jueves, 11 de agosto de 2011

Contigo... o sin ti. capítulo 4.

Desperté en una habitación impecable y blanca, con una sola ventana, al fondo había una señora irremediablemente obesa y de cabello teñido de rojo intentando vanamente arreglar sus rizos rebeldes. Yo me encontraba sobre una camilla un tanto cómoda, un tanto dura, con una cortina que destacaba notoriamente en toda la habitación ya que era de un azul cielo brillante, fue entonces que supuse me encontraba en la enfermería.

Me reincorporé e intenté levantarme, pero un dolor de cabeza insoportable me derribo sobre el lecho que se levantaba detrás de mí. La enfermera obesa se dio cuenta de eso y corrió lo más rápido que pudo hacia mí y me sostuvo con una fuerza sobrenatural, diciéndome con la voz más dulce de la que fue capaz: — ¡Cuidado! Aún no estás en condiciones de irte, tal vez lo mejor sea que le hable a tu madre para que venga por ti, te lleve a casa y descanses — dijo lo último con una voz tenue como si lo dijera sólo para ella

— Mi madre no está en casa, — respondí con un hilo de voz, y ella me miró sorprendida como si no supiera de que estaba hablando — trabaja fuera y no lleva móvil — al escuchar lo último en su rostro se dibujó una expresión de entendimiento y sonriendo replicó — Está bien, entonces sólo quédate acostada hasta que acabe la jornada escolar, descansa — susurró mientras veía el reloj de pared igualmente blanco colocado justo detrás de ella, observando que eran las 10:30, luego se volvió hacia mí y preguntó — Pero, ¿Qué fue lo que te pasó? — sentí como las lágrimas se amontonaban de golpe en mis ojos, no lo podía evitar, pero no sabía porque se habían agolpado. Inconscientemente volteé a ver a la enfermera y me miró con consternación al notar mis ojos desorbitados y cristalinos, añadiendo además una mueca de dolor, esta después de observar la reacción que mi cuerpo había sufrido ante la pregunta, me dio la espalda, se levantó, se dirigió hacia su escritorio y cerró la cortina detrás de ella, como dividiendo su mundo del mío. Yo la observaba sin hacerlo, pues yo estaba lejana a aquel lugar, mis pensamientos huían desbocados a aquella fracción de tiempo donde me había desplomado sobre el suelo pétreo, acontecimiento ocurrido escasos minutos antes de la regresión en el tiempo que se daba lugar en mi mente en ese momento.

— ¿Qué ha ocurrido? — susurré la pregunta, como si no bastara el pensarla, como si debiera decirla en voz alta, escucharla para poder recordar, para darle sentido, para darle respuesta, pero no ocurrió nada, sólo logré que aquella pregunta se sembrara en mi mente.

Me recosté y miré hacia el techo, aún meditando aquella pregunta, observé el blanco techo con detenimiento, sin interrupciones, sin parpadeos, lo observé intensamente hasta que decidí cerrar los ojos para intentar descansar, para intentar despejar mi mente, para borrar todo y comenzar de nuevo... Caí en el sueño, aún con la pregunta dándome vueltas en la cabeza.

Soñé que estaba en un lugar oscuro, yo estaba parada en medio de un vacío frío y escalofriante. Poco a poco mi casa se fue materializando, y en el balcón se podía ver a mi madre, ella tenía una extraña expresión dibujada en el rostro, remarcada por las sombras. ¿Acaso era...? Sí, eso era, ella tenía la tristeza reflejada en el rostro y la lágrima que ahora recorría su blanca mejilla sólo confirmaba que así era. Yo la observaba desde abajo sin poder decir ni hacer nada, y ella no me notaba, sólo veía al horizonte con las mejillas empapadas en saladas lágrimas. Debo admitir que ella se veía mucho más joven de lo que era ahora, tal vez tenía unos 16 años, pues su rostro era mucho más infantil y su cuerpo era el de una adolescente.

Un pequeño crujido de ramas desvió mi atención junto con la de ella hacia un conjunto de árboles medianos que antes solía estar en la entrada de la casa. Nuestras reacciones fueron tan completamente diferentes, mientras yo me preparaba en una posición defensiva, ella se acomodaba el cabello y se limpiaba el rostro, entonces comprendí que ella estaba esperando a aquel objeto que se acercaba. Agudicé la vista y logré ver a una persona, era un hombre, alto, moreno, de rizos esplendorosamente negros, con unos ojos profundos y oscuros y una sonrisa calmante, blanca y muy grande en el rostro, aún más después de ver el rostro de mi madre. Se contemplaron escasos segundos pues cuando apenas abrían las bocas para charlar un estrepitoso subir de escalones rompió todo. La persona morena, se volvió hacia los árboles y se refugió en ellos, mientras que en aposento entraba una sombra muy alta e imponente, no se distinguía facción alguna en aquella ente. Yo seguía intentando descifrar quien era aquella persona, si al menos lo conocía, cuando el rugido que él hacía llamar voz , me sobresaltó y entonces fue como si una guerra se comenzara a librar en aquel recinto. Mientras él vociferaba cosas ininteligibles, mi madre gritaba de dolor y desesperación, la figura entre los árboles miraba hacia el lugar donde se encontraban aquellos dando lugar a feroz batalla, pude divisar las lágrimas amontonándose en sus ojos y alguna caer resbalando sobre su mejilla, entonces un grito atronador se abrió lugar entre el bullicio, sin duda alguna era mi madre, acompañado con súplicas y sollozos, al apartar la vista de los árboles y su refugiado, quien tenía una mueca de indescriptible dolor en el rostro, y ver hacia la ventana cerrada del aposento una línea de luz me dejó ver unos ojos azules, maravillosamente azules, pero malvados, me permitió ver susu violentos ojos, donde se reflejaba el placer de lo que estaba provocando, dolor.

Sobresaltados mis párpados se abrieron, con la imagen de aquellos ojos, de aquella escena, del sufrimiento, con los atronadores gritos en mi mente, ¿Sería sólo producto de mi imaginación y mi reciente desviación de la realidad? ¿En dónde había visto aquellos ojos con anterioridad? ¿Me encontraba realmente despierta? Pero la única respuesta que obtuve ante estas interrogantes fue silencio, el más puro de los silencios, un enloquecedor y sobrenatural silencio... Todo se encontraba así, no había sonido alguno y mi rostro se encontraba mojado, bañado en un líquido, que no eran lágrimas pues era un líquido espeso, mis manos temblaban, me descubrí para levantarme hasta el espejo que había visto sobre el escritorio de la enfermera, y no pude evitar la expresión de asombro y terror al notar que mi bata blanca, la cual me habían puesto para descansar mejor, ahora era roja...

Continuará...

Lo sé, lo siento, sé que me tarde en actualizar, pero no había tenido oportunidad, espero les guste como quedó el capítulo, a mí en lo personal, me agradó. Comenten y háganme saber que le hace falta, y que piensan. Gracias.

(Susana: la narración está en pasado por una razón que revelaré al final, se que saca de onda, pero ya verás por qué.)

1 comentario: