Mis ojos estaban desorbitados, mi boca temblaba violentamente, al igual que mi mano, la mente sólo iba del sueño a la ahora realidad, mi cuerpo paralizado, sin saber cómo reaccionar sólo comenzaba a temblar, cada vez más era más violento el movimiento, hasta que detuve todo, saliendo del trance y llevando mis manos ensangrentadas a mi cabeza, mientras de mi boca comenzaban a manar unos gemidos de desesperación terriblemente tenues, que fueron acrecentando, en pocos segundos los gemidos ya eran gritos desesperados, que a su vez aumentaban el nivel convirtiéndose en histeria pura, una histeria aterrorizadora, pero de pronto los gritos se tornaron en risas, sonoras risas, que se formaron en carcajadas, placenteras carcajadas, ininterrumpidas, secundadas por el eco que ofrecía la habitación vacía, y mientras reía me fui reincorporando, corrí la cortina y pude ver que el decorado había cambiado. La pared ya no era completamente blanca, sino que había unas simpáticas e irregulares figurillas rojas, estaban esparcidas sólo en un lado de la pared, lo que hacía que la atención se fijara en ellas, estas estaban formando un ángulo agudo y mientras más abajo estaban más juntos y grandes eran aquellas figurillas tipo mosaicos. Y al fijarse en el piso, este tenía un tapete uniformemente rojo, liso, e el cual se reflejaba toda la habitación, al tratar de posarme sobre él noté que era líquido, alargué más la vista y logré ver un zapato que solía ser perfectamente blanco, pero que ahora era corrompido por aquel espeso y colorado líquido que lo cubría casi en su totalidad, estiré la vista un poco más y logré divisar la causa del cambio en el decorado de la habitación. Era una masa grande aplastada contra el suelo de mosaico, antes blanco, aquella masa estaba destrozada y cubierta de aquel rojo carmesí, al acercarme vi un intento de rostro, pues estaba completamente desfigurado, pero aquel cabello teñido y aquellos rizos alborotados y rebeldes eran inconfundibles, aquella masa, en proceso de putrefacción era la enfermera obesa que me había atendido momentos antes de caer en el sueño. ¿Qué había ocurrido?
Mis condiciones me llevaron a pensar que yo había sido la culpable de dejarla en aquel deplorable y sucio estado, y por un momento el terror me invadió hasta la médula, pero ese sentimiento desapareció después de un rato y aquella expresión frecuente en mí fue sustituida por una maquiavélica sonrisa de lado, mis ojos la recorrieron una infinidad de veces, observando cada milímetro de su cuerpo deshecho mientras mi mente rehacía la escena y yo despedía unos sonidos pequeños y guturales que se fueron alargando, sí, estaba riendo. Riendo de su desgracia, riendo de lo acontecido, riendo de que yo lo había causado y eso me provocaba un placer insoportable, insaciable, que pronto se oscureció y fue tomado por la culpa, me miré al espejo que inconscientemente había agarrado ya del escritorio y fijé la vista en mi persona, ensangrentada y detrás de mí un pedazo de vidrio roto, ligeramente enrojecido. Solté el espejo el cual se hizo añicos al chocar con el suelo, y yo al oír el estruendo llevé mis manos a mis oídos y grité.
Sentí una gran sacudida. Desperté, yo gritaba y la enfermera obesa me agitaba para sacarme de aquel estado... Ella seguía viva.
La miré con escepticismo, mi mano automáticamente subió a su rostro y lo tanteó, la repasé con la mirada mil y un veces, no podía creerlo, yo la había asesinado, la había despojado de todo, ¿Por qué seguía ahí?, con el rostro intacto, rostro que YO había desfigurado con un vidrio roto, por el cual manaría su vida entera, ella había muerto, había sufrido, se había desangrado, me había dado el placer junto con la culpa, de un hermoso y sangriento asesinato. ¿Cómo era posible que ahora me estuviera sujetando por los hombros, con sus inmensas manos, mirándome fijamente con esos ojos grandes, ahora cristalinos por las lágrimas que se atiborraban en ellos, con un rubor rosa groseramente tenue en sus pálidas mejillas, sintiendo como mis manos la reconocen, como un recién nacido reconoce el rostro de su madre?
Pude ver como los recuerdos atiborraban su mente, saliendo por el claro de sus ojos. Estaba tan abierta ser leída como un libro abierto por la mitad en medio de una mesa, así que fue inevitable no entrar y sentir lo que sus ojos compartían. Lo primero que pude ver fue un bebé, era blanco como la nieve, frágil como la porcelana, y rubio como su madre. A pesar de su corta edad, sus rasgos eran sumamente masculinos, y su sonrisa era esplendorosa, sus ojos verdes sobresaltaban aún más a causa de ella, y su mano hacía lo mismo que la mía en ese momento, la reconocía.
La escena fue desapareciendo y fue reemplazada por una estancia oscura, con una sola ventana al frente, la cual estaba abierta, esta tenía una cortina delgada en color beige, que era mecida suavemente por la brisa nocturna, dejando entrar los tenues rayos de luz lunar. Cuando mis ojos lograron acostumbrarse a la oscuridad del lugar, comencé a escuchar unos débiles sollozos del otro lado de la habitación, yo seguía parada en la puerta del recinto. Busqué con la mirada y encontré lo que parecía ser el cuerpo de una mujer en cuclillas con un bulto en brazos, sollozando sobre de él, repitiendo incansablemente: — ¿Por qué? Mi pequeño, tan hermoso él… — quebrándose su voz en la última palabra. Cuando realicé en que el bulto era el bebé hermoso de ojos verdes, el corazón me dio un vuelco. La observé atentamente desde mi lugar, sin siquiera atreverme a mover un músculo, odiándome a mí misma por respirar. El bulto yacía inmóvil sobre los brazos de la mujer, su sonrisa y sus ojos estaban apagados, al igual que su vida se había esfumado.
Todo se volvió borroso y yo regresé a la enfermería, la persona a quien yo le había acariciado el rostro, estaba ahora sumida en los recuerdos y en estado autómata se había alejado de mí, rompiendo la conexión que se había logrado.
La vi alejarse, llorando en silencio, tratando vanamente de erradicar cualquier signo de aquellas memorias que habían matado una parte de ella año tras año, mes tras mes, semana tras semana, día tras día, hora tras hora, minuto a minuto, segundo a segundo. Cada uno más doloroso aún que el anterior, desangrándola por dentro, desfigurándola.
El reloj daba las 13:30, en media hora acabaría la jornada, las dos nos iríamos y “olvidaríamos” todo. Pero yo no podía dejar que eso pasara, no estaba dispuesta a eso, así que abrí la boca para preguntar la historia de aquel frágil ser, que había perecido, cuando la puerta se abrió de golpe tras nosotras y una sonrisa inmensa se asomó tras ella.
Continuará...
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