hacer expresiones de asombro, sobre todo cuando Alejandro se nos unió, situándose a mi lado, sonriendo de esa manera tan suya. Ahora me sentía una de ellos, ya no era la persona diferente, la aislada, ahora era parte de un grupo y los demás me veían, no para insultarme, golpearme u ofenderme, sino para notar y hablar porque ya tenía amigos y era la persona más feliz del mundo entero.
Llegué a casa con una sonrisa en la cara, lo que no había sucedido desde 4º año cuando “accidentalmente” había empujado a Ashley (la peor niña del mundo, era quien me había odiado y había odiado desde siempre, con tan sólo vernos, era la típica niña rosa, rica, rubia, de ojos azules y asediada por todos los chicos, sólo por su buen cuerpo), en un charco de lodo, ensuciando sus preciados tacones rosas, junto con su vestido strappless con holanes en color beige con adornos florales, por supuesto, rosas. Subí a mi habitación y saqué mi diario para escribir los felices acontecimientos. Al terminar lo cerré y caí profundamente dormida.
Esa noche tuve un extraño sueño. El bosque se levantaba imponente y espeso a mi alrededor, la oscuridad me asediaba y el frío me calaba hasta lo más hondo de mi ser. Caminé en busca de refugio, y encontré una pequeña caverna. Entré y me senté a descansar un rato, casi inmediatamente comenzó a llover afuera y realicé en el hecho de que debería quedarme ahí dentro por mucho tiempo, como principio, toda la noche. Ya me estaba acostumbrando al silencio de la cueva y al suave murmullo de la lluvia al caer sobre las hojas de los árboles cuando una voz masculina masculló algo dentro de aquel hoyo de piedra, me desconcerté, pues sabía que estaba yo sola, pero la voz había venido de adentro, pues el eco aún hacía resonar aquella horrible frase que había mascullado. Y esta rebotaba en las paredes de mi mente sin dar señales de querer parar. “Mátala, quítale la vida y no dejes que te engañe” eso había dicho yo me pregunté a quien debería asesinar y la respuesta resonó inmediatamente en todo el lugar y el sólo oírla me estremeció “Yaraví” dijo la voz en un tono demoniaco. Intenté salir de ese lugar pero al poner un pie fuera de ahí noté que la lluvia ya no era agua como al principio, se había convertido en una lluvia roja y espesa, estaba lloviendo sangre, sí, sangre caía del cielo, grité horrorizada, pero el grito quedó ahogado cuando me fijé en los árboles, de los que no sólo colgaban ramas y hojas, también había partes de un cuerpo humano, y lo conocía muy bien, pero no quería creerlo hasta que vi caer su cabeza, rodando sobre el suelo como una vil manzana. Sí, mi amiga estaba destazada, y resbalaba en partes por los árboles. No podía dar crédito a lo que veían mis ojos pero todo empeoró cuando vi mis manos, el corazón me dio un vuelco al notar que yo apretujaba en una de mis extremidades el suyo aún palpitante.
Desperté aterrorizada soltando un grito desgarrador, me toqué para saber si en verdad había regresado, así era, estaba de regreso. Afuera llovía como si no hubiera mañana y a lo lejos, en el bosque una figura se ocultaba.
Continuará...
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