Las horas transcurrieron, me cansé de correr, pero nunca me detuve. Todo me alteraba, aunque no había de que alterarse, sin sonidos, ni personas, ni actitudes sospechosas, sólo era yo y el mundo inhabitado...
Al caer la noche no tuve más remedio que acostarme en el primer lugar que creí seguro, libre de aquel ser desconocido que estaba conmigo, que me perseguía, pero que no veía ni oía, sólo lo sentía, sabía que él estaba ahí, conmigo y que no me iba a dejar en paz hasta que consiguiera lo quería, el punto era... ¿qué quería aquel ser?
Esa noche dormí profundamente, o creí dormir, desperté cuando el Sol estaba dando sus primeros rayos de luz al mundo, lo observé atónita, olvidándome por un instante del lugar donde me encontraba, de la situación, de todo, sólo me dediqué por tres minutos a observar la belleza del mundo, lo que había dejado de lado al adentrarme en este mundo desconocido, todo despareció de mi mente y por tres minutos recordé cómo era mi vida antes del día que había terminado.
Después de contemplar largamente el Sol, me levanté y senté la cabeza y los pies sobre mi nueva realidad, era obvio que no había nadie más en el lugar donde me encontraba, así que debía saber que era lo que pasaba, debía de responder todas mis dudas yo sola, dependiendo de las experiencias que fuera viviendo a lo largo del tiempo que pasara en esa nueva realidad, si algo habría de aprender de eso que estaba "viviendo" era a conocer mi entorno y sobre todo a conocerme a mí misma...
Continuará...
Conocerme a mi misma, eso suena increiblemente bien!
ResponderEliminarEstar solos, eso es lo que muchas veces queremos, pero ¿acaso estamos consientes de lo que eso implica?
tu historia esta buenísima!