viernes, 16 de septiembre de 2011

Contigo... o sin ti. capítulo 8.

Nos separamos lentamente, sin querer hacerlo. Nuestros rostros ardían y en nuestros corazones se encendía una llama. Nos miramos en silencio, escuchando el roca de la brisa sobre los pétalos y hojas de las flores y plantas a nuestro alrededor. Sin dejar de mirarnos entrelazamos nuestras manos y dimos un último paseo, sin darnos cuenta de que una melena oscura se ocultaba detrás de los matorrales del lugar, y nos había estado observando, y mucho menos de que en sus ojos ardía la rabia en el punto máximo existente.
Regresamos a clases a la hora del almuerzo y encontramos a Yaraví sentada, solitaria y pensativa en el pasto, jugando con su comida, pero en estado autómata, como si estuviera ideando algo, nos acercamos a ella con cautela y sin previo aviso se volvió hacia nosotros con la mirada ausente, luego sonrió vacíamente y se volvió hacia su charola de nuevo. Nos sentamos a su lado, soltando nuestras manos por vez primera desde el incidente de la mañana, y ella al notarlo esbozó una fugaz y ausente sonrisa, pero pude ver en ella un destello de satisfacción.
Estuvimos en silencio toda la hora, observándola, y ella jugueteaba mientras tanto. Cuando sonó la campana ella regresó de su ensueño y le tomó la mano a Alejandro, el corazón me dio un vuelco, ¿ella estaría…? No, Yavs era mi amiga, no se atrevería… ¿o sí? Reaccioné tomándolo de la mano sobrante, él correspondió mi gesto estrechando la mía y entrelazando sus delicados dedos con los míos, soltando inconscientemente la de ella, volviendo su rostro hacia mí, viéndome con esos ojos dulces, con esa expresión calmada tan suya.
Alcancé a ver como mi amiga se llenaba de rabia, con una expresión sutil, pero llena de este sentimiento. Cuando se percató de que había notado su cambio de expresión, simuló un dolor de cabeza, para intentar ocultarse de todo. Entonces fue cuando mis pensamientos se desviaron a las últimas dos alucinaciones, en ambas había visto su sangre y su cabeza, y una voz distante y ausente, pero impregnada de dolor y rabia me había dicho que debía deshacerme de ella para estar con Alejandro en paz. Pero ¿debía hacerle caso a aquella voz? ¿Debía hacer realidad aquellas visiones? ¿Qué se suponía que era lo que debía hacer? Y entre pregunta y pregunta un pensamiento asaltó mi mente, y se reprodujo con tal facilidad y velocidad que pronto mil voces decían aquella palabra: — Asesínala — repetían, sugerían… exigían.
El día transcurrió y en la relación que tenía con Yavs hubo un cambio muy fuerte, ella con trabajo me dirigía la palabra y era mucho más ocasional cuando me dirigía una mirada, y cuando lo hacía, tanto esta como aquella iban cargadas de odio y desprecio, ¿cómo era posible que de un día para otro ella ya me odiara tanto? ¿Seguía siendo mi amiga? o, tal vez era una desconocida más  ¿cómo saberlo? ¿Por qué me atormentaba con tantas preguntas? Ella jamás, jamás volvería a ser la misma… a menos que yo dejara a Alejandro, y no estaba dispuesta a hacerlo, la otra solución al problema era… — ¿me pasas el microscopio? — preguntó con la vista fija en la blanca mesa del laboratorio, interrumpiendo todo pensamiento mío — ¡Vamos! ¿Me dirás que ya no sabes lo que es? ¿Acaso el amor te vuelve tonta? Perdón, ¿AÚN MÁS tonta? — dijo con un tono de burla innegable, la miré con escepticismo y ella se volvió para verme con sorna. Al ver que no reaccionaba ante la agresión, volteó los ojos y estirando la mano tomó el microscopio y exclamó — esto es un microscopio, a ver si entiendes  dijo en tono pausado, como si le estuviera hablando a un retrasado mental, pero sin disminuir la cantidad de sorna, tanto en su voz como en su mirada y después rió satisfecha.
Mis pensamientos iban y venían, y sólo había uno constante: — Asesínala — su sangre corriendo, de mil y un formas imaginé su muerte, destrozándola, cada parte de su cuerpo era un puñado de masa gelatinosa, todo menos su cabeza, siempre estaba entera, y era donde podía ver su mirada de terror, impregnada en los ojos cristalinos y sin vida y eso, eso me satisfacía. Pero jamás, jamás podría asesinarla, era mi amiga, fuera como fuese, me tratara como lo hiciese, era mi primer amiga y no estaba dispuesta a perderla por su estúpido cambio de actitud, por sus malditos celos. Muy dentro de mí sabía que esto no sería para siempre, que volvería a ser la Yaraví que conocí aquel día en la enfermería.
Minutos después sonó la campana y mis pensamientos se apagaron bruscamente. Miré hacia la puerta y sonreí al ver lo que esperaba, su alta y elegante figura recargada en la pared, con la vista fija en el suelo, el cabello sedoso escurriéndosele por la cabeza, cayendo frente a su rostro cubriéndolo, dejando a la vista sus delgados labios… y entonces volteó, su mirada y su sonrisa fueron el destrampe de mis sentimientos, por él, perdería a cualquiera… cualquiera.
Salí lo más pronto que pude pues mis cosas seguían sobre la mesa y mi compañera se había ido pronunciando un — hice ambos trabajos, entrégalos, a ver si eso lo sabes hacer — en un tono despectivo y con un toque de su ya habitual sorna.
Por obvias razones para cuando salí del laboratorio ella se encontraba entablando una animosa charla con Alejandro, él la seguía atentamente y por un momento lo creí perdido, pero cuando llegué con ellos  me recibió con un cálido abrazo y un entrelazado de manos, centrándose de nuevo en mí, a lo que ella respondió con una mueca de desagrado. Los tres dimos media vuelta y nos dirigimos hacia la salida.
Caminábamos posicionados de la siguiente manera… Alejandro, yo y al último Yavs, pero cuando ella sin razón alguna aparente se cambió a su lado, yo instintivamente tomé el cúter que llevaba en la mochila ese día. Alejandro notó el movimiento y me colocó entre sus brazos, me sonrojé sabiendo que él sabía lo que yo había pensado hacer con el objeto punzocortante que sostenía; bajó su mano hasta la mía y su tacto me hizo soltar el cúter, él sonrió satisfecho, me susurró al oído — sólo te quiero a ti, no me importan las demás — con su suave voz y posó un delicado beso sobre mi cabeza. Seguimos caminando, pero olí su miedo… olí su sangre. 

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