domingo, 7 de agosto de 2011

Contigo... o sin ti. Capítulo 3.

Abrí los ojos sobresaltada, pues sabía que nadie más se encontraba ahí conmigo, la vista que aquel lugar me ofreció fue sorprendente, no era como cuando había cerrado los vidriosos oculares, la magia se había ido y era sustituida por un aire tenebroso, el sol estaba casi oculto, sólo sobresalía un poco sobre la copa de aquellos enormes árboles, y la luz rojiza que se desprendía del astro bañaba el lugar, ocasionando a la vez que entre los pinos y abetos del lugar se extendiera el vacío, la oscuridad y la inmensa perdición del bosque, guardando en ellos terribles secretos, que no serían descubiertos, pronto... giré en todos lados en busca de alguien más, pero la búsqueda fue en vano, pues me encontraba completa y absolutamente sola.

La luz fue decreciendo y decidí regresar a casa, salí a toda prisa del lago, tomé mi ropa del césped y corrí como si no hubiera nada más, como si si correr a la puerta trasera de mi casa me salvara de algún peligro. Mientras corría reparé en el hecho de que no había luz alguna en casa, mamá jamás, jamás se perdía una puesta de sol desde su balcón, no desde que yo tenía uso de razón, así lo recordaba yo. Entré por la puerta trasera, el lugar estaba en tinieblas, subí a tientas a mi habitación, pensando que probablemente ella estaría ya dormida, me acosté en el lecho, miré por la ventana en dirección al claro y me quedé dormida pensando una y otra vez en el incidente ocurrido hacía tan sólo unos minutos atrás.

A mitad de la noche un ruido seco me sobresaltó sacándome de los brazos de Morfeo, y sólo pude pensar en la razón más obvia, alguien se había metido a la casa, y Anastacia, mi madre, probablemente estaría muy nerviosa ante tal hecho, pues segura estaba de que había escuchado aquella interrupción tan abrupta de la inmensa y desorbitante tranquilidad del silencio. Decidí caminar, o mejor dicho, escabullirme hasta su habitación, la puerta no llevaba puesto el seguro, así que entré sin problemas y sin provocar sonido alguno.

Al entrar a la pieza logré divisar el cuerpo de mi madre en el balcón, con la vista fija en las montañas y la mística oscuridad que las cubría, a esa hora en especial. La miré atentamente a lo largo de aproximadamente 10 silenciosos minutos, al transcurrir el periodo, dio media vuelta y sin percatarse de mi presencia caminó hasta el lecho, se metió en él y cayó profundamente dormida. Yo, al notar que nada más ocurría y atribuirle el sonido abrupto y seco a mi imaginación, fui a mi habitación e hice lo mismo que mi madre; dormir.

Desperté y en estado autómata hice lo de costumbre. Después de desayunar salí rumbo a la escuela, no preocupándome por Annie (así solía llamar a mi madre cuando pensaba en ella, me hacía sentirla más como una amiga), pues normalmente se levantaba al rededor de las 8 o 9 am. Llegué a la prepa y lo que vi fue anonadante, pues al no haberme acostumbrado a la vista del lugar el día anterior, volví a sufrir la misma impresión, pero ahora era mayor pues mis compañeros seguían comportándose de una manera extraña. Caminé reflexionando sobre la razón que podía tener aquel abrupto cambio en lo que conocía, sin percatarme de que las personas que me acompañaban aumentaban la extrañeza de su comportamiento, pues ahora mientras caminaba entre ellos, comenzaban a murmurar palabras ininteligibles y a quedarse atónitos.

Toda la situación ocurrida ese y el día anterior comenzó a abstraerme, inconscientemente, en mi pensamiento aún más de lo que ya estaba. Yo caminaba automáticamente, no prestando atención a los demás, y entonces sonó la campana, obligándome a volver, pero lo que vi me desconcertó aún más que el aspecto de la escuela o el comportamiento de mis compañeros, esto iba más allá, pues al voltear a mi alrededor me descubrí totalmente sola. Sola en un pasillo escolar (claramente conocía bien ese pasillo, por lo que deduje era de mi prepa) pero los colores se habían ido al igual que las personas, dejando únicamente el blanco, predominante en todo lugar. Era como estar en un vacío con forma, con la forma aparente de un pasillo escolar. Me desconcerté y traté de encerrarme en mi pensamiento de nuevo, antes de caer en la mortal red del pánico y pensando a la vez que eso podría sacarme de aquel lugar. Y entonces lo oí, alguien estaba susurrando cosas, oía claramente una voz masculina, sin sentimiento alguno, en esa voz no se distinguía nada más que un tono pétreo y frío, y entonces otra voz se dio lugar en el acto, a diferencia de la primera, esta era femenina, suave y dulce, era como la voz de una madre arrullando a su pequeño recién nacido. No entendí lo que decían, pues hablaban una sobre la otra, se encimaban, y cada vez más voces se unían, estas eran débiles y fuertes, adultas e infantiles, simples murmullos y gritos desgarradores, cada segundo que pasaba había más bullicio, ahí no había lugar alguno para el entendimiento, hasta que todos hablaron al unísono, entonces, ¿Cómo no escucharlo claramente?, ellos me llamaban por mi nombre, murmurado, susurrado, hablado o gritado, ellos me llamaban. Abrí los ojos, los cuales había cerrado en mi intento de entenderles, y miré completamente aterrorizada a mi alrededor. Mi temor creció convirtiéndose en pánico al notar que me encontraba completamente sola y que aquellas voces que me llamaban incistentemente no cesaban. Llevé mis manos a los oídos en un vano intento por callarlas, por desaparecer aquellas voces, mirando en todas direcciones una y otra vez, intentando descubrir algo o a alguien, cayendo gradualmente en la histeria.

La campaña volvió a sonar y yo cerrando los ojos lancé un alarido de desesperación. Abrí los delicados órganos y todos volvían a mirarme, pero ahora llevaban una expresión de expectación y preocupación en el rostro. No supe más, caí de lleno, inconsciente, en el suelo frío escolar.

Continuará...

No hay comentarios:

Publicar un comentario